Las olas no perdonan. Cheikh Kane lo sabe bien. Este joven natural de Senegal subió a una patera en diciembre de 2021 con el objetivo de dejar atrás la precariedad y darle a su familia una segunda vida. Lo que no sabía es que los caprichos de alta mar y los vaivenes de las olas harían de aquella travesía «el peor momento» de su existencia. Cuatro años después, el viaje que a punto estuvo de convertirse en tragedia ya es historia. Tras ser mantero, temporero o friegaplatos, la suerte le llevó a convertirse en modelo de marcas internacionales. «Estoy muy orgulloso de mí mismo. Mantengo a mi familia y tengo la ambición de hacer más«, explica en conversación telefónica con 20minutos.es.
Este chico, que prefiere no revelar su edad, había terminado la Daara (escuela donde los niños estudian el Corán), los estudios básicos de Senegal. Como gran parte de los jóvenes, decidió ponerse a trabajar para ayudar en casa a poner un plato en la mesa: «Empecé como vendedor ambulante de auriculares, cargadores y cosas de ese tipo». Sin embargo, desde hacía tiempo tenía claro que la situación que vivía en su país natal no era la que él deseaba. Pero un día todo cambió.
«Había quedado con unos amigos, cuando de repente uno de ellos me dijo que al día siguiente había un cayuco que salía para España», explica. No se lo pensó dos veces y apenas 24 horas después Cheikh estaba en alta mar en dirección a las Canarias: «El único objetivo para arriesgar mi vida así era ayudar a que mis padres y mis hermanas pudieran comer».
Una travesía agónica
Abandonó su tierra en busca de otra oportunidad: «Fue un viaje con otras 120 personas que también buscaban un futuro mejor. Llevábamos comida, agua, aceite y cosas para el viaje de unos 2.000 kilómetros (y unos cinco días de duración)». Sin embargo, la ilusión inicial nunca le permitió imaginarse lo que estaba a punto de vivir.
Unos días después de emprender la marcha todo se torció. Los caprichos del Atlántico y el azar de los vientos mecían a su antojo el cayuco. Habían perdido el rumbo. «Empezó a cundir la desesperación y comencé a arrepentirme de lo que había hecho«, confiesa con un nudo en la garganta mientras revuelve los recuerdos de lo que bien podía haber sido una pesadilla: «Lo pasé muy mal, mucha sed, hambre y frío».
Llegó el séptimo, octavo y noveno día de la travesía. Continuaban perdidos en de la inmensidad del océano y sus esperanzas disminuían a la par que los víveres. «Pensaba que íbamos a morir. Ya me daba igual llegar a España, solo quería tocar tierra, sobrevivir», detalla mientras trata de evitar que se le salten las lágrimas. «Yo solo le pedía a Dios llegar a algún sitio», explica, cuando a las 6.00 horas del décimo día todo cambió. Después de muchas misivas y plegarias, en medio de la oscuridad vislumbraron «unas luces y una montaña». Tras la agonía vivida, Cheikh «no lo podía creer». Era el principio del fin. Frente a sus ojos había tierra, otro país, una segunda oportunidad: habían llegado a Tenerife.
En cuestión de minutos vivió un carrusel de emociones. «Fue el día más feliz de mi vida. Era como si se nos hubiese olvidado todo el miedo o el frío que habíamos pasado», asevera, y añade: «Cuando recuerdo este momento todavía sigo pensando si fue real o no«. A partir de entonces su vida dio un giro de 180 grados. Cuando pisó la isla tinerfeña tuvo que esperar tres meses hasta que pudo acreditar que, tal y como él decía, era mayor de edad: «Me mandaron a un centro de menores hasta que mi familia me envió el pasaporte. Entonces pude demostrar mi edad y me dejaron salir».
Siempre huyendo de la policía
La próxima parada hacia su nueva vida estaba lejos, a casi 2.000 kilómetros de la isla. Ya sin miedo ni temor cogió un barco hasta Huelva, de allí pasó por Málaga y terminó en Marbella: «Conocía a un amigo senegalés que me podía ayudar». Sin embargo, cuando llegó, al carecer de permiso de trabajo, la única opción que tenía para subsistir era ser mantero. «Empecé vendiendo bolsos en el paseo marítimo y la playa», explica, pero no se avergüenza para nada: «Siempre pensé que era mejor que hacer algo malo. Hay mucha gente que se gana la vida así».
«No era lo que quería, pero era lo que había», detalla el joven, quien reconoce que fue una etapa difícil en la que tuvo que vivir en un apartamento acompañado de otros 10 compatriotas: «Era complicado. Si venía la policía tenías que irte corriendo y si no te podían detener». Poco después, en febrero de 2022, y tras 20 días como vendedor ambulante, decidió probar suerte como temporero: «Me recomendaron ir a Jaén, a la temporada de recogida de la aceituna, porque entonces no había muchos turistas en Marbella».
Pero después de dos meses de intenso trabajo en la localidad de Villanueva del Arzobispo tuvo que volver a la Costa del Sol. A la par que vendía, también trataba de hacer otros pequeños trabajos en la construcción o como friegaplatos, aunque sin permiso laboral. «No era seguro, porque podían venir los inspectores», advierte. Sin embargo, nunca se desanimó e intento luchar por lo que tanto anhelaba: «Yo quería un contrato y un trabajo fijo para no correr de la policía».
«Me preguntó si era modelo»
El complicado camino recorrido no fue en vano y poco a poco iba consiguiendo el propósito con el que había abandonado Senegal. «Después de unos meses me hicieron un contrato en un restaurante de Marbella. Allí era comercial, tenía que captar a clientes para que entraran al local», explica. Y es que, a pesar de que era algo que nunca había hecho, no se le daba nada mal, explica él mismo entre risas: «La verdad que trabajaba muy bien. La gente me quería mucho y casi siempre llenaba el local«.
Era un día de trabajo como otro cualquiera, cuando, sin esperarlo ni buscarlo, su suerte cambió en febrero de 2024. Delante de la puerta del local que regentaba se cruzó con el azar, o quién sabe si la suerte o el destino. Pero tenía nombre y apellidos. Aleksander Santos, era un fotógrafo. «Me preguntó si era modelo, pero le dije que no, que no tenía ni idea de cómo funcionaba esa profesión«, comenta con alegría. Pero la conversación con aquel desconocido no terminó ahí: «Me dijo que tenía el perfil para ser modelo y me dijo que creía que podía hacer algo guay conmigo, entonces nos dimos el contacto».
Pocos días después, el joven estaba frente a los flashes del estudio de quien había decidio apostar por él. «Subió las fotos a su cuenta de Instagram, pero yo volví al trabajo, no pensaba que fuera a suceder nada«, alega. Pero solo cuatro días después su teléfono empezó a echar humo. «De repente me empezaron a escribir otros muchos fotógrafos, agencias… y comencé a trabajar con ellos, aunque no terminaba de tomármelo en serio porque no sabía nada de eso». Sin embargo, sus primeras sesiones le hicieron cogerle el gusto a una profesión hasta el momento desconocida para él. «Cuando hice el primer evento dije, ‘la verdad que esto no está nada mal», indica entre carcajadas.
«No todo el mundo viene para delinquir»
Entonces no lo sabía, pero había dado en la tecla para su nueva vida: «Comencé a formarme con tutoriales de YouTube, empecé a hacer amigos y contactos en eventos (tal y como le aconsejó Santos)». A partir de entonces, hace algo más de un año, las grandes marcas empezaron a llamar a su puerta, explica con orgullo. «Un día trabajé con Cartier o Vogue y también he hecho campañas con Snipes, Nike o Adidas. Mis fotos están por todas partes, en Berlín, París…», comenta mientras insta a mirar su Instagram para mostrar sus trabajos.
A pesar de trabajar frente a las cámaras, Cheikh no ha dejado de lado su faceta como comercial mientras le van saliendo trabajos como modelo: «También trabajo por las mañanas en una empresa de motos de agua y por las noches en un bar-discoteca captando clientes». Todo ello, asegura, forma parte de su empeño en ayudar en su lejano hogar: «Todos los meses mando dinero, pero me gustaría traerles a España, aunque es complicado». No obstante, asegura sentirse tranquilo porque la ayuda que les brinda les permite tener una vida decente a pesar de los miles de kilómetros que le separan de sus seres queridos.
Lejos de acomodarse, este senegalés tampoco se relaja y tiene muy claro qué quiere hacer en el futuro. «Me gustaría llegar más arriba, trabajar con agencias y marcas más grandes, siempre quiero buscar lo mejor para mí», explica con convicción. Además, aprovecha para reivindicar su posición como migrante. «También quiero decir que no todo el mundo que viene de forma irregular viene para delinquir. Hay mucha gente que viene a trabajar, a cotizar», concluye con rotundidad.

