Cacao en los papeles, claridad en las convicciones

Cacao en los papeles, claridad en las convicciones

La ministra de Vivienda protagonizaba este martes un momento dantesco en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros: a las preguntas de los periodistas sobre los dos decretos de vivienda que acababa de aprobar el Gobierno, Isabel Rodríguez se enmarañaba en una montaña de papeles, pedía disculpas, dejaba largos silencios solo moteados por el hojeo y sentenciaba: «Tengo un cacao«. Llega a ser Rajoy y suelta que le ha pasado una cosa verdaderamente curiosa y es que no entiende su propia letra. 

Este miércoles, después de que el PP le recordara el episodio en la sesión de control, la ministra dejaba una frase que bien podría servir de leyenda en el retrato de su gestión: «El mismo cacao tengo en el orden de mis papeles que claridad en mis convicciones: la vivienda es un derecho y hay que luchar contra la especulación». Y añadía: «¿Y sabe lo que tengo claro, muy clarito, claro, clarinete? Que no podemos contar con ustedes en la defensa de ese derecho y en la lucha contra la especulación». Le respondía el diputado del PP Eduardo Carazo con un axioma: «Pues una ministra debería tener claridad en lo que acaba de aprobar en el Consejo de Ministros». 

Ha sido la vivienda el denominador común de una sesión de control en la que por segunda semana consecutiva no ha estado presente el presidente Pedro Sánchez. El pasado miércoles estaba en Nueva York para intervenir en la Asamblea General de las Naciones Unidas y echarse unas canastas con Mamdani. Hoy, estaba presidiendo la «reunión preparatoria» de la reunión con Emmanuel Macron, que suena así como a que la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. 

El vicepresidente Carlos Cuerpo desgajaba al inicio el decreto que contiene el grueso de medidas de vivienda (ni palabra del segundo, el que establece los contratos de alquiler indefinidos, que aún no se ha publicado en el BOE y parece abocado al fracaso) y destacaba unas u otras en función del destinatario de su interpelación para arrancar apoyos. Al PP (pero también de manera indirecta a Junts y PNV) le subrayaba las medidas más conservadoras incluidas en la norma, como las bonificaciones fiscales; a Podemos, las más progresistas, como la prórroga de los contratos de alquiler en vigor hasta 2029 o la limitación de los desahucios y de la compra de pisos por parte de fondos. 

Bendodo le recordaba más tarde que el Gobierno cumple hoy cuatro años sin presentar los Presupuestos Generales del Estado como manda la Constitución y volvía sobre la corrupción que afecta al PSOE. Malagueño de cuna, el diputado del PP tiraba de coloquialismos andaluces para definir al vicepresidente: «En mi tierra a las personas como usted las llamamos suavón: ni una buena palabra ni una buena acción. Usted miente exactamente igual que María Jesús Montero, un poquito más despacio y un poquito más bajito». Le contestaba Cuerpo, pacense, que en su tierra a los que son como él los llaman «faltones», aunque «faltón», en este país, también se diga en Miguelturra o en Santillana del Mar. 

El turno fue después para Figaredo, de Vox, desfasado, que hace unas semanas instaba a cazar inmigrantes en Ceuta y este miércoles acusaba directamente al Gobierno de matar españoles. Y Tellado, jocoso, recriminando a la vicepresidenta Yolanda Díaz que el único precio de la vivienda que le importa es el de Ginebra, en Suiza, tras presentar su candidatura a dirigir la Organización Internacional del Trabajo. 

Cayetana Álvarez de Toledo, a Bolaños: «Su política de vivienda cabe en una sola línea: su Gobierno le puso un piso a una puta en la plaza de España». Y el ministro defendiendo que la forma de hacer oposición del PP es «como el sainete del gas pimienta de la semana pasada»: «Ridícula, hiperventilada y tóxica». También comparó a los populares con «ese vecino que hay en todas las comunidades de propietarios que es insoportable, que no se lleva bien con nadie y está enfadado con todos». No será el del quinto, no, que, como ha escrito Ángel Antonio Herrera, hace ocho años se llamaba Agustín y hoy es una caja con contraseña. 

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