
Hay lugares donde se come bien y lugares donde pasan cosas. El Real Balneario de Salinas pertenece al segundo grupo. Quizá sea porque sus cimientos se hunden literalmente en la arena de la playa, o porque el Cantábrico entra cada día por las ventanas y marca el ritmo de la cocina. O quizá sea porque aquí la gastronomía no se entiende sin memoria, familia y una manera muy concreta de acoger.
A punto de cumplir 35 años desde que Miguel Loya tomara las riendas del restaurante en 1991, el Real Balneario inicia temporada en un momento de especial serenidad. Bajo el liderazgo de Isaac Loya, tercera generación de la familia, la casa vive una etapa de madurez creativa que no busca deslumbrar, sino emocionar.
Un nombre que guarda la historia del norte
El edificio que hoy alberga el restaurante fue inaugurado en 1916 como Balneario de Aguas Marinas por el rey Alfonso XIII. En el norte, estos balnearios eran espacios de encuentro social, salud y vida junto al mar. Aunque hoy ya no cumpla esa función, el nombre se conserva como un homenaje a su pasado y a una forma de entender la costa que sigue muy viva en Salinas.
Más de un siglo después, el chalet mantiene su esencia. Reformado con respeto, sigue siendo un testigo privilegiado de la historia de la villa y de generaciones que han mirado al mismo horizonte.
Tres generaciones y una misma manera de recibir
El Real Balneario no se explica sin la familia Loya. Desde Miguel, impulsor del proyecto moderno, hasta Isaac, que lleva 28 años vinculado al restaurante, pasando por una tercera generación que ya forma parte del día a día.
Aquí, el servicio no es impostado. Es cercano, elegante y natural. Una hospitalidad heredada, que entiende que el verdadero lujo es hacer sentir al comensal como en casa, sin rigideces ni discursos aprendidos.
El mar como despensa (y como reloj)
En esta cocina no hay pescados fetiche. Hubo un tiempo en que el rodaballo marcaba la carta, pero hoy la filosofía es clara: cada pescado tiene su momento. La propuesta gira en torno a dos menús degustación —Isaac Loya y La Peñona— y una carta que cambia tres veces al año, siguiendo el pulso del Cantábrico.
Bogavante y centollo —procedentes en su mayoría de O Grove y Ferrol—, pescados del día, carnes de vaca asturiana, fabes y verduras de una finca en Salas conforman una despensa honesta, trabajada desde la técnica y el respeto. La relación con proveedores locales no es un eslogan, es una rutina diaria.
Platos que cuentan historias familiares
Algunos platos del Real Balneario funcionan como álbumes de fotos. La lubina al champán es uno de ellos. Nació en el Hotel San Félix, donde cocinaba el abuelo de Isaac. Durante años se elaboró con merluza, hasta que la tercera generación afinó la receta con lubina para lograr una textura más limpia y elegante. Durante décadas, el abuelo defendió la autoría del plato. Con el tiempo, confesó la verdad: la receta era de María Luisa, la abuela. Hoy, ese plato resume lo que es esta casa: tradición, honestidad y cariño.
Junto a él conviven elaboraciones como el virrey a baja temperatura en su propia marmita o bocados más actuales como el crujiente de dango con anchoa y verduras escalivadas, donde la técnica acompaña sin borrar el sabor.
La experiencia se completa con una bodega de más de 1.000 referencias, dirigida por el sumiller Manuel García y diseñada con la implicación directa de Isaac Loya, gran amante del vino. Un recorrido por grandes regiones del mundo que dialoga con una cocina atlántica, precisa y emocional.
Veinte años de estrella, una casa en calma
El Real Balneario mantiene su estrella Michelin desde 2005. Veinte años después, el restaurante no presume de ella. La lleva con naturalidad, como todo lo que ocurre aquí.
Porque en el Real Balneario no se viene solo a comer. Se viene a escuchar el mar, a recordar historias y a entender que hay cocinas que, cuanto más maduras, más cerca te hablan.

