Los castillos que cuatro familias colombianas levantaron para tener a Europa cerca

Los castillos que cuatro familias colombianas levantaron para tener a Europa cerca

Aunque en Colombia nunca hubo reyes, princesas ni condes, más de una familia quiso mandar a construir su propio castillo. En total, en todo el país no hay más de doce castillos registrados.

La cuenta es sencilla y se divide en dos grupos: por un lado, los fuertes que levantaron los españoles en la época colonial para defenderse de los piratas en la costa Caribe —como el imponente Castillo San Felipe de Barajas, San Fernando de Bocachica y San Sebastián del Pastelillo en Cartagena, o el Castillo de Salgar en el Atlántico—.

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En el otro grupo están apenas unos ocho palacios que familias adineradas mandaron a hacer entre 1898 y 1935. Allí están el famoso Castillo Marroquín en Chía, el Museo El Castillo en Medellín, y rarezas en Bogotá como el Castillo del Mono Osorio o la Quinta Ana.

Cali fue un caso aparte: llegó a tener cinco castillos a principios del siglo XX, aunque hoy solo quedan tres en pie (el Carvajal, el Molina Mejía y el Lloreda), porque los otros dos terminaron demolidos con el paso de los años. Estas casonas nunca sirvieron para la guerra, sino para que sus dueños mostraran estatus y poderío, guardando entre sus paredes chismes de alta sociedad, tragedias familiares y hasta líos con el narcotráfico.

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Castillo Marroquín

En Chía, a las afueras de Bogotá, queda quizás el castillo más famoso y polémico del país. Lo mandó a hacer en 1898 Lorenzo Marroquín, un escritor de la alta sociedad que era hijo del entonces presidente José Manuel Marroquín —el mismo mandatario al que le tocó gobernar durante la dura Guerra de los Mil Días y la separación de Panamá—.

Para diseñar el castillo, Lorenzo contrató al famoso arquitecto francés Gastón Lelarge. Mientras Lorenzo escribía novelas y movía influencias políticas bajo la sombra de su papá, el palacio servía de punto de encuentro para fiestas y tertulias de la élite.

Pero cuando Lorenzo murió en 1918, el castillo empezó a rodar por una pendiente de decadencia. En los años cuarenta funcionó como un cabaret nocturno donde la gente iba de rumba; para 1952 lo convirtieron en un hospital psiquiátrico en el que incluso hubo pacientes que se quitaron la vida, y en 1970 pasó a manos de inversionistas del petróleo.

En los ochenta cayó en poder de Juan Camilo Zapata, socio del cartel de Medellín que murió a tiros con las autoridades en 1993. Allí Gonzalo Rodríguez Gacha, uno de los jefes del cartel, guardaba su caballo más costoso y querido: Tupac Amaru.

Con el tiempo, el lugar se llenó de cuentos de espantos, como la aparición de «La Zancona» —un supuesto fantasma de piernas larguísimas— y rumores de túneles secretos. Finalmente, tras ser incautado en 2005, el Estado se lo entregó a la Universidad Pedagógica Nacional para borrar ese pasado oscuro y convertirlo en un espacio educativo.

Castillo de los Carvajal

Hacia finales de los años veinte, Cali vivía un verdadero despegue económico gracias al comercio, las fábricas y el ferrocarril que conectaba con el puerto de Buenaventura. En esa época nació el barrio Granada, un sector elegante pensado para que las familias más ricas vivieran en casas rodeadas de jardines.

Allí vivía don Hernando Carvajal, cabeza de una de las empresas de papel y empaques más grandes del país, además de senador y periodista. Don Hernando y su esposa, María Eugenia Sinisterra, quisieron tener su propia casa soñada y en 1928 contrataron al arquitecto puertorriqueño Félix Aguilú para que les hiciera realidad el sueño.

El resultado fue una casona de dos pisos con muros gruesos forrados en piedra rústica, techos de teja de barro, figuras de leones alados tallados en las puertas y una gran torre redonda en toda la esquina que llama la atención de cualquiera que pase por el lugar.

La familia vivió allí durante décadas, pero tras la muerte de don Hernando en 1961 la propiedad se vendió y pasó por varias manos. Años más tarde, los propios Carvajal decidieron recomprarla para instalar allí la sede principal de la Fundación Carvajal. A diferencia de otros castillos de la ciudad que terminaron en el olvido, este sobrevivió y hoy en día abre sus puertas para apoyar causas sociales y educativas en la región.

Castillo Quinta Ana, la cuota gótica en el sur de Bogotá

Ubicada en el barrio Santa Ana Sur, en la localidad de San Cristóbal, sobre la calle 11 sur, Villa Quinta Ana se levantó entre 1920 y 1925 en terrenos que antes hacían parte de una enorme finca a orillas del río Fucha. Según cuenta la leyenda, cuando se negoció el lote, el dueño anterior puso una sola condición: quien construyera en esa esquina de la antigua vía a Villavicencio debía levantar una edificación llamativa que adornara el camino.

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Para cumplir la tarea, los esposos Ana Peñuela y Eduardo Caicedo fueron hasta Europa para que los asesoraran en el diseño. Así fue como terminaron construyendo una casa inspirada en la Europa medieval. Tiene ocho habitaciones, grandes ventanales, gárgolas talladas en piedra y una fachada muy particular pintada de color rosado y morado.

En 1996 fue declarada patrimonio de la ciudad, pero hoy enfrenta un verdadero lío familiar: varios de los herederos quieren venderla para demolerla y dar paso a edificios nuevos, mientras que Daniel Luna Caicedo, nieto de los fundadores, se rehúsa a dejarla caer y organiza recorridos y actividades culturales para costear su mantenimiento.

Museo El Castillo

Subiendo por la loma de Los Balsos, en El Poblado, se asoma un palacio idéntico a los castillos que bordean el río Loira en Francia. La idea original fue del médico José Tobón Uribe, fundador de la famosa Farmacia Pasteur, quien en 1930 mandó traer los planos directamente desde París y le encargó la construcción a la firma de arquitectos H. M. Rodríguez.

Don José murió repentinamente poco tiempo después y la propiedad fue comprada en 1942 por Diego Echavarría Misas, un importante industrial y filántropo antioqueño, junto a su esposa alemana, doña Benedikta «Dita» zur Nieden.

Los esposos convirtieron el lugar en un rincón de arte europeo. Llenaron sus catorce salas con muebles antiguos, vajillas finas, cristales de Baccarat y un enorme vitral inspirado en la ópera Tristán e Isolda, una obra que les gustaba tanto que de ahí sacaron el nombre para su única hija.

Sin embargo, la felicidad duró poco: la joven Isolda falleció muy joven, en 1967, por una enfermedad, y cuatro años después, en agosto de 1971, don Diego fue secuestrado y asesinado. En medio del dolor, doña Dita decidió cumplir la voluntad de su esposo: en vez de vender el castillo, le donó la casa, los muebles y los jardines a la ciudad de Medellín para que cualquier persona del común pudiera visitarlo y disfrutarlo.

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