Estos días los medios de comunicación de todo el mundo han despedido al diseñador italiano Giorgio Armani, que ha fallecido a los 91 años de edad. Armani deja como legado la calidad de los tejidos y la elegancia de la sobriedad.
La despedida del maestro italiano nos lleva a reflexionar sobre qué es la elegancia y qué es ser elegante. Para Oscar Wilde, la elegancia se asocia con la belleza imperecedera y se opone a la moda pasajera, que consideraba una forma de fealdad a la que hay que modificar constantemente. La verdadera elegancia, para Wilde, no tiene necesidad de explicación, es una manifestación de genio y se basa en la ley, no en la locura o el artificio. Se trata de una concepción artística y personal que busca lo agradable, lo ameno y lo bello, diferenciándose de tendencias efímeras. Para el escritor, la elegancia va mucho más allá de la forma de vestir; se aplica a la manera de vivir y a los gustos, y está relacionada con una concepción artística de la vida.
Según Wilde, la elegancia, en contraste con la moda, valora la singularidad del individuo en lugar de imponer uniformidad. A modo de curiosidad, el dublinés se adelantó conceptualmente al modelo Delphos, el famoso vestido plisado de inspiración griega creado por Mariano Fortuny en 1909. «Lo que quiero decir con ‘un vestido bien hecho’ es un vestido sencillo que cuelga de los hombros, que toma su forma de la figura y sus pliegues de los movimientos de la chica que lo lleva» destacaba el escritor irlandés.
¿Y cuál es el hilo conector entre los genios de Oscar Wilde y Giorgio Armani? Ambos, perteneciendo a diferentes siglos, compartían un mismo concepto de la elegancia. Ambos reclamaban una cierta economía estética que se basa en la reivindicación de un clasicismo equilibrado y enormemente sofisticado. Ambos exigían prendas cómodas, objetos proporcionados y productos de consumo concebidos según las leyes de la belleza, que son las leyes del arte. Ambos tuvieron una voz propia.
Armani destacaba entre las reglas de la elegancia masculinas las siguientes: en primer lugar, la personalidad: «se puede establecer reglas, dar consejos y ofrecer orientación. Sin embargo, la verdad es que todo depende de la personalidad: sin ella no hay estilo ni elegancia». En segundo lugar, el autoconocimiento: no seguir ciegamente los dictados de la moda. Es necesario mirarse atentamente al espejo y averiguar cuáles son nuestras virtudes y defectos físicos. Al mismo tiempo, hay que mirar hacia el interior y descubrir el propio carácter. Otro elemento que destacaba Armani era «la regla de Cary Grant«; es decir, vestirse de tal modo que en las fotos se pueda percibir nuestro estilo, más allá de las tendencias de moda y de las épocas.
También hablaba el maestro italiano de la coherencia variable: somos personas diferentes en las distintas estaciones de la vida y es justo que la elección de nuestra ropa lo refleje. Subrayaba que no puede concebirse la verdadera elegancia sin comodidad: la ropa que nos aprieta y que fuerza los movimientos resta naturalidad a la persona. En este decálogo, Armani resaltaba que un hombre elegante pasa casi siempre desapercibido, pero deja una impresión duradera en todo aquel que se cruza en su camino. Por último, señalaba que la elegancia y el buen vestir comienzan por el cuidado de uno mismo y del propio cuerpo. Mens sana in corpore sano es un lema en el que Armani siempre creyó. La auténtica elegancia proviene del verdadero equilibrio psico-físico. La prenda más hermosa no podrá ocultar jamás un cuerpo descuidado, y un cuerpo desaliñado quita elegancia incluso a la prenda de alta costura más impecable.
Armani ha muerto como había vivido: discreto, disciplinado, trabajador. Un hombre que no buscaba la felicidad sino la serenidad. No fue solo un diseñador, fue un creador de identidades y un defensor de la elegancia como actitud vital. Alguien capaz de entender que lo verdaderamente relevante jamás necesitará gritar para ser eterno. Se ha ido un genio que hacía de los términos «sencillez» y «elegancia» una única cosa. Se ha ido alguien que vivió y murió con una voz propia.

