Monte Manglar, se alió con maestros vicheros como para impulsar un destilado ancestral y abrir nuevas oportunidades para las comunidades productoras
Durante décadas, el recorrido de una botella de viche por Colombia parecía el de un viajero clandestino. En las lanchas que cruzaban los esteros del Pacífico, entre manglares, ríos y caminos destapados, aquel destilado transparente pasaba de mano en mano como un secreto familiar.
Era medicina para aliviar dolencias, acompañaba nacimientos, funerales y celebraciones, pero también era un producto que muchas veces terminaba decomisado en retenes porque la legislación nunca supo cómo entender una bebida que llevaba siglos existiendo mucho antes de que el Estado intentara regularla.
Mientras esa historia transcurría en silencio, lejos de Tumaco, Guapi o Timbiquí, el mundo de los destilados vivía una transformación. Consumidores y bartenders empezaban a buscar bebidas con origen, territorio e identidad. Lo artesanal dejaba de verse como una curiosidad para convertirse en una categoría capaz de competir con los grandes licores internacionales.
Proceso de creación del viche.
El maestro vichero que conservó una tradición durante cinco generaciones
Sin saberlo, el Pacífico colombiano ya tenía todo lo necesario para participar en esa conversación.
En Soledad Curay, un corregimiento de Tumaco rodeado por ríos y manglares, Ruperto González aprendió desde niño que el viche era mucho más que un licor. Mientras otros heredaban tierras o ganado, él recibió el conocimiento de sus mayores: escoger la mejor caña, controlar la fermentación, entender el fuego del alambique y esperar con paciencia el momento exacto en que el destilado alcanzaba su mejor expresión.
Maestro vichero colombia, Foto: Monte Manglar
Cinco generaciones de la familia González Biojó habían protegido ese saber mucho antes de que existieran leyes para reconocerlo. Durante años, continuaron produciendo viche como lo hicieron sus antepasados, incluso cuando venderlo significaba enfrentarse al riesgo de decomisos o a una legislación que nunca contempló las prácticas ancestrales de las comunidades afrodescendientes del Pacífico.
Cuando entendieron que el verdadero protagonista no era la botella
La tradición sobrevivió gracias a familias como la suya. Y allí, precisamente, comenzó una historia diferente. Los fundadores de Monte Manglar no llegaron al Pacífico buscando crear un nuevo licor. Venían del mundo de la coctelería, la gastronomía y los destilados, convencidos de que Colombia tenía productos capaces de competir con cualquier bebida del mundo, aunque permanecieran invisibles para la mayoría de consumidores.
Antes de diseñar una botella, recorrieron el litoral probando decenas de viches elaborados por distintas familias. Cada productor tenía una forma particular de interpretar la caña, la fermentación y la destilación. Muy pronto comprendieron que el verdadero valor no estaba únicamente en la bebida, sino en las personas que habían conservado ese conocimiento durante siglos.
Foto: Monte Manglar.
Ese recorrido los llevó a Ruperto González y su familia. Junto a ellos, entendieron que Monte Manglar solo tendría sentido si crecía de la mano de quienes habían protegido esa tradición durante generaciones. En lugar de limitarse a comprar un producto terminado, decidieron construir un modelo de trabajo colaborativo con las comunidades productoras, buscando que el reconocimiento internacional también se tradujera en oportunidades para el territorio donde nace el viche.
Era una apuesta poco común dentro de una industria donde, con frecuencia, el valor agregado termina construyéndose lejos del lugar donde realmente nace el producto.
El destilado que sobrevivió a la prohibición
La historia de Monte Manglar también coincide con uno de los cambios más importantes para el viche.
Durante décadas, este destilado permaneció atrapado en un limbo jurídico. Aunque hacía parte de la medicina tradicional, de las prácticas espirituales y de la vida cotidiana de las comunidades afro del Pacífico, las normas sobre monopolios de licores provocaban que buena parte de su producción fuera considerada ilegal.
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Paradójicamente, mientras algunos restaurantes comenzaban a descubrir su potencial gastronómico, muchos de los productores que habían preservado la tradición seguían enfrentándose a decomisos y restricciones para comercializarlo.
El panorama empezó a cambiar en 2021 con la aprobación de la Ley 2158, conocida como la Ley del Viche, que reconoció esta bebida como patrimonio cultural de las comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano. Posteriormente llegó su reglamentación, abriendo el camino para una producción y comercialización bajo reglas más claras.
Aunque todavía existen debates sobre la protección del conocimiento ancestral y el papel de las empresas privadas en este nuevo mercado, el reconocimiento legal marcó un punto de inflexión para una tradición que durante décadas permaneció prácticamente invisible.
Del manglar a las barras del mundo
Mientras Colombia apenas comenzaba a redescubrir el viche, Monte Manglar ya buscaba demostrar que este destilado podía competir con los mejores del planeta.
El proyecto fortaleció sus procesos de producción y presentó el producto en algunos de los concursos más importantes de la industria internacional de bebidas espirituosas, escenarios donde normalmente compiten whiskies escoceses, rones caribeños, tequilas mexicanos o ginebras europeas.
El reconocimiento llegó cuando obtuvo una medalla en el San Francisco World Spirits Competition, uno de los certámenes más prestigiosos del mundo para los destilados.
Más que un premio para una marca, el galardón envió un mensaje distinto: un licor que durante décadas fue perseguido y permaneció oculto en los manglares del Pacífico colombiano podía compartir escenario con algunas de las bebidas más reconocidas del planeta.
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Actualmente, el viche no solo se sirve en las cocinas de Tumaco o Guapi, sino que también aparece en cartas de restaurantes, barras de coctelería y competencias internacionales donde el origen y la identidad pesan tanto como la técnica.
Sin embargo, el mayor desafío apenas comienza. El crecimiento del mercado no puede significar el olvido de quienes hicieron posible esta historia. Detrás de cada botella, siguen estando las manos de familias que durante generaciones protegieron un conocimiento ancestral cuando nadie hablaba de patrimonio, de denominaciones o de reconocimientos internacionales.
Quizás ese sea el verdadero mérito de Monte Manglar: haber entendido que el protagonista nunca fue la botella, sino el territorio. Mientras el viche siga naciendo entre la caña, el manglar y las manos de maestros como Ruperto González, Colombia tendrá, más allá de un nuevo destilado de prestigio, una historia que merece seguir contándose.
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