Japón es conocido por ser uno país hermértico y tradicional, por querer conservar su esencia y sus costumbres. Para ello, ha pagado un precio a lo largo de la historia. Sin embargo, el país se vio obligado a abrirse al mundo hace más de un siglo y medio para poder sobrevivir. Aunque eso no significó que el país cambiara sus costumbres ni modificara su forma de ser.
Ahora, y desde que el país se abriese de nuevo al turismo en 2022 tras el Covid-19, muchos de sus habitantes siguen sin convencerse del todo de que esto sea una buena idea. De hecho, icónicos barrios de Kioto como Gion, conocido por las geishas, ha aplicado restricciones de acceso en sus calles ante el sobreturismo.
En un momento en el que la gastronomía japonesa conquista el mundo, el país sigue prefiriendo pasar desapercibido. Tras las elecciones de la semana pasada, esa voluntad popular se ha reflejado en las urnas: el partido (liberal) que gobierna desde hace casi un siglo ha sufrido un batacazo y Sanseito, un partido populista de extrema derecha, ha pasado de un escaño a 15.
Este partido toma prestados todos los eslóganes del populismo internacional de Donald Trump en EEUU o de Viktor Orbán en Hungría: de los "japoneses primero” a denunciar una “invasión silenciosa” de extranjeros. Aunque las cifras no mienten y los japoneses puedan percibir que su país vive en una eterna jornada de puertas abiertas, lo cierto es que esto es una verdad a medias.
Récord de turistas y de extranjeros viviendo en Japón
El país nipón bate récords de turistas, es cierto, y en 2024 recibió a 37 millones; además, actualmente residen en Japón 3,8 millones de extranjeros, un 10% más respecto al año pasado. Sin embargo, estos solo suponen un 3% del total de la población del país. Cada año se rechaza el 90% de las solicitudes de residencia.
Sin embargo, el partido populista Sanseito ha sabido canalizar el descontento de los japoneses que sufren cada vez un mayor coste de la vida -el precio del arroz es el doble que hace un año- y una economía que lastra a los jóvenes en una sociedad envejecida y tradicional hacia los extranjeros, lo foráneo, es decir, el mayor miedo de los japoneses: perder su esencia, que sus costumbres se vean amenazadas y su identidad, diluida.
En este escenario fueron a votar los japoneses, con el miedo acuciante además de que EEUU pudiese imponer un 25% de aranceles a partir del 1 de agosto, la puntilla a la economía nacional. Finalmente, ambos países han pactado un 15% de aranceles, algo que la bolsa japonesa ha celebrado.
El presidente del país y actual líder del Partido Liberal Democrático (PLD), Shigeru Ishiba, vive bajo la eterna sombra de su predecesor, Shinzo Abe, asesinado en 2022, y que dejó el gobierno en 2020. Ahora, se le acusa de resistir en un gobierno sin mayorías; él, defiende que su ejecutivo es lo mejor para los japoneses.
"Los japoneses primero": las armas de Sohei Kamiya, el líder populista nipón
"Japón necesita un movimiento político como el ‘America First'", ha llegado a decir Kamiya, arremetiendo contra el "globalismo" y la “invasión silenciosa” de extranjeros.
"Bajo el globalismo, las empresas multinacionales han cambiado las políticas de Japón para sus propios fines. Si no resistimos esta presión extranjera, ¡Japón se convertirá en una colonia!", ha argumentado el líder de Sanseito, una postura que le ha llevado a dispararse hasta los 15 escaños en la cámara de representantes nacional.
Este repentino subidón sorprende en el panorama internacional especialmente en Japón, que parecía inmune a estos populismos y líderes exagerados, donde el PLD gobierna desde hace casi 100 años. El partido solo ha estado en la oposición en dos ocasiones: en 1993 y 2009.
Ahora, esta figura disruptiva en la política tradicional japonesa ha cambiado las reglas del juego y los ciudadanos se han prestado a jugar.

