Un experimentado entrenador está detrás de los dos cucuteños campeones en gimnasia olímpica

Un experimentado entrenador está detrás de los dos cucuteños campeones en gimnasia olímpica

El 5 de agosto de 2024, en París, un joven colombiano de 17 años se colgó de la barra fija y ejecutó una rutina que terminaría cambiando la historia de la gimnasia nacional. Ángel Barajas hizo sus giros, enlazó sus movimientos y completó una presentación que lo llevó al segundo lugar de los Juegos Olímpicos. Cuando se confirmó la medalla de plata, Colombia celebró su primer podio olímpico en esta disciplina y la primera medalla de la delegación en esas justas. A un lado, Jairo Ruiz, su entrenador, no pudo contener las lágrimas. Después de tantos años de trabajo, el sueño que había perseguido durante décadas estaba frente a sus ojos.

Ruiz, un hombre acostumbrado a la disciplina, la exigencia y la planificación, había pasado buena parte de su vida preparando gimnastas para competir al más alto nivel. Pero aquella tarde parisina era diferente. No se trataba solamente de una medalla para Barajas: también era el resultado de una trayectoria que había comenzado mucho antes de que el joven gimnasta se subiera por primera vez a una barra. Detrás de ese abrazo estaba la historia de un entrenador que convirtió a Cúcuta en uno de los principales semilleros de la gimnasia artística colombiana.

Más de cuatro décadas formando gimnastas

Aunque nació en Bogotá, Jairo Ruiz llegó a Cúcuta cuando tenía tres años y allí construyó su vida. En 1978 comenzó su carrera como entrenador de gimnasia en Norte de Santander. Desde entonces, su trabajo ha estado ligado a la formación de varias generaciones de deportistas, en un proceso que combina preparación física, estudio, disciplina y acompañamiento personal.

Su camino académico también ha sido parte de esa búsqueda. Se graduó como licenciado en Ciencias de la Educación, con especialidad en Educación Física, en la Universidad de Pamplona. Posteriormente cursó estudios de posgrado en fisiología del ejercicio y rendimiento deportivo, además de formación especializada en entrenamiento. Para Ruiz, la preparación de un atleta no puede depender únicamente de la experiencia acumulada: exige estudiar, actualizarse y entender cómo responde el cuerpo ante las cargas de entrenamiento.

Esa convicción quedó resumida en una frase que compartió con El Colombiano: «Si el entrenador no se capacita, el que paga los platos rotos es el alumno». Su trabajo no se ha limitado a repetir ejercicios o corregir movimientos. Ha buscado entender la técnica, planificar los procesos y preparar a sus deportistas para competir contra los mejores del mundo.

A lo largo de su carrera, Ruiz ha acompañado a gimnastas como Alexander Rangel, Luis Villegas, José Orlando Arias y Jesús Romero. Más adelante llegó una generación que tendría entre sus nombres más reconocidos a Jossimar Calvo, quien consiguió resultados destacados en copas del mundo, campeonatos continentales y Juegos Panamericanos. Con él, la gimnasia colombiana comenzó a ganar mayor reconocimiento internacional.

Calvo fue uno de los grandes referentes del proceso que Ruiz venía construyendo en Cúcuta. Sus actuaciones en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011 y Toronto 2015, así como sus resultados en diferentes copas del mundo, mostraron que el trabajo desarrollado en la ciudad podía competir en escenarios de primer nivel. Años después, otro nombre comenzaría a abrirse paso en ese mismo camino: Ángel Barajas.

El talento de Ángel Barajas y el trabajo que no se ve

Barajas comenzó a entrenar gimnasia a los cinco años y encontró en Ruiz a un entrenador que lo acompañaría durante su crecimiento deportivo. El proceso no se construyó de un día para otro. Detrás de la medalla olímpica hubo años de repetición, preparación física, correcciones técnicas y competencias que le permitieron al joven adquirir experiencia antes de llegar a París.

En 2021, Barajas ya había conseguido resultados importantes en el Campeonato Panamericano Juvenil de Guadalajara. Después continuó sumando títulos y medallas en el ciclo internacional, hasta convertirse en uno de los prospectos más destacados de la gimnasia colombiana. Cuando llegó a los Juegos Olímpicos de París, tenía apenas 17 años y una rutina en barra fija con la que podía competir por un lugar en el podio.

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Ruiz conocía el potencial de su pupilo, pero también sabía que el talento no era suficiente. En una entrevista con El Espectador, antes de la final olímpica, explicó que la preparación había requerido salir de casa durante meses, recorrer varios países y competir en copas del mundo para llegar en las mejores condiciones posibles. La clasificación a la final era apenas una parte del objetivo; lo importante era ejecutar la rutina que habían trabajado durante años.

El resultado fue histórico. Con una puntuación de 14,533, Barajas obtuvo la medalla de plata en barra fija y se convirtió en el primer colombiano en subir al podio olímpico de la gimnasia artística. La celebración de Ruiz, captada por las cámaras mientras abrazaba al joven, mostró una faceta distinta del entrenador riguroso que conocían sus deportistas: la emoción de quien había esperado buena parte de su vida para ver materializado ese objetivo.

Un entrenador que también se ocupa de la vida de sus deportistas

La disciplina es una de las características que más se repiten en los testimonios sobre Ruiz. Sus métodos son exigentes, sus entrenamientos rigurosos y su atención al detalle permanente. Sin embargo, su trabajo no termina cuando los gimnastas bajan de los aparatos. Para él, formar un deportista implica también acompañar su crecimiento personal y ayudarlo a construir un futuro más allá de las competencias.

En Cúcuta promovió una escuela de padres para involucrar a las familias en los procesos de formación. La idea es que el acompañamiento no se limite a llevar a los niños a entrenar o a las competencias, sino que también contribuya a su desarrollo emocional y social. Ruiz ha insistido en que la familia es fundamental para sostener la carrera de un deportista joven, especialmente cuando debe asumir las exigencias de una disciplina de alto rendimiento.

Su compromiso también se ha traducido en esfuerzos para mejorar las condiciones de entrenamiento. Según contó a Noticias Caracol, llegó a vender su carro para comprar implementos que ayudaran a sus deportistas a recuperarse después de las jornadas de trabajo. También gestionó apoyos para que los jóvenes recibieran alimentación adecuada. Muchos de los gimnastas que entrenan en Cúcuta provienen de familias de estratos 1 y 2, por lo que el acompañamiento material puede marcar una diferencia en la continuidad de sus procesos.

En 2012, Ruiz creó Fisiogym, un espacio dedicado a la fisioterapia y recuperación de sus atletas. Más adelante incorporó herramientas de psicología deportiva para trabajar aspectos como la atención, la memoria, los tiempos de reacción y la visualización. El proyecto cuenta con un equipo interdisciplinario que incluye fisioterapeutas, un médico deportólogo y un psicólogo deportivo. La apuesta es que la preparación no dependa únicamente de las horas sobre los aparatos, sino de un trabajo coordinado que permita a los gimnastas entrenar, recuperarse y competir en mejores condiciones.

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La formación integral también implica pensar en lo que sucederá cuando los deportistas dejen de competir. Ruiz ha hablado de la importancia de enseñarles a ahorrar, estudiar y prepararse para la vida adulta. Las medallas pueden abrir puertas, pero no garantizan por sí solas un futuro. Por eso, su objetivo ha sido que los jóvenes que pasan por sus manos desarrollen herramientas para desenvolverse en la sociedad, incluso cuando termine su carrera deportiva.

El legado que va más allá de una medalla

La plata de Ángel Barajas puso a Jairo Ruiz en el centro de la celebración deportiva colombiana. En 2024 recibió reconocimientos por su trabajo, entre ellos una distinción en los Premios Altius, que destacó su labor como entrenador. Pero el resultado de París no apareció de la nada: fue la consecuencia de un proceso que había comenzado en Norte de Santander décadas atrás y que ya había producido figuras como Jossimar Calvo.

Su historia también habla de las dificultades que enfrentan los entrenadores que buscan formar deportistas de alto rendimiento lejos de los grandes centros deportivos del país. En Cúcuta, Ruiz ha trabajado para construir condiciones de preparación, conseguir recursos y sostener una estructura que permita a los jóvenes aspirar a títulos internacionales. El resultado ha sido una sucesión de gimnastas que han llevado el nombre de la ciudad y de Colombia a diferentes podios.

Aquel abrazo en París resumió una parte de ese recorrido. Barajas recibió la medalla, pero detrás de él había años de preparación, una familia que acompañó el proceso, un equipo de apoyo y un entrenador que dedicó su vida a la gimnasia. Para Ruiz, la plata olímpica fue la culminación de un sueño largamente perseguido y, al mismo tiempo, la confirmación de que el trabajo construido durante décadas podía llevar a un joven colombiano hasta lo más alto del deporte mundial.

La imagen de sus lágrimas quedó asociada a la hazaña de Barajas. Sin embargo, la historia de Jairo Ruiz no empezó en París ni termina con una medalla. Es la historia de un formador que lleva desde 1978 trabajando con gimnastas, que convirtió la disciplina en una forma de vida y que ha entendido su oficio como algo más amplio que fabricar campeones: acompañar a jóvenes para que encuentren en el deporte una oportunidad de crecer.

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