Con un país fracturado tras las urnas, De la Espriella y Cepeda van a segunda vuelta el 21 de junio en medio de miedos que ya no conversan, sino que se gritan
Texto escrito por: David Arturo Montero Forero
Colombia no amaneció dividida por culpa de una elección; la elección simplemente le puso cifras a una fractura que ya existía. Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda irán a segunda vuelta el 21 de junio, después de una primera vuelta en la que De la Espriella obtuvo cerca del 43 % de la votación y Cepeda alrededor del 41 %. Paloma Valencia quedó cerca del 7 % y Sergio Fajardo alrededor del 4 %, mientras la participación se ubicó en torno al 56 %.
El resultado no puede leerse únicamente como una victoria de la derecha ni como una resistencia heroica de la izquierda. Es, sobre todo, el fracaso de la política de los puentes. De un lado, millones votaron contra el gobierno de Petro, contra la inseguridad, contra la incertidumbre económica y contra una forma de ejercer el poder que muchos perciben como confrontacional. Del otro, millones votaron contra el regreso de una derecha que asocian con exclusión, mano dura sin garantías y desprecio por las agendas sociales. Ambos electorados tienen miedos reales. El problema es que esos miedos ya no conversan, se gritan.
La comparación con el Frente Nacional incomoda, pero sirve. Aquel pacto liberal-conservador, iniciado en 1958, buscó cerrar una etapa de violencia entre dos partidos tradicionales; sin embargo, también restringió la competencia política y dejó por fuera a amplios sectores sociales y políticos. Hoy no hay un Frente Nacional formal, pero sí aparece un fenómeno parecido que es gobernar desde bloques cerrados, repartir legitimidad solo entre los propios y tratar al adversario como amenaza existencial. Esa lógica no une al país; apenas administra su ruptura.
La Constitución de 1991 nació de otro impulso, que fue ampliar la democracia. En su origen participaron fuerzas liberales, conservadoras, la Alianza Democrática M-19, la Unión Patriótica, movimientos indígenas, cristianos y otros sectores antes marginales. Su promesa no fue que todos pensaran igual, sino que nadie tuviera que ser expulsado del sistema por pensar distinto. Ese es el punto que la campaña actual parece olvidar.
¿Somos los equivocados quienes queremos un país unido? No. Pero quizá sí somos ingenuos si creemos que la unidad se decreta con buenos deseos. La unidad también necesita poder, organización, candidatos viables, lenguaje claro y capacidad de indignarse sin odiar. En esta elección, el país moderado no desapareció; quedó huérfano. Muchos ciudadanos que querían acuerdos terminaron votando por miedo, por descarte o por resignación.
Tampoco es serio afirmar como hecho que si gana Cepeda habrá inevitablemente una Constituyente, o que si gana De la Espriella habrá necesariamente un estallido social y desconocimiento de resultados. Esos son riesgos políticos, no certezas. La responsabilidad de los candidatos, de Petro, de Uribe, del Congreso, de las cortes, de los medios y de la ciudadanía será impedir que los temores se conviertan en profecías autocumplidas.
El escenario más plausible es este: si la segunda vuelta se convierte en un plebiscito emocional contra Petro, De la Espriella parte con ventaja. Si Cepeda logra hablarle al centro sin tratarlo como tibio o traidor, y si se distancia con claridad de la idea de una Constituyente, todavía puede competir. Pero gane quien gane, el próximo presidente llegará a la Casa de Nariño con medio país desconfiando de él.
El mensaje final es incómodo y fuerte. Colombia no está esperando un salvador; está fabricando caudillos porque demasiados ciudadanos prefieren tener la razón antes que tener país. La democracia no muere solo cuando un bando la destruye. También muere cuando todos justifican los excesos del gobernante de turno porque “los otros” les parecen peores.
También le puede interesar:
Navegación de entradas

