Reflexión sobre el sesgo en la memoria histórica colombiana: un llamado a honrar verdaderamente a las víctimas y dejar de santificar a los criminales
Texto escrito por: Juan Carlos Camacho Castellanos
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“Ningún crimen tiene fundamentos razonables.”
— Tito Livio
El reciente despelote ocasionado por la salida de material propagandístico de las salas del Museo Nacional es algo que nos debe alertar. En medio de la llamada «Batalla Cultural», esta ofensiva —después de décadas— permite medir la magnitud del poder que ha tenido la izquierda para imponer su narrativa.
Pero tampoco olvidemos que en Colombia la “narco (in)cultura”, la sacralización de la violencia (venga de la derecha o de la izquierda) y el profundo desprecio por las víctimas son el pan nuestro de cada día.
Resulta insólito ver cómo:
Pablo Escobar, un ser despreciable desde cualquier ángulo, sea visto como una figura cuasi religiosa.
Carlos Pizarro y sus secuaces se vuelvan objeto de un culto sacralizado.
Timochenko y sus adláteres despierten la simpatía de un tribunal hecho a la medida para sonreírle al victimario y escupir en la cara de las víctimas.
Los paramilitares ultraderechistas se conviertan —por obra y gracia de la «Santa Iglesia Progresista»— en seres de luz y aliados de una «paz mortal».
Es por esto que debemos volver a la objetividad de la historia. Las víctimas de las infames guerrillas, de los abyectos carteles del narcotráfico, de los ruines paramilitares y de los despreciables “pelados del corazón” de la primera línea no pueden ver cómo quienes imponen sus «ideotas» a punta de fusil y machete son honrados por el Estado, exhibidos como prohombres, mostrados como altruistas y defendidos a ultranza por una caterva de miserables que solo encuentra inspiración en aquellos que deberían ser expuestos en toda su majestuosa perversidad.
¿Quieren una exhibición objetiva?
Pues que pongan a todos esos infames personajes en el Museo Nacional, pero dentro del contexto de sus crímenes. Tampoco olvidemos que del lado del Estado se cometieron irregularidades y delitos atroces que deben ser explicados.
Hagamos honor a las víctimas y permitamos que quienes sufrieron a manos de narcocriminales, paramilitares y progredelincuentes den su testimonio y sean honrados como merecen, por haber quedado en medio del fuego cruzado de grupos políticos anhelantes de poder y vacíos de argumentos.
Pero, ojo: quien asesinó y murió por culpa de sus crímenes no es una víctima inocente.
Pizarro muere como consecuencia de su vesania; Escobar cae abatido tras una vida de miseria moral; y cualquier delincuente que sale a robar, matar o cometer estupro no es un Robin Hood, sino tan solo un miserable inadaptado. Cuando cae en prisión o resulta abatido por las fuerzas del orden, es víctima de sus propias decisiones y muere bajo su propia ley.
Es, al final, tan solo un criminal, y jamás el ejemplo que una sociedad debe dar a las futuras generaciones.
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