«Lloraba porque no podía más, veía que no podía tirar de mi cuerpo»

«Lloraba porque no podía más, veía que no podía tirar de mi cuerpo»

Joan T. recuerda con una mezcla de alivio y vértigo aquel día en que su psicólogo le dijo que lo suyo tenía nombre: burnout. «Yo pensaba que era una forma coloquial de decir que estaba quemado», cuenta. Llevaba años engullido por un trabajo que lo reclamaba constantemente y que lo definía por completo: «En aquel momento, si me preguntabas quién era, te decía ‘soy Joan, el que trabaja en el casino’. No era nadie más, no hacía nada más».

Cuando llegó el colapso, ya no hacía ninguna de las actividades que más placer le daban: «Ya no escuchaba música y vestía siempre igual, porque no era capaz de salir a comprarme ropa nueva», recuerda desde su casa de Barcelona. Arrastraba un cansancio tan extremo que ni salir a pasear con su perra Lili le resultaba posible sin miedo y enfado.

A Deià Villanueva, en cambio, la fatiga le llegó mucho antes, en plena adolescencia. A los 14 años no podía caminar más de diez minutos sin tener que parar a descansar: «Me dolían las piernas, lloraba porque no podía más, veía que no podía tirar de mi cuerpo», recuerda. Hoy, con 30, estudia Biología a un ritmo mínimo y convive con el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC), una enfermedad que la obliga a planificar cada actividad de antemano. «Si quedo con una amiga un sábado, sé que el domingo no me podré levantar de la cama», explica.

Las historias de Joan y Deià no son lo mismo: él sufrió un colapso por el exceso de trabajo y presión; ella convive con una enfermedad reconocida por la OMS que invalida la vida cotidiana. Pero ambas hablan de un tema común que atraviesa nuestro tiempo: vivir exhaustos.

Dos tipos de cansancio

«Una cosa es el agotamiento social y otra muy distinta la fatiga crónica», advierte Rosa Lozano, paciente con Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) y fibromialgia y voluntaria de la Associació Catalana per a la Síndrome de Fatiga Crònica (Acsfcem). «En realidad, lo que hay es una intolerancia al esfuerzo, que es muy distinto. No es que estés cansado, es que tu cuerpo no genera energía».

El Síndrome de Fatiga Crónica es una enfermedad multiorgánica compleja cuyos síntomas incluyen agotamiento extremo, dolor muscular, hipersensibilidad y una incapacidad para recuperarse con el descanso. La doctora Alejandra Menassa subraya esa frontera: en el SFC existe un cansancio crónico que no cede con el reposo. «Quien no lo padece está cansado, se acuesta, duerme las horas que necesita y se levanta bien, renovado. En la fatiga crónica no hay ese descanso reparador».

Rosa explica cómo cualquier plan sencillo se convierte en una odisea: «Un sobresfuerzo para mí es irme a comer a un restaurante. Eso puede dejarme varios días tirada. No es cansancio: es que los estímulos me agotan el sistema». Deià señala además la vigilancia constante sobre lo que le pide a su cuerpo: «En el cansancio normal, puedes forzarte a hacer cosas, pero con fatiga crónica, no puedes. Si intentas hacer ese esfuerzo, tu cuerpo desconecta y dice, no puedo más. Y tienes consecuencias durante bastante tiempo».

A María Dolores Gallego, su «crack» le vino cuando cumplió 40 años. Lleva más de 20 conviviendo con la enfermedad, y describe de una manera muy gráfica cómo es el agotamiento que siente: «La sensación es de que te mueres, de que se te va la vida, de que te desconectas». Para ella lo más duro es que no hay elección: «Si el cansancio viene por un tipo de vida ajetreada, puedes decidir parar, y te recuperas. Cuando es una enfermedad, no puedes elegir el tipo de vida que quieres llevar: si no paras, enfermas más».

Según datos publicados por el Hospital Clínic de Barcelona, entre el 0,3% y el 0,5% de la población mundial podría padecer SFC, y se estima que en España hay entre 120.000 y 200.000 personas afectadas.

Llegar a un diagnóstico no es sencillo porque no existe una prueba concreta que permita saber si una persona sufre el síndrome de fatiga crónica. Los síntomas deben prolongarse más de seis meses y antes de confirmarlo, es necesario descartar una a una otras posibles causas médicas de la fatiga. Para la medicina convencional se considera una enfermedad crónica, con tratamientos para mejorar la calidad de vida de los pacientes. Aunque, insiste Menassa, «desde la medicina integrativa, indagamos en la causa y conseguimos la curación en un alto porcentaje de pacientes».

La trampa de la hiperproductividad

Si el SFC es una enfermedad invisible, el burnout es el rostro más reconocible de un malestar social más amplio: el agotamiento estructural.

«Lo veo constantemente en la consulta», afirma la psicóloga Lucía Camín, especialista en ansiedad, estrés y burnout y directora de Alcea Psicología. «Los síntomas van apareciendo poco a poco, pero llega un momento en el que hay un estado de cansancio extremo, de agotamiento físico, emocional y mental, sobre todo circunscrito en el área del trabajo».

Según el informe Salud Mental en el Trabajo en Europa, el 38,2% de la población de la UE sufre cada año algún trastorno de salud mental, principalmente ansiedad (14%), depresión (6,9%) e insomnio (7%). La pandemia agravó la situación: según la encuesta OSH Pulse de la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo, un 44% de los trabajadores reconoce que su estrés laboral aumentó tras la COVID-19 y casi la mitad (46%) señala sobrecarga de trabajo o presión de tiempo extrema. Tres de cada diez, además, reportaron problemas de salud como fatiga, dolores musculares o cefaleas vinculados directamente al empleo.

«Estamos sometidos a un estado de estrés prolongado, sostenido en el tiempo: pacientes que trabajan doce horas diarias, con sobrecarga laboral, exceso de responsabilidad y con horarios que no son compatibles con la salud mental», explica la psicóloga, «y por otro lado, nuestro tiempo de ocio es limitado, escaso, insuficiente o no nos acaba de nutrir o de compensar con todo el esfuerzo y el estrés crónico que tenemos».

David Hueso, un joven madrileño de 32 años, lo vivió en primera persona a principios de 2025: «Yo me di cuenta porque estaba en un concierto de un artista que me encantaba y no lo disfrutaba. Mis emociones se habían apagado. El estrés sostenido te desconecta de ti mismo».

David, que es psicólogo deportivo, pudo detectar lo que le ocurría: «La única forma que tiene tu cuerpo o tu mente para aguantar ese estrés, es hacer un bloqueo», explica. A la presión del día a día, se sumó además la búsqueda de casa, en un mercado inmobiliario tensionado y cada vez más inaccesible: es lo que él llama «el detonante». «¿Qué ocurre? Que esa presión sostenida en el tiempo, al final acaba pasando factura». En su caso, esa factura llegó en forma de lesión: una rotura muscular que a mitad de año lo obligó a parar y replantearse su ritmo de vida.

Rosa, que también vivió episodios de burnout antes de que en 2018 le diagnosticaran SFC, encajó durante años en ese modelo de persona que nunca dice que no, que se exige más y más, hasta que el cuerpo se le rompió. Incluso ante la recomendación médica de tomar una baja laboral, su primera reacción fue la negativa: «Porque es lo que te digo, no te sientes empoderada por el sistema, te sientes que eres tú la que estás fallando, aunque ya sabía que tenía una enfermedad.»

Esa resistencia a parar, explica María Dolores, también paciente de SFC, está muy vinculada a un trasfondo común en muchos pacientes con este síndrome. «Somos personas muy autoexigentes, vitales, muy activas, y tener que pasar a una posición pasiva, donde tienes que llevar un ritmo de vida muy tranquilo, es lo que más cuesta», declara María Dolores. No se trata de que ese estilo de vida provoque la enfermedad, recalcan ambas pacientes, pero sí hace que cuando se llegue a un diagnóstico el cuerpo esté ya muy desgastado.

Una sociedad permanentemente en guardia

La pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué estamos todos tan cansados? El filósofo surcoreano Byung-Chul Han hablaba en La sociedad del cansancio de cómo la autoexplotación sustituye a la opresión externa: vivimos en lo que él denomina «la lógica del rendimiento», donde cada uno se convierte en su propio explotador, atrapados en un círculo de autoexigencia que nunca se detiene.

Esto genera un cansancio crónico y difuso, más dañino que la explotación externa, porque es invisible y se confunde con libertad. Así, Han afirma que la sociedad actual se caracteriza por lo que él llama «un paisaje patológico de trastornos neuronales»: depresión, burnout, hiperactividad y agotamiento crónico, enfermedades de la mente desgastada por exceso de exigencia y de rendimiento.

Más de un siglo antes, Paul Lafargue defendía en El derecho a la pereza que el trabajo no podía erigirse en el único centro de la vida, y que las personas tenían derecho a descansar, a cultivar el arte, el placer y las relaciones, defendiendo el ocio como esencial para el desarrollo humano. En la misma línea, el filósofo contemporáneo Juan Evaristo Valls Boix reivindica en El derecho a las cosas bellas una vida holgada y gozosa, donde el descanso y lo inútil no sean vistos como una pérdida de tiempo, y las vacaciones y la pereza no sean privilegios de unos pocos sino accesibles para todas las personas.

David Hueso coincide en que el descanso debe dejar de vivirse como una pérdida de tiempo: «Cuando entras en esa espiral de productividad, trabajo, ocio, etcétera, es muy fácil caer en ‘no, es que si descanso estoy perdiendo el tiempo’. No: descansar es invertir el tiempo, invertir en que tú vayas a rendir mejor, en que te encuentres mejor anímicamente».

Joan T., por su parte, ha reconstruido parte de su vida con ayuda de la terapia y lo resume con sencillez: «Ahora sé dónde no quiero volver. Y tengo herramientas para no hacerlo. La baja médica fue un golpe, pero también la única forma de empezar a entender lo que me estaba pasando».

El reto, en definitiva, está en aprender a distinguir y a cuidar. Entender que la fatiga crónica es una enfermedad médica que requiere recursos y respeto, y que el agotamiento social es una señal colectiva de que algo no funciona en la manera en que vivimos.

Fuente