La Constitución no es plastilina presidencial. No se moldea según el humor del gobernante ni según la dificultad de pasar reformas en el Congreso
Gustavo Petro tiene una relación peculiar con la Constitución de 1991: la respeta profundamente, la defiende con solemnidad, la cita con entusiasmo… hasta que le estorba. Entonces deja de ser la carta de navegación de la República y pasa a convertirse en una sugerencia incómoda, una pared mal puesta o, peor aún, un obstáculo para su proyecto histórico. Ahí aparece la palabra mágica: Constituyente.
No fue de un día para otro. Como casi todo en Petro, el asunto llegó por fases, con niebla semántica, correcciones creativas y esa admirable capacidad de negar hoy lo que mañana defenderá con convicción pedagógica.
El Petro supuestamente tranquilizador
En campaña, cuando medio país temía que repitiera el manual latinoamericano del caudillo que jura respetar las reglas antes de cambiarlas, Petro se convirtió en un hombre sereno, institucional y casi suizo. “No iré más allá del 2026”, decía. “No voy a cambiar la Constitución, eso no va a pasar”, repetía. Incluso firmó compromisos políticos asegurando que no convocaría una Asamblea Constituyente.
Era el Petro apto para indecisos, el Petro sin sobresaltos, el Petro que prometía no parecerse a Chávez mientras la oposición insistía en verle el acento constitucional. Había que tranquilizar a empresarios, magistrados, periodistas y a la tía del grupo familiar que ya sospechaba que el socialismo empezaba por quitarle el televisor.
Pero había un pequeño detalle: antes, en 2017, había dicho algo bastante menos zen. “Si soy presidente, el primer acto es convocar un referendo”. No era para rifar una licuadora. Era la idea de abrir la puerta a una transformación constitucional más profunda. Pero en campaña esa frase quedó archivada convenientemente en el museo nacional del “eso no fue exactamente así”.
La promesa presidencial que duró poco: el Petro presidencial
Ya en la Casa de Nariño, durante 2022 y 2023, mantuvo el libreto de la calma institucional. “No es ni para cambiar la Constitución del 91, ni para perpetuarme en el poder”, afirmó. Era una frase útil: bajaba la temperatura del debate y ayudaba a sostener la imagen de un presidente reformista, no refundador.
La idea era sencilla: gobernar sin que la palabra reelección se paseara por los pasillos como un fantasma con corbata. La Constitución seguía intacta, la democracia respiraba y los escépticos eran acusados de paranoia.
Todo parecía bajo control hasta que llegó marzo de 2024 y con él apareció otra versión del personaje.
El Petro constituyente
En Cali, sin anestesia y con la delicadeza de un piano cayendo desde un quinto piso, el presidente dijo: “Si esta posibilidad de un Gobierno electo popularmente no puede aplicar la Constitución porque lo rodean para no aplicarla y lo impiden, entonces Colombia tiene que ir a una Asamblea Nacional Constituyente”.
La frase fue importante porque no venía de un analista radical en Twitter sino del mismo hombre que había asegurado: “No voy a cambiar la Constitución”. Ahí el país tuvo un raro momento de memoria colectiva y recordó que sí, efectivamente, esas frases existían.
Y Petro hizo lo que mejor sabe hacer cuando una frase propia lo persigue: reinterpretarla.
El arte de decir y luego negar: El Petro semántico
“No he hablado aquí de una Asamblea Constituyente”, dijo después. La frase merece entrar a la literatura fantástica latinoamericana. Es como decir “yo no dije lluvia, dije humedad participativa”.
Según esta nueva versión, él no hablaba de Constituyente sino de “poder constituyente”. Había que entender mejor. El problema no era lo que dijo sino la insolencia de quienes lo escucharon de forma literal.
Aquí aparece una de las grandes artes del petrismo: no retractarse del todo, sino desplazar el significado. Ya no era Asamblea, ahora era “modo constituyente”. Después sería “poder constituyente”. Luego volvería a ser Asamblea, pero con otro empaque, como esos productos del supermercado que cambian de etiqueta y juran ser nuevos, aunque sepan exactamente igual.
La culpa, naturalmente, era de la prensa, que cometió el abuso de citarlo textualmente.
Cuando el petrismo muestra las cartas con las que juega
Mientras Petro negaba que todo esto tuviera relación con perpetuarse en el poder, la senadora Isabel Zuleta decidió hacer periodismo involuntario y declaró: “Sí queremos una reelección y la estamos promoviendo”.
La Constitución no se manosea: el Petro sin disimulo
En 2025 y 2026 la niebla desapareció. “Tenemos que ponernos en modo constituyente”, dijo. Y luego remató con una frase todavía más clara: “Sin Asamblea Constituyente no hay reformas sociales ni cero corrupciones”.
Listo. Fin del misterio.
Lo que primero negó, luego relativizó y después rebautizó, terminó convertido en bandera oficial. La Constituyente ya no era una mala interpretación periodística sino una necesidad histórica. El problema no era haber cambiado de opinión; el problema era fingir que nunca había existido la opinión anterior.
Y para rematar, con Cepeda ni a la esquina.
Del miso autor: Himno petrista: yo robo, tu robas y nosotros robamos
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