Sus hojas circulares se extienden como inmensas bandejas verdes en medio de la selva.
Por allí pasan pájaros, insectos, roedores y otras criaturas selváticas para beber agua, hacer una pausa o vigilar los alrededores en busca de una presa o para evitar un predador.
En medio de esa ley que rige en su entorno, sus nervaduras dibujan una arquitectura vegetal y bordes gruesos que pueden contener y al mismo tiempo compartir la vida. Son fractales que Mandelbrot, Bernsley, Falconer y otros matemáticos han considerado “las huellas de Dios en la Tierra”.
Bajo ellas, entre raíces sumergidas y aguas oscuras, se esconde una planta que llevaba años creciendo lejos de la mirada de la ciencia. Ahora, los expedicionarios le han dado un nombre para que los humanos podamos referirnos a ella: la Victoria colombiana.
La historia de su reconocimiento científico comenzó con una fotografía publicada en Instagram en 2021. El español Carlos Magdalena, especialista en plantas acuáticas de los Jardines Botánicos Reales de Kew (Inglaterra), advirtió que aquella flor parecía estar en el lugar equivocado.
Carlos Magdalena, horticultor investigador de Kew, estudia cómo reproducir especies amenazadas. En la flor de Victoria amazonica, descubrió un mecanismo de polinización: cambia de sexo entre noches y calienta escarabajos para favorecer su reproducción.
Para averiguar qué era, buscó imágenes satelitales, contactó al colega colombiano Mauricio Bernal y organizó una aventura con conocedores indígenas de la región.
Así nació la expedición botánica del español y el colombiano. Después de casi dos años de preparativos y cinco días de búsqueda en la selva, el equipo encontró la flor que necesitaba para describir una nueva especie.
No fue una aventura protagonizada únicamente por dos científicos que se internaron en la selva. En la expedición participaron personas que conocían los ríos, los lagos y los caminos inundados desde mucho antes de que aparecieran en un mapa científico. Su conocimiento resultó decisivo cuando la investigación parecía a punto de terminar sin respuestas.
La Victoria amazonica es una planta acuática de la familia Nymphaeaceae. Sus hojas circulares flotan sobre el agua y pueden superar los dos metros de diámetro.
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Victoria, la reina verde que Guainía tenía escondida en su selva
Una hoja de la Victoria colombiana puede alcanzar hasta 2,5 metros de diámetro.
Es una superficie capaz de ocupar el espacio de una habitación pequeña, sostenida por una estructura de nervaduras que distribuye el peso y mantiene la hoja a flote. De hecho, parecen haber inspirado las hojas que sirven de cama a los encantadores seres azules de la película Avatar.
Su cara superior es verde y relativamente plana. Por debajo, el entramado de nervios y las pequeñas espinas le dan una apariencia mucho más áspera.
No es una flor delicada en el sentido convencional como nada en la selva lo es. Es una planta de proporciones monumentales, adaptada a vivir sobre el agua como el loto oriental.
El ejemplar, sin embargo, es más esquivo que sus enormes hojas. Como ocurre con otras especies del género Victoria, sus flores tienen un ciclo breve: se abren durante la noche y atraviesan dos noches de floración, con un intervalo en el que permanecen cerradas durante el día.
Victoria es, además, camaleónica: sus pétalos pueden pasar del blanco al rosado en apenas un instante.
Hasta hace poco, las victorias gigantes conocidas por la ciencia eran otras: la Victoria amazónica, la Victoria cruziana y la Victoria boliviana. La nueva especie colombiana se suma al excepcional podio.
La planta crece en el entorno del río Inírida, en el departamento del Guainía, dentro de la cuenca del Orinoco.
El hallazgo tiene una paradoja: es una gigante que se esconde. Se trata de una planta gigantesca, visible incluso en imágenes satelitales cuando las condiciones lo permiten, pero extraordinariamente difícil de encontrar y estudiar en su hábitat.
La investigación inicial documentó siete individuos en dos lagos. A partir de los datos disponibles, el equipo calcula que podrían quedar entre 30 y 50 plantas en estado silvestre. La especie aún requiere una evaluación formal de su estado de conservación, pero esas cifras encienden una alarma.
Colombia es la potencia mundial de las flores, reconocida por la diversidad de su flora y también por la dimensión de su industria floricultora. Sin embargo, una cosa es cultivar rosas, claveles y crisantemos para exportarlos en el Día de San Valentín y otra conocer la vida que prospera en los humedales más remotos del país.
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Una foto, un mapa satelital y una carrera en la selva antes del amanecer
En 2021, el estadounidense Jeremiah Harris, dedicado al cultivo de plantas carnívoras, publicó en Instagram unas fotografías tomadas en Colombia. No sabía que aquellas imágenes podían contener una pista científica.
Para Magdalena, en cambio, había algo que no encajaba: la planta se parecía a una Victoria amazónica, pero aparecía en una región donde no se esperaba encontrar esa especie.
El horticultor británico-español, que llevaba años estudiando los nenúfares gigantes, recurrió entonces a las imágenes satelitales. En ellas identificó hojas de victorias en lagos cercanos al río Inírida.
La tecnología le permitió delimitar posibles lugares de búsqueda en la selva, pero no podía resolver solo la pregunta principal: ¿qué especie era aquella y qué características la diferenciaban de las demás?
Para responderla, contactó a Mauricio Bernal, del Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, institución que lleva el nombre del naturalista que encabezó la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada entre 1783 y 1816.
La expedición duró cinco días. Al comienzo encontraron dos plantas, pero ninguna estaba florecida. Sin una flor que permitiera examinar y registrar sus características, el trabajo quedaba incompleto.
Mauricio Bernal, horticultor del Jardín Botánico de Bogotá, se unió a Carlos Magdalena para investigar la Victoria colombiana. Durante cinco días recorrieron los ríos Inírida y Guaviare.
Recorrieron los ríos Inírida y Guaviare. En sus aguas, buscaron en distintos puntos, mientras el tiempo se agotaba y fieras voraces e insectos insidiosos los asediaban.
Humedad, lluvia intempestiva, caminos inexplorados. Al quinto día, con el vuelo de regreso a Bogotá previsto a las 9:00 a.m., la posibilidad de regresar sin la evidencia necesaria parecía cada vez más cercana.
Entonces, bordeando la reverberante medianoche de la jungla, Magdalena le contó al navegante Gustavo Melo, integrante de la comunidad indígena tucano, la frustración que sentían.
Melo aseguró que conocía un lugar donde podían encontrar más plantas.
Una hora después, mientras la oscuridad cubría la selva inundada, partieron en dirección contraria al aeropuerto, confiando en la experiencia de quien conocía aquel laberinto de agua.
¡Victoria a la vista! Poco antes del amanecer, llegaron a un lago pequeño, escondido en medio de la vegetación. Allí encontraron cinco ejemplares adicionales y, entre ellos, una planta florecida.
Emprendieron el regreso y alcanzaron a tomar el vuelo.
Magdalena y Bernal, dos expedicionarios inspirados por José Celestino Mutis
Carlos Magdalena es horticultor e investigador botánico de los Jardines Botánicos Reales de Kew, en el Reino Unido.
Se ha especializado en plantas difíciles de cultivar y en especies acuáticas y su trabajo con las victorias gigantes lo había llevado antes a participar en la identificación de la Victoria boliviana, descrita científicamente en 2022.
Mauricio Bernal, por su parte, está vinculado al Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, donde las colecciones vivas y el estudio de la flora colombiana forman parte de una labor de investigación y conservación.
Su participación conectó la experiencia internacional de Magdalena con una institución colombiana capaz de contribuir a la documentación y el estudio de la planta. Los ejemplares recolectados fueron depositados en el herbario del Jardín Botánico de Bogotá y el trabajo taxonómico contó con la participación y supervisión del especialista Maarten Christenhusz.
No obstante, la historia no termina con los dos nombres que encabezaron la búsqueda. Nilo Rodríguez, Jaime Hernández y Gustavo Melo, vinculados a comunidades y resguardos indígenas de la región, también participaron en la organización y el desarrollo de la expedición.
Melo fue quien, en la hora más difícil, supo dónde buscar. Su conocimiento no era un complemento pintoresco de la investigación: era información concreta sobre el territorio, sus aguas y las plantas que allí crecen.
La investigación también se apoyó en el análisis de imágenes geográficas realizado por Carlos A. Pedraza-Peñalosa, de DreamGIS Colombia, que permitió identificar otro lago donde podría encontrarse la especie.
Más de dos siglos después de que José Celestino Mutis emprendiera su Expedición Botánica, Magdalena y Bernal volvieron a internarse en la selva colombiana para descifrar sus secretos.
Esta vez no llevaban pinceles, sino mapas satelitales; no alumbraban la noche con linternas, sino con lámparas de aceite y antorchas; no se abrían paso en la selva con botas pantaneras, sino con botas de cuero o alpargatas.
Lo único común entre Mutis y los expedicionarios modernos fue que alcanzaron la victoria.
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