la visión más pesimista del colapso total de un país termina mal porque EE UU también

la visión más pesimista del colapso total de un país termina mal porque EE UU también

[Este artículo contiene SPOILERS del final de ‘EUPHORIA’]

«Que Dios nos bendiga a todos». Con esta frase, y la bandera de EE UU ondeando al viento a las puertas de la granja de una familia religiosa de Texas, concluye Euphoria. Serie que comenzó con el nacimiento de su protagonista unos días después de los atentados del 11-S, lo que sella a Rue Bennett (a quien Zendaya ha dado vida e infatigable personalidad durante tres temporadas) como representación corpórea del último cuarto de siglo de historia estadounidense y su imparable caída al abismo.

Euphoria no podía tener un final feliz porque las cosas tampoco pintan nada bien para EE UU, que actualmente atraviesa uno de los momentos más esquizofrénicos de su historia con una población ultrapolarizada políticamente, brechas de desigualdad económica ensanchándose a velocidad galopante y una epidemia de fentanilo que lo devora todo. Es también el recorrido vital de Rue y la trágica conclusión que Sam Levinson, el creador de la serie, da a su personaje, visiblemente afectado por la muerte de Angus Cloud.

El actor que interpretaba a Fez falleció antes del rodaje de la tercera temporada, con 25 años. Integrándose así en la terrible estadística que coloca el fentanilo como la principal causa de muerte en EE UU para la población entre 18 y 44 años. Con esas contundentes cifras sobre la mesa, Levinson se apoyó en su propia experiencia como adicto para, partiendo de una serie juvenil israelí, armar una historia profundamente personal y desoladora sobre la deriva social, cultural y moral de la juventud de su país, encarnada en Rue.

Los Estados Unidos de Rue

La infancia suburbial de clase media de Rue fue condimentada con cócteles de medicación para la ansiedad, déficit de atención con hiperactividad y trastorno obsesivo-compulsivo. Unidos a la muerte de su padre, la sumen en una espiral de adicciones que acaba en sobredosis y rehabilitación durante el instituto. 

La euforia que da título a la serie, la del subidón de la droga, se comparaba con las alteraciones químicas del enamoramiento y los altibajos de la adolescencia en la primera temporada, pero a la altura de la tercera ya no está bañada en glitter y luces estroboscópicas. Ni es deseable cuando se nos deja a solas con sus consecuencias y se expone la red de tráfico, extorsión y criminalidad que posibilita el acceso a la droga.

Euphoria comenzó siendo una estilizada serie juvenil con estética magnética e inclinación hacia temas sensacionalistas relacionados con la sexualidad y la adicción a las drogas. Pero en la tercera temporada cambió, hasta el punto de que muchos seguidores no la reconocían. Fue así porque el parón entre la segunda y la tercera, que obligó a incorporar un salto temporal de cuatro años en la ficción, cristalizó en una narración muy alejada de la fantasía libertadora de instituto para sumergirse en una realidad podrida de detritus moral.

¿Dónde hemos visto eso antes? No voy a sacar tan rápido la carta de Twin Peaks, pero es a lo que más se parece el giro planteado por esta tercera temporada. Conceptos como la bailarina de striptease con collarín falso que interpreta Rosalía (Magick, cuya historia quedó sin cierre, por cierto) nos llevan a seguir la línea deudora de Euphoria con la escabrosidad más salvaje de Bret Easton Ellis, en lo que también podría representar el paso que dista desde Las leyes de la atracción a Los destrozos.

La Gran Euphoria Americana

La propia serie ha sabido integrar en su ficción las diversas desavenencias surgidas detrás de las cámaras con Levison (desde la marcha de actrices principales como Barbie Ferreira como la renuncia de Labrinth, responsable de la identidad musical de Euphoria hasta la tercera temporada, sustituido in extremis por Hans Zimmer) durante una convulsa producción que ha aprovechado la polémica para convertir su entrega final en una obra muy diferente.

Una directamente enmarcada en el thriller criminal y dispuesta a mirarse en el reflejo cuarteado de un Paul Verhoeven (que venga después del intento decidido de Levinson por convertir la miniserie The Idol en su Showgirls particular no es casual) disfrazado de fatalismo a lo Paul Schrader, donde la agresión expeditiva es la única y paradójica manera de hacer frente a toda la violencia que supura el mundo. 

Euphoria ha convertido su tercera temporada en la visión más desesperanzada de las ruinas del sueño americano; eso sí, primorosamente fotografiada por Marcell Rév en embriagador celuloide con los mejores claroscuros que jamás habríamos soñado con ver en streaming.

El viacrucis de Cassie (rebosante de resonancias con el devenir de la imagen pública de su intérprete, Sydney Sweeney, aupada al estrellato durante el transcurso de la serie), tan incapaz de escapar de su sexualización perenne como de lograr adueñarse de ella por mucho que lo intente, es tan solo uno de los crueles caminos que Levinson plantea a cada personaje en el infierno capitalista donde solo puedes vender tu cuerpo.

Del trabajo sexual encubierto de Jules (Hunter Schafer) al proxenetismo explícito de Alamo (Adewale Akinnuoye-Agbaje), de la representación de influencers de Maddy (Alexa Demie) al trabajo de Lexi (Maude Apatow) en Hollywood, de la red de narcotráfico de Laurie (Martha Kelly) al nefasto proyecto inmobiliario de Nate (Jacob Elordi) que acaba torturando y dando un cruel final al personaje que más daño había generado en las temporadas anteriores. Todo es abuso asumido y ambición desmedida en busca del éxito sin brújula moral de por medio.

La temporada final de Euphoria toma el pulso al resquebrajado sueño americano en el momento de su colapso que estamos viviendo en directo. Y el diagnóstico no puede ser más pesimista: un capitalismo enfebrecido en su explotación del prójimo que deja tras de sí un reguero de cuerpos violentados y una búsqueda desesperada de consuelo en paraísos artificiales, ya sean pastillas o la Biblia. El paso de la euforia al desaliento.

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