Cada vez tengo menos amigos. Que no amigas. Las amigas, con los años, o bien se han mantenido o han ido llegando nuevas por las más antiguas. Pero ellos han ido desapareciendo. Primero está el de la universidad, que además de intentar besarme casi siempre que salíamos de fiesta -porque era una broma divertidísima, según él-, me pidió, cuando estaba estudiando fuera, que le tuviera «alguna amiga que quisiera pasárselo bien» para la visita que iba a hacerme.
Ese fue el punto de no retorno, lo que me llevó a cercenar la amistad. Pero si me pongo a repasar otros motivos (y otros amigos que quedaron por el camino), también aparecen comentarios negativos sobre Aves de Presa por tener «demasiadas mujeres» o no interesarse lo más mínimo por mí después del fallecimiento de mi abuela. Y más recientemente, el que reenviaba mi contenido a sus amigos, quienes se metían a Instagram a insultarme. «No es mi culpa lo que te dicen», me respondió. «Tú eres la única persona que tenemos en común porque ellos no me siguen». Me acusó de paranoica y ahí se quedaron las cosas.
Hasta este momento siempre he visto esos casos como independientes, imposible encontrar un punto de unión entre ellos. Nada pueden tener en común el de la universidad con el del gimnasio. Sin embargo, lo recurrente es que todos ellos perdieron a la única persona de su entorno a quien podían hacer partícipe de sus sentimientos, de sus miedos, sus problemas… A quien acudían a pedir consejo.
Puede ser muy solitario que alguien sea tu confidente, tu apoyo, tu espacio de vulnerabilidad y luego desaparezca para volver a esos círculos donde no tiene cabida una manera de ser hombre fuera de la fuerza, la independencia, la clausura emocional y la vulnerabilidad.
También mis examigos comparten que, el momento en el que no quise que continuaran en mi vida ni ellos en la mía, se debió a comportamientos que decidí no tolerar, por respeto hacia mí, pero también por lo que implica de cara a que esa sea su mentalidad respecto a otras mujeres. En resumen, que cerré la puerta a mis amigos por machistas.
Pero también la cierro cuando, conocidos con los que tengo una relación circunstancial, empiezan a contarme sus problemas sentimentales en busca de un desahogo y esperan de mí una respuesta que solo tiene una dirección -tener a alguien les escuche y les aconseje-, puesto que no se preocupan por nada de mi vida ni tenemos un trato más allá del «hola» y «adiós».
Ahora me doy un valor que antes no me daba, el valor de mantener a mi alrededor personas que son recíprocas en cariño y cuidado, pero también el valor de cuidar mi tiempo y paz mental evitando convertirme en una ONG andante para hombres con los que tengo comunicación, pero no amistad, por mucho que no tengan en quién apoyar sus cargas. No soy el salvavidas de nadie.
Pero me lleva a la misma conclusión, veo cada vez más claro que aferrándose a la masculinidad tradicional, que indirectamente es uno de los pilares del patriarcado, los hombres viven peor.
Lo que debe quedar claro es que no es nuestra responsabilidad (ni la de otras) hacernos cargo, que para ellos es el momento de experimentar un cambio real como hombres y empezar a relacionarse desde la reciprocidad, la ternura, la empatía y el interés real más allá de uno mismo. Solo así esa epidemia de soledad masculina de la que tanto se habla últimamente (pese a que según el Barómetro de la soledad no deseada en España indica que es más frecuente entre mujeres, pero eso a nadie le preocupa), podrá empezar a reducirse.
Hombres y mujeres podemos ser amigos, sí, pero en un plano de horizontalidad, de respeto. Y no como ha sido hasta ahora: de prestación de un servicio que nos vuelve terapeutas gratuitas porque sus amigos no se lo pueden prestar. La amistad, como cualquier relación sana, necesita que se dé en igualdad de condiciones de escucha, afecto y responsabilidad.
Revertir el problema pasa también porque ellos hagan la tarea de desaprender esa masculinidad que castiga mostrarse vulnerable, la misma que asocia cuidar con «lo femenino» y que delega a las mujeres a ser vía de escape de las emociones. Hasta que los hombres no aprendan a abrirse entre ellos, a construir intimidad sin miedo a ser juzgados, no van a dejar de sentirse solos.

