Estoy segura de que dentro de la tristeza que llevamos estos últimos días a cuestas, todos, en algún momento, nos hemos hecho una pregunta; ¿Qué salvaríamos de nuestra casa en caso de tener que salir huyendo? Evidentemente de la tragedia que nos ha dejado la DANA, lo más importante son los cientos de vidas humanas perdidas. Eso es lo desolador, lo irrecuperable.
Pero yendo un poco más allá, las cosas, casi siempre, son más que cosas. La riada se ha llevado por delante casas enteras y negocios centenarios. Paredes que sostenían la historia de vida de familias que vieron como bajo esos techos, que ahora se derrumban, nacieron y crecieron sus bisabuelos, o que las máquinas que ya no podrán engrasar han dado de comer a varias generaciones de artesanos que hicieron de su labor su vida.
La riada se ha llevado por delante casas enteras y negocios centenarios
Estos días he llorado con más de una señora que, desesperada, sujetaba una foto embarrada entre sus manos, intentando explicar que es la única que ha podido rescatar de todos los recuerdos que tenía de sus antepasados. Por eso me parecen preciosas varias iniciativas que van a intentar salvar los álbumes que ahora parecen colecciones de lodo. Las nuevas generaciones tenemos las fotos en la nube, algo que hemos ganado con la tecnología.
También llevo días contactando a todos los escritores que conozco para que envíen a una tuitera a la que admiro muchos ejemplares de sus libros, ya que el agua ha dejado absolutamente inservible su más preciado tesoro: una biblioteca de casi medio millar de ejemplares que llevaba atesorando desde hace décadas. Lo hago con todo el amor y la pena de mi corazón, porque mientras escribo esto miro hacia mi librería (aquella que maldijeron los mudanceros cuando trasladaron todos los libros a esta casa) y pienso el hueco que me dejaría el perderla. Y no me refiero al físico.
Pero claro, si hay algo que me dolería en el alma perder serían varias prendas de mi armario. Quizá ni siquiera las que más me pongo, pero sí algunas que para mí son parte de mi historia. Cuando las veo, las toco, viajo al momento en que me las puse. Casi puedo oler el perfume que llevaba o escuchar las conversaciones de aquella fiesta o sentir como se me erizó el pelo en alguna cita que salió mejor de lo que pensaba. Bueno, y también abrazaría el Chanel que «he robado a mi madre» y que me gusta casi más que si fuera propio porque es suyo.
Vestirnos es donde nos convertimos esencialmente en humanos
Cada vez que alguien habla de la superficialidad de la ropa recuerdo el testimonio de una superviviente de los campos de concentración nazis, Catherin Hill, que se convirtió en una de las mujeres más importantes del mundo de la moda tras sobrevivir al Holocausto y mudarse a Canadá. En el libro The thoughtful dresser (El vestidor pensado, en español, aunque no se ha traducido), de Linda Grant, cuenta que su amor por la moda surgió cuando en Auschwitz se dio cuenta de que en el placer que sentimos al vestirnos es donde nos convertimos esencialmente en humanos. Es en la ropa donde comienza nuestra historia.
No os vamos a soltar la mano hasta que eso suceda
Sin querer hacer ningún tipo de paralelismo, sé que en el momento que cada uno de los supervivientes de esta terrible historia que estamos viviendo estos días pueda abrir el armario de su casa, después de darse una ducha de agua caliente, y elegir que ponerse, empezarán a construir su nueva vida. Su nueva historia. Porque sí, queridos valencianos, manchegos, saldréis de esta y volveréis a pintaros los labios de rojo y a levantar la persiana del negocio que lleva el nombre de tu abuelo, porque por lo menos el resto de los españoles, no os vamos a soltar la mano hasta que eso suceda.
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