«No quiero que me digan que soy un campeón, quiero salir, trabajar, ligar…»

«No quiero que me digan que soy un campeón, quiero salir, trabajar, ligar…»

Inazio Nieva es integrador social, activista y uno de los divulgadores más potentes del ámbito de la discapacidad en redes sociales. Con un discurso directo, valiente y sin filtros, este joven vizcaíno con parálisis cerebral pone sobre la mesa todo lo que la sociedad aún no quiere mirar: el acoso escolar silenciado, el paternalismo que infantiliza y la falta de oportunidades reales para las personas con discapacidad. 

Con más de 100.000 seguidores entre TikTok e Instagram, Inazio recorre centros educativos y escenarios con el objetivo de transformar mentalidades. En esta entrevista con 20minutos, habla sin tapujos de sus vivencias, la necesidad de repensar el sistema educativo y laboral, y la urgencia de dejar de contar con las personas con discapacidad solo para “dar testimonio” y empezar a hacerlo para tomar decisiones.

Comunicas mucho sobre discapacidad en redes y medios. ¿Qué te ha aportado esa faceta de expresión pública?
Para mí, comunicar ha sido una forma de poner voz a lo que me pasa. Creo que en esta sociedad lo que no se verbaliza parece que no existe. Pero claro que existe. Situaciones como las de Santander, que se hicieron virales, ocurren todos los días en muchos centros educativos. Lo que pasa es que no siempre hay imágenes. Yo sufrí varios años de acoso escolar, con distintos tipos de violencia. Y hablar de ello me ha ayudado, pero también ha servido para visibilizar. Yo no vengo a dar pena, sino a mostrar cómo está estructurada esta sociedad. Para poder estar incluido, también tengo que contribuir a esa inclusión.

Has dicho que contigo se hizo integración, pero no inclusión. ¿Cuál es la diferencia?
Integrar es meter a todo el mundo en una misma clase, pero sin ofrecer los recursos adecuados. Si te meten en una clase sin herramientas, nunca vas a poder desarrollar tus capacidades. En cambio, la inclusión implica dar los apoyos necesarios para que cada persona pueda avanzar desde sus propias habilidades. Y eso, en lo educativo, no siempre ocurre. Especialmente, las personas con discapacidad intelectual son quienes más sufren.

¿Lo ves también en lo cotidiano, como en los patios de los colegios?
Sí. Puedes compartir un espacio, pero que no cuenten contigo para jugar. Basta con mirar un patio escolar: el 70 u 80% del espacio está ocupado por niños jugando al fútbol. ¿Y qué pasa con quienes no pueden o no quieren jugar al fútbol? Normalmente, quedan excluidos. Y ahí no hablamos solo de discapacidad, sino de cualquier diferencia.

¿Qué sentiste al ver las imágenes del caso de acoso en Santander?
Fue un cúmulo de emociones. Por un lado, me sentí reflejado. Yo también viví situaciones que no llegaron a redes, pero sí a mis profesores. Se armó un escándalo, pero tardaron mucho en actuar. Porque hasta que no hay imágenes o pruebas físicas, muchas veces no se activa ningún protocolo. En mi caso, hasta que no hubo imágenes claras, no se abrió expediente. ¿Cómo puede ser que necesitemos ver para creer? Por suerte, en otro de los colegios en los que estudié  sí estuvieron por la labor de abrir el protocolo y respaldarme como alumno, aunque hubo que esperar para iniciar el protocolo, porque Inspección no lo permitió abrir hasta obtener pruebas gráficas.

¿Y qué falla en esos protocolos?
Hay protocolos, pero no se aplican. O se aplican mal. Muchas veces, los centros no los activan por miedo a dañar su reputación. O porque hay que justificarlo todo ante Inspección Educativa. Y cuando se aplican, se limita a expulsar a los agresores tres o cinco días. Pero luego vuelves a clase y compartes aula con ellos. Es una barbaridad.

Sufriste depresión a los 13 años. ¿Qué mensaje darías a un adolescente con discapacidad que se siente excluido?
Que no está solo. A mí me dijeron que la vida era larga y que se salía, pero yo no lo creía. Pensaba que acabaría solo, sin amigos, incluso viviendo en la calle. Y muchas veces, lo que ayuda, aunque no debería ser así, es salir del centro educativo. Cambiar de entorno. Pero eso es un fracaso del sistema. No podemos seguir permitiendo que sea la víctima quien tenga que irse.

¿Y los agresores?
Muchos también son víctimas. Les faltan apoyos, atención, cuidados. Actúan así por muchas razones. Pero al final, el sistema fracasa para todos. Según un estudio, 8 de cada 10 personas con discapacidad sufren acoso escolar. Es una cifra alarmante.


¿Qué papel tuvo tu entorno familiar en ese momento?
Fue fundamental. Yo pude acceder a terapias privadas y contar con apoyo constante. Pero no todas las familias pueden. Y eso marca una gran diferencia. A veces, incluso hay profesores que niegan la discapacidad de un alumno. Eso duele más que cualquier insulto.

¿Cómo ha sido tu proceso de aceptación de la discapacidad?
La adolescencia ya es complicada de por sí. Si además te preguntas si tendrás amigos, pareja o si podrás trabajar, se hace muy cuesta arriba. Yo llegué a usar mi discapacidad como excusa, porque me lo habían hecho ver así. Pero eso no ayuda ni a ti ni al resto.

Uno de tus caballos de batalla es el paternalismo. ¿Por qué?
Porque es violencia, aunque sea inconsciente. Cuando alguien te trata con condescendencia, está presuponiendo que vale más que tú. A veces me dicen que soy un campeón por vivir con discapacidad. Pero yo no quiero que me digan eso. Yo quiero salir de fiesta, trabajar, ligar, tener una vida normal. Y si tengo pareja y quiero tener hijos, ¿por qué no voy a poder?

¿Te parece que hablamos lo suficiente de sexualidad, relaciones o paternidad y maternidad cuando hablamos de discapacidad?
No. Hay un silencio enorme. En un congreso reciente sobre juventud y discapacidad, ni se mencionó la paternidad. Es como si no existiera para nosotros. Pero existen muchas adaptaciones. No cogemos a un bebé igual que otra persona, pero podemos criar igual de bien. Hay que hablar de esto sin tapujos.

¿Cómo reaccionan las personas a tus contenidos en redes?
Con mucha emoción. A veces no tengo tiempo de leer todos los mensajes, pero me quedo con esos alumnos o familias que al acabar un taller se acercan a contarte su historia. Eso es lo más valioso. Si llego a una sola persona, ya merece la pena.

¿Recuerdas algún vídeo especialmente significativo?
Uno sobre cuántas veces has visto a una persona con discapacidad salir de fiesta. Se viralizó. Y creo que fue porque mucha gente nunca se había parado a pensarlo. La vida social también es inclusión.

Participaste en la película ‘Cuerpo escombro’. ¿Te gustaría repetir?
Sí, fue una experiencia muy buena. Me permitió juntar varias facetas. Pero lo que tengo claro es que quiero mostrar la discapacidad desde el humor y la naturalidad, no desde la lástima.


Algunos de los protagonistas de 'Cuerpo escomrbro' al inicio del rodaje.

¿Tienes algún proyecto a corto o medio plazo?
Seguir trabajando en lo mío, como integrador social, y mantener mi actividad en redes. No tengo nada cerrado, pero me gustaría seguir creciendo en esta línea.

¿Con qué colectivo trabajas en tu día a día como integrador social?
Con personas con enfermedad mental grave. Trabajo como facilitador. Es el colectivo más invisibilizado de todos.

Si estuvieras al frente de un Ministerio de Discapacidad, ¿qué tres medidas tomarías?
Lo primero: escuchar. No se puede legislar sin contar con quienes viven estas realidades. Después, en educación, hay que garantizar que los protocolos se apliquen bien y a tiempo, formar al profesorado y poner los medios. Y en lo laboral, reflexionar sobre los entornos protegidos. Muchas personas con discapacidad trabajan 40 horas por sueldos de 200 euros. ¿Eso es inclusión o es explotación? Hay que repensar el modelo. Pero sobre todo, que todas las medidas sean transversales. No puede ser que cada ministerio vaya por su cuenta.
Necesitamos dejar de hablar solo de discapacidad el 3 de diciembre. La inclusión empieza cuando empezamos a hablar de nuestras vidas como algo cotidiano. Y eso es todos los días.


Un niño con parálisis cerebral.

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