Crónica íntima de un encuentro con Antonio Navarro Wolff en los ochenta: el tránsito de la guerrilla a la construcción de acuerdos en la historia nacional
Texto escrito por: Leandro Felipe Solarte Nates
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Aquella mañana del 24 de agosto de 1984, en una tienda de Corinto sentados sobre sillas y bultos con los periodistas Germán Mendoza Diago, q. e. p. d., María Alejandra González y un grupo de jóvenes universitarios de Popayán, entre ellos Ricardo Paz, Tololón, Bernardo Molina y Esmeralda Quintero, compartimos una cerveza mientras el comandante Antonio Navarro Wolff, uniformado con su fusil en la mano y acompañado de sus escoltas del M-19, se aprestaba a participar en la ceremonia de la tarde que formalizaba el proceso de diálogos de paz propuestos por el presidente Belisario Betancur a los dirigentes de todos los grupos guerrilleros de Colombia.
Mientras conversaba con la naturalidad y simpatía que siempre presentó ante sus interlocutores, recordaba cuando lo conocí años atrás en una reunión programada en el club Los Samanes de Santander de Quilichao, y en su calidad de decano y docente de la Facultad de Ingeniería Sanitaria de la Universidad del Valle se reunía con autoridades del municipio y de comunidades del entonces corregimiento de Villa Rica, para tratar de solucionar la carencia de agua potable y del servicio de alcantarillado, contribuyendo a la organización de las juntas de vecinos y como trabajo conjunto de profesores y estudiantes de la facultad adelantando estudios y planos del proyecto.
Admiraba el vuelco altruista que había dado a su vida, abandonando la cómoda y bien remunerada vida universitaria, como también lo habían hecho muchos estudiantes y profesionales de su generación, para lanzarse al monte a luchar por sus ideas y proyecto de construir una sociedad más justa y equitativa torpedeada por gobiernos oligárquicos y represivos gobernando para enriquecerse, a punta de estado de sitio permanente reforzado por “Estatutos de Seguridad”, como el propio de dictadura militar, que para acabar con la oposición, en el gobierno anterior estableció Turbay Ayala.
Horas más tarde, mientras la multitud aglomerada en el parque de Corinto esperaba el inicio de la ceremonia oficial con la presencia de comisionados del gobierno nacional y dirigentes de la guerrilla, encabezados por Carlos Pizarro León Gómez, cundió el pánico y la incertidumbre de que se fueran a desatar combates con la multitud en medio, cuando se conoció, que mientras venía de Cali, un grupo de miembros de las Fuerzas Armadas dispararon a la delegación que lo acompañaba hiriendo en un brazo al entonces también conocido, sobre todo por las mujeres, como “el comandante papito”.
Conociendo las futuras posiciones de Navarro, su tranquilidad y prudencia contribuyeron a que los ánimos entre los guerrilleros se calmaran y la situación no se desbordara permitiendo que más tarde apareciera Carlos Pizarro, con un brazo vendado y en cabestrillo para reafirmar el compromiso de “Dejar que los fusiles callen y hable el pueblo”, presentada por Antonio Navarro, como frase para reafirmar el compromiso por la paz del M-19 y la cual también fue invocada por él, el 26 de abril de 1990, cuando escoltas del DAS confabulados con sectores de ultraderecha permitieron que Carlos Pizarro muriera abaleado por un joven sicario, que también fue “dado de baja” durante un vuelo en un avión de Avianca.
Años después de entregar las armas en el gobierno de Gaviria y salvarse en Cali del atentado que le dejó sin un pie y dificultades en el habla, —dirigido por enemigos de la paz enquistados en las fuerzas armadas—, Navarro fue gestor e impulsor de la Nueva Constitución junto al conservador Álvaro Gómez Hurtado y el liberal Horacio Serpa, quienes coordinaron a los demás constituyentes en prolongadas y discutidas sesiones y demostró su conocimiento del país y habilidad política para llegar a consensos con interlocutores de ideas opuestas.
La significativa votación lograda cuando fue candidato presidencial por la AD M-19 y el título de ser considerado como el mejor alcalde del país, cuando ganó la elección popular en su natal Pasto y años después ratificándose como el mejor gobernador de Nariño, demostró sus dotes de administrador público e impulsor y ejecutor de importantes proyectos y obras.
Cuando Petro fue alcalde de Bogotá, lo llamó para que fuera su secretario de Gobierno, pero al poco tiempo renunció reservándose sus motivos.
El suicidio de su hijo lo afectó anímicamente para continuar activo en la política y por su trayectoria haber sido el primer presidente de la izquierda, en una gestión, que sin duda habría sido brillante y ejemplar en lo político y administrativo, considerando sus antecedentes exitosos cuando fue elegido alcalde, gobernador y después designado ministro de Salud en el gobierno de Gaviria. Paz en su tumba y condolencias a su familia.
PD. Después del triunfo de Lula en Brasil, qué gran alivio para las democracias y paz del mundo significa la abrumadora derrota que recibió el partido republicano de Donald Trump al perder mayorías en Cámara, Senado y varias gobernaciones.
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