Tras un año de rodaje en Tolima, para la segunda parte de Cien años de soledad, el actor tuvo que procesar el vacío que le dejó Aureliano y José Arcadio Segundo
El primer intento de Julián Román por entrar a Macondo terminó en frustración. El actor bogotano había presentado el proceso de selección para la primera temporada de Cien años de soledad, la ambiciosa adaptación audiovisual de la obra de Gabriel García Márquez, pero la respuesta nunca llegó.
Cuando la primera entrega se estrenó, la espina seguía ahí. «Cuando vi la primera temporada, yo dije: ‘¿Cómo es posible que no pude estar en esta serie, por Dios?'», recuerda Román. La rabia no era un capricho profesional; se trataba de una fijación que arrastraba desde la adolescencia.
A los 14 años, su debut en el teatro profesional con el Teatro Nacional fue encarnando un personaje de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Desde ese momento, la literatura de García Márquez se le convirtió en una obsesión. Releyó sus páginas, llevó a la tabla Crónica de una muerte anunciada y sostuvo interminables conversaciones con su padre, el actor Edgardo Román, sobre la imposibilidad de comprimir las dimensiones de Macondo en una película convencional de hora y media.
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La oportunidad tardó, pero llegó para la segunda entrega de la producción. Sin embargo, el camino de regreso tampoco fue directo. Hizo tres pruebas de actuación para interpretar a los gemelos Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo. El último llamado fue en diciembre y, tras meses de silencio, asumió que había vuelto a quedar fuera. Viajó a Chile de gira con el Teatro Petra y fue justo al aterrizar en Santiago cuando recibió la llamada de su mánager: lo necesitaban de inmediato en Ibagué, donde se había construido el set de rodaje. «Fue una locura porque llegué de Santiago, me subieron a una van y me fui a Ibagué. Estuve casi un año allá», cuenta.
Al llegar a la réplica de la Casa Buendía y tomar dimensión de la escala del proyecto, la emoción inicial dio paso a la presión de interpretar a dos hermanos de personalidades opuestas. Pero lejos de amedrentarse, el desafío encajaba de forma precisa en la filosofía con la que Román ha construido su trayectoria artística: la necesidad constante de huir de la comodidad.
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El rechazo a la zona de confort
Para Julián Román, el peligro en la actuación aparece cuando la carrera empieza a fluir y el reconocimiento tienta al intérprete a refugiarse en lo que ya sabe hacer. «A mí lo que me gusta es que me lleguen cosas que yo no sepa hacer», afirma sin rodeos.
Su método de selección de proyectos no busca la complacencia, sino la complicidad con el obstáculo. Al asumir el compromiso con la obra de García Márquez, se enfrentó a una lista de requerimientos en los que partía de cero: aprender a tocar acordeón, dominar el acento costeño con sus distintos matices territoriales y aprender a montar a caballo.
«A mí me llega Cien años de soledad y yo no sé tocar acordeón, yo no sé hablar costeño, yo no sé montar a caballo… y de pronto es como: me tengo que exigir. Eso me empieza a generar un disfrute».
La búsqueda de la dificultad no responde a una técnica de inmersión total o de sufrimiento en el set. De hecho, el actor marca una distancia con las corrientes dramáticas más extremas. «Yo no soy actor de método, de quedarme pegado ahí», aclara al explicar cómo aborda las escenas de alta intensidad dramática.
Para él, el trabajo actoral no consiste en encarnar el dolor de forma destructiva, sino en la técnica, la preparación en los ensayos, el rigor del lenguaje corporal y la capacidad de dejar que la escena fluya en el momento exacto en que la cámara empieza a rodar, apoyado en el equipo técnico y de dirección.
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El duelo actoral en el sofá
Aunque Román no se quede atrapado en sus personajes durante el rodaje, desprenderse de ellos al apagar las luces del set tiene un costo emocional. Encarnar a dos personajes durante más de un año en el calor de Ibagué, llevando prótesis de maquillaje y trajes de caracterización corporal para simular el paso del tiempo y el peso físico, dejó una huella que requirió acompañamiento terapéutico.
Al finalizar las grabaciones, la desconexión no fue inmediata. El actor experimentó una sensación de vacío y tristeza que tardó meses en procesar. Fue en su espacio de psicoanálisis donde logró darle un sentido a ese malestar que suele aparecer cuando se escucha el último «corte» de una producción tan larga.
«En esto me ayudó mi psicoanalista, porque yo le decía: ‘¿Por qué me da tan duro terminar los personajes?’. Él me responde: ‘Es una despedida amorosa. Es que usted lleva seis o siete meses vistiéndose, hablando, y cuando uno termina con alguien no lo vuelve a ver, y eso es lo que lo destroza a uno. Usted no vuelve a ver esos personajes, no los vuelve a hacer'».
El cierre del ciclo con los gemelos se cruzó además con el inicio de otro proyecto televisivo, lo que postergó el duelo actoral. Entre diciembre y enero, al hacer una pausa en su agenda, logró despedirse en su mente de Aureliano Segundo, de José Arcadio Segundo y del peso de haber habitado el universo con el que soñaba desde que tenía 14 años. Para Julián Román, ese remezón interno es la prueba de que el riesgo valió la pena: «Se le mueven a uno muchas cosas y creo que eso es lo que más me gusta de lo que hago».
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