[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE AL ESTE DEL EDÉN]
Qué fácil resulta reducir a una mujer a una etiqueta. En el caso de Cathy Ames, la fascinante antagonista de Al este del Edén, la palabra utilizada por John Steinbeck fue ‘monstruo’. El autor estaba fascinado con su creación, el detonante de todas las desgracias de los hermanos Trask, pero, con ese apelativo, la limitó a pura encarnación del mal, un «alma deformada», como escribió él.
Muchos de los lectores más puristas que se acerquen a la nueva adaptación de la obra, firmada por Zoe Kazan (recordemos que su abuelo, Elia Kazan, ya trasladó la novela a la pantalla con James Dean), se llevarán las manos a la cabeza ante la versión más humana y con matices del personaje. Al fin y al cabo, Cathy (Florence Pugh), en el centro absoluto de la narrativa, es la razón de ser de la apuesta de Netflix.
En esta nueva aproximación al trabajo de Steinbeck, una modernización del relato bíblico de Caín y Abel, Kazan aborda la historia completa, un drama familiar con tintes históricos que sigue a los Trask y los Hamilton a lo largo de varias generaciones, desde Connecticut hasta California, desde la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial.
El entramado arranca con la turbulenta relación entre el patriarca Cyrus Trask (Tracy Letts) y sus hijos Adam (Christopher Abbott) y Charles (Mike Faist), para luego pasar a los vástagos de Adam, Cal (Joseph Zada sucediendo a Dean) y Aron (Joe Anders), asfixiados por los conflictos y secretos paternos. A través de ellos, la serie habla de envidia y odio, de amor y abandono, de libre albedrío (ese sonoro ‘timshel’) y herencia parental.
Sin embargo, esta es la historia de Cathy desde el primer minuto, cuando se arrastra por el suelo y termina llamando, malherida, a la puerta de los Trask. Pugh, absolutamente hipnótica, añade perspectiva y otorga humanidad y profundidad a un arquetipo oscuro y calculador, sin por ello blanquear su maldad intrínseca: sigue siendo el monstruo, la femme fatale irresistible y trastornadora, el caos imperturbable de apariencia angelical, la madre ausente y esposa infiel que elige repetidamente el mal; pero también es la mujer vejada y abusada, silenciada e ignorada en sus deseos, la rebelde que no se deja encerrar y llora por ciertas decisiones.
Esta no es la historia de redención de Cathy, pero sí resulta reivindicativa y empoderadora, incluso feminista, en su afán por romper con las etiquetas reduccionistas que a menudo pesan sobre las mujeres. Lo logra en gran parte gracias al talento de Pugh, también productora, capaz de mostrar todas las capas de un personaje, incluso las más complejas y ocultas, con una sola mirada.
El resto de protagonistas se reúnen en torno a ella en diferentes lugares, distintas épocas, diversas circunstancias, y destacan sobre todo las interpretaciones de Hoon Lee (Lee), Mike Faist y Joseph Zada. Ellos son el reflejo del mensaje final humanista de Steinbeck, esa defensa de la libre elección y la capacidad de decidir nuestro destino, potenciado con una fotografía austera, un paisaje con aires de abandono que habla a la vez de soledad y prosperidad.
Al este del Edén no es una adicción acelerada que te enganchará a base de cliffhangers y saltos facilones. Es una miniserie que exige compromiso y paciencia, que te tienta constantemente pero se toma su tiempo para seducirte, que se recrea en las panorámicas y los silencios. Y ahí radica su mayor atractivo, en capturar nuestra atención sin aspavientos ni fuegos artificiales, con una historia de personajes en la que la herida de abandono y el trauma familiar funcionan como motores narrativos. Es exquisita, pausada, contemplativa y digna de una de las grandes novelas del siglo XX.

