La República no necesita caminar entre los muertos

La República no necesita caminar entre los muertos

Derrotar al terrorismo es deber del Estado. Convertir sus cadáveres en espectáculo presidencial es otra cosa: la República no necesita caminar entre los muertos

Colombia necesita un Estado capaz de enfrentar a quienes desafían la ley con las armas. Eso no debería estar en discusión. Cuando una organización terrorista asesina, secuestra, extorsiona, ataca a la población o pretende imponer su voluntad mediante la violencia, el Estado tiene la obligación de responder. Las Fuerzas Militares deben actuar y, cuando el combate lo exige y la ley lo permite, utilizar la fuerza legítima para neutralizar la amenaza. Un Estado que renuncia a defender a sus ciudadanos termina dejando el territorio y la vida de la población en manos de quienes sí están dispuestos a utilizar la violencia.

Por eso, la discusión sobre la operación militar en Guaviare no debería confundirse con la discusión sobre la imagen que posteriormente difundió el Presidente. Una cosa es la acción militar y otra su representación política. Que el Estado haya utilizado legítimamente sus armas contra un grupo armado ilegal puede y debe ser reconocido. Que los soldados hayan cumplido su misión merece respaldo. Pero que el Presidente de la República aparezca caminando entre los cadáveres de los abatidos plantea otro problema: no militar, sino institucional.

El Presidente no es un combatiente más. Es la cabeza visible de la República y representa, incluso para quienes no lo respaldan, la autoridad política del Estado. El soldado está en el campo de combate; el Presidente representa el poder que gobierna la totalidad del país. Son funciones distintas y, precisamente por eso, no toda imagen propia de la guerra resulta apropiada para quien encarna la institución presidencial.

Aquí está la diferencia que no deberíamos perder de vista: vencer militarmente al enemigo no es lo mismo que representar políticamente la victoria. La operación demuestra que el Estado tiene capacidad para combatir. La exhibición de los cadáveres no aumenta esa capacidad ni fortalece la autoridad presidencial. La pregunta es sencilla: ¿qué gana la República con esa imagen que no hubiera ganado mostrando la operación, las armas incautadas, el territorio recuperado y, sobre todo, a los soldados que hicieron posible el resultado?

Nada esencial.

Por el contrario, cuando los cuerpos muertos se convierten en parte del escenario político, la victoria militar corre el riesgo de transformarse en espectáculo. Y ahí aparece una frontera que un Estado fuerte debería conocer perfectamente: la fuerza puede ser necesaria; su exhibición no siempre lo es.

Esto no significa convertir a los guerrilleros abatidos en víctimas políticas, ni desconocer sus responsabilidades, ni pedirle al Estado que se disculpe por haberlos enfrentado. Quien empuña un arma contra la República acepta que puede recibir la respuesta legítima de las armas de la República. Tampoco significa negar que existan enemigos que deben ser combatidos. Significa algo mucho más sencillo: que la República debe conservar una diferencia frente a quienes combate.

Humanizar al enemigo no significa justificarlo. Significa preservar la humanidad de la República.

Esa diferencia importa. Una democracia fuerte no necesita negar al enemigo, esconder sus operaciones ni renunciar a la contundencia militar. Pero tampoco necesita convertir al enemigo muerto en trofeo. Puede capturarlo, judicializarlo o neutralizarlo en combate sin transformar sus restos en una escenografía de poder.

Además, las imágenes no son neutrales. También gobiernan. También comunican. También construyen una idea de país. Y cuando quien aparece en ellas es el Presidente, la imagen deja de ser simplemente personal. La sociedad no ve solamente a un hombre caminando entre cadáveres: ve al representante de la institución presidencial decidiendo cómo mostrar el poder del Estado.

Por eso la sobriedad no debe confundirse con debilidad. El Estado puede ser contundente sin ser estridente. Puede demostrar que tiene fuerza sin convertir la muerte en espectáculo. Puede respaldar a sus soldados, reivindicar su victoria y advertir a los grupos armados que la República no retrocederá, sin necesidad de que su máxima autoridad se incorpore visualmente a la escena de los muertos.

Colombia ha vivido demasiado tiempo rodeada de fusiles, cadáveres y fotografías de guerra. Precisamente por eso necesitamos algo más que un Estado capaz de vencer: necesitamos un Estado capaz de contenerse cuando ya ha vencido. Esa capacidad no reduce su fuerza; demuestra que la fuerza está sometida a una autoridad superior.

El Presidente tiene el deber de dejar claro que el Estado no está arrodillado frente al terrorismo. Puede hacerlo con toda la firmeza que exige el momento. Pero también tiene el deber de recordar que la República es más grande que una operación militar, más grande que una victoria táctica y, sobre todo, más grande que sus enemigos.

El Estado debe ser fuerte. El Presidente debe ser firme. Pero la República debe estar por encima de la batalla.

Puede derrotar a quienes pretenden imponer su voluntad mediante las armas. Puede utilizar legítimamente la fuerza cuando sea necesario para proteger a los ciudadanos. Puede celebrar que sus soldados regresen victoriosos. Pero precisamente porque la República es superior a quienes la atacan, no necesita caminar entre los muertos para demostrar que ha vencido.

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