El Banco Central Europeo subió ayer los tipos de interés en 25 puntos básicos. La decisión era esperada, pero no por ello menos discutible. El BCE vuelve a encarecer el precio oficial del dinero para contener la inflación. Conviene recordar, sin embargo, cómo funciona la política monetaria. Para bajar la inflación, enfría la demanda. Es decir, menos crédito, menos consumo, menos inversión y, por tanto, menos actividad económica. Es eficaz, pero no es gratis.
La inflación en la eurozona sigue por encima del objetivo del BCE del 2%. En España, la inflación armonizada fue en mayo del 3,6% interanual, 1,6 puntos más que esa referencia. Los precios han dejado atrás los máximos de la crisis inflacionista, pero siguen sin estar controlados del todo. El giro exterior ha sido decisivo. La guerra en Irán ha elevado el riesgo energético y la incertidumbre económica, y la Comisión Europea ya advertía de una combinación incómoda, más inflación y menos crecimiento. Además, la duración del conflicto, mayor de lo anticipado, aumenta el riesgo de que la energía contamine la inflación de medio plazo.
Pero subir tipos no abarata la energía ni elimina la incertidumbre exterior. El BCE solo puede intentar evitar que ese impulso inicial se extienda al resto de precios. Europa ya comprobó tras el shock energético de 2021 y 2022 que una subida inicial de costes puede acabar trasladándose a salarios, márgenes y precios. Sin embargo, hoy todavía no hay evidencia clara de que ese proceso se haya reactivado, de modo que la subida tiene un componente claramente preventivo.
El BCE quiere mostrar que está dispuesto a mantener la inflación bajo control. Pero prevenir el riesgo también tiene costes. La inflación preocupa, pero el contexto económico también importa. Europa crece poco y las previsiones se han revisado a la baja. Subir tipos puede enfriar aún más la actividad, mientras el origen de la presión sobre los precios sigue estando en la energía, las materias primas y la geopolítica, sobre las que poco puede hacer la autoridad monetaria.
El mensaje de Lagarde fue prudente. El BCE subió tipos, pero evitó comprometerse con nuevas subidas. Mantiene margen de maniobra y decidirá en función de los datos, especialmente de la energía, los salarios y la inflación subyacente. La decisión confirma que el dinero barato no ha vuelto. El BCE tiene razones para vigilar la inflación, pero debería reconocer mejor los límites de su herramienta. Si la inflación nace de un shock de oferta global y la respuesta enfría Europa, el riesgo es que el remedio sea peor que la enfermedad.

