Zohran Mamdani, el outsider musulmán de la izquierda neoyorquina

Zohran Mamdani, el outsider musulmán de la izquierda neoyorquina


Zohran Kwame Mamdani no es el “podemita de Nueva York”, aunque algunos titulares periodísticos se empeñen estos días en esa comparación. La etiqueta que muchos analistas han colgado al candidato demócrata a la alcaldía neoyorquina resulta cómoda, pero engañosa. Con 33 años, este hijo de la cineasta india Mira Nair y del politólogo ugandés Mahmood Mamdani se ha convertido en una figura singular de la política estadounidense, difícil de clasificar.

Durante años, como casi todo el Partido Demócrata, Mamdani ha sido tan liberal y tan “woke” como dictaban los tiempos. No ha sido especialmente más radical que los popes del aparato demócrata. Lo relevante de esta figura hasta ahora desconocida, pues, no es tanto esa herencia ideológica como la mutación estratégica que encarna. En un partido desnortado, sumido en un estado casi vegetativo desde las últimas derrotas electorales, Mamdani ha entendido lo que muchos dirigentes ignoran: que el populismo de lo cercano funciona. Como Trump en su día, aunque desde el otro extremo ideológico, ha bajado la política de las alturas de los papers de Harvard a la tierra de los problemas cotidianos.

No en vano su campaña a la alcaldía de Nueva York ha sido un ejemplo de esa táctica. Con menos dinero que sus rivales y sin el respaldo de los grandes donantes demócratas, Mamdani ha hablado de temas tan aparentemente triviales como la vivienda, el precio de los falafel o la seguridad en los barrios. Ha tocado la fibra de las clases trabajadoras y medias-bajas de la ciudad, que siguen siendo una mayoría silenciosa que apenas llega a fin de mes. En la ciudad de los rascacielos no son pocos los que viven pendientes del precio del alquiler y que no se reconocen en los discursos abstractos del progresismo cultural.

Eso no significa, claro, que el singular candidato demócrata reniegue de esas causas −comparte la agenda LGTB, feminista o antirracista de su partido como el que más−, sino que de fondo hay una astucia política que no han sabido tener sus adversarios demócratas: Mamdani ha entendido que la prioridad para gobernar Nueva York no es predicar desde los laboratorios de ideas, sino responder a las preocupaciones de la calle. No es el Trump de la izquierda, de nuevo, pero este candidato socialista y musulmán comparte con el presidente un privilegiado olfato electoral.

Precisamente por eso el resultado no ha sorprendido en exceso. En las primarias logró imponerse a Andrew Cuomo —antiguo Gobernador del estado de Nueva York— con la ayuda de un sistema de voto preferencial que premió su condición de segunda opción transversal entre los progresistas. Pero la clave de su éxito no es solo estratégica: muchos comentaristas comparten la sensación de que Mamdani habla en serio, de que todavía cree lo que dice. Esa autenticidad lo ha distinguido del establishment demócrata, atrapado entre la corrección política y la dependencia de los grandes donantes.

Con estos rasgos, el contraste con Kamala Harris es evidente: la ex vicepresidenta es de alguna forma rehén de sus discursos siempre medidos para no molestar, fórmulas políticamente correctas, y un miedo atroz a perder apoyos fundamentales. Mamdani, en cambio, no ha esquivado posiciones incómodas —su defensa de Palestina frente al consenso proisraelí que domina a la mayoría de candidatos es un ejemplo—. Y el suyo no parece un gesto de rebeldía impostada, sino la convicción de que expresar lo que piensan muchos votantes merece más atención que los intereses de los lobbies.

Pero tampoco esto convierte a Mamdani en un moderado. Su programa es inequívocamente izquierdista: pretende congelar rentas, levantar 200.000 viviendas públicas, subir el salario mínimo a 30 dólares en 2030, ofrecer transporte gratuito y establecer supermercados municipales. De fondo, no parece que haya demasiado sentido común en sus propuestas, pero sí un infalsificable sentido de lo común. El giro de este demócrata está en cómo ha logrado formular sus propuestas como una vuelta a la normalidad.

Más allá de las municipales del próximo 4 de noviembre, el estilo de Mamdani está ganando importancia de cara al futuro del Partido Demócrata. Este joven asambleísta ha demostrado que es posible recuperar el favor del votante obrero y de clase media-baja —ese que se sintió abandonado por el exceso de intelectualidad progresista y terminó coqueteando con Trump— con un discurso pegado a lo más inmediato. Mamdani está marcando el camino en un momento en que los demócratas parecen incapaces de definirse: menos retórica moralizante y más conexión con la vida cotidiana.

Con estos mimbres, Mamdani no deja de ser un candidato peligroso para el establishment: si triunfa, sentará las bases de una reconstrucción demócrata desde el populismo, con una marcada postura socialista. De ello dependerá su capacidad por dar la batalla en las midterms de 2026 y en las presidenciales de 2028. Si fracasa en las municipales, por el contrario, su candidatura al menos habrá servido para señalar el vacío de propuestas de los demócratas.

Apenas queda un mes para que Nueva York decida si está preparada para tener a su primer alcalde musulmán. Gane o pierda, Zohran Mamdani ya ha demostrado que un discurso populista, centrado en los problemas reales, es suficiente para mover la aguja de la política estadounidense. A Trump no le ha ido mal.

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