En el lapso de tiempo que ha pasado entre La llamada (2017) y La bola negra, con la que Javier Calvo y Javier Ambrossi compiten por primera vez por la Palma de Oro en Cannes, la obra de los Javis se ha enriquecido con tres series de televisión de autoría inquebrantable (Paquita Salas, Veneno, La Mesías) donde la abundancia de ideas narrativas siempre se gestionaba de manera viviente y ligera. Esto último es justo lo que le falta a su segunda película, que cae desbordada por una ambición sin vías de salida por las que respirar.
Tres historias conviven dentro de La bola negra, una recuperación de la obra de teatro homónima e inacabada de Federico García Lorca que también incluye una parte inspirada en la pieza teatral La piedra oscura de Alberto Conejero. La primera se desarrolla en 1932 y es una adaptación del texto del poeta granadino, donde un joven (Hugo Wezel) pretende hacerse socio de un casino pero es rechazado en una votación con bolas blancas y negras por ser homosexual.
La segunda, en plena Guerra Civil en 1937, transforma la obra de Conejero en el encuentro entre un torpe soldado franquista (Guitarricadelafuente) de sexualidad reprimida y uno republicano, Rafael Rodriguez Rapún (Miguel Bernardeau), que fue pareja de Lorca. Por último, en 2017, Carlos González (con diferencia, la mejor interpretación de los protagonistas) es un autor teatral que, a pesar de las reticencias de su madre, investiga el pasado de su abuelo recién fallecido.
Los tres planos temporales y narrativos confluyen y se interrelacionan, a veces de manera fluida y, la mayoría, con esfuerzos para buscar el corte de plano, mientras los excesivos 155 minutos de metraje dejan sitio a secuencias arrebatadas como un número musical de flamenco empapado de movimientos de baile moderno o una sección consagrada a Penélope Cruz como cabaretera que son los puntos álgidos de la película.
El resto del tiempo, los distintos fragmentos se mueven entre lo previsible y lo repetitivo, ahogado por una búsqueda de lirismo a la que no acompañan imágenes que distan mucho de ser novedosas, como el evidente homoerotismo de la vida castrense o la épica del contacto físico prohibido en dos corazones que se anhelan. La historia central es la que más sufre de esa planicie académica, que no desentonaría en un Amenábar, mientras que la adaptación lorquiana se sumerge en una voz en off sobrenatural que años atrás haría pensar en el catálogo de ocurrencias de Isabel Coixet.
Mucho más acertadas son las referencias a Almodóvar y Medem, bien traídas como si quisiera engarzarse en una genealogía, que los Javis hacen en la tercera historia, la que conecta mejor con su estilo. En ella, Lola Dueñas defiende y hace suyo con aplomo un rol pasadísimo de rosca, Glenn Close se da en lujo de asombrar con su dominio del español y la tragedia familiar de Lorca verdaderamente encuentra una actualización «sin una pizca de lírica», como el poeta afirmaba que era su deseo.
No se puede decir que los Javis sean unos directores conformistas ni plegados a las normas academicistas, pero la heterodoxia también tiene unos campos más arados que otros. En un momento de la película el propio Lorca afirma que «España tiene muchas historias de amor enterradas en los campos». La bola negra busca hacer justicia a la memoria de esos romances proscritos, pero la tierra que remueve ya ha sido muy trabajada y su arado no es tan afilado como para llegar más profundo.

