
En un Madrid gastronómico donde cada semana nace un restaurante dispuesto a llamar la atención, Caja de Cerillas se ha convertido en uno de los nombres más repetidos de este 2025 sin haberlo buscado. No hay en él una voluntad de ruptura ni un relato grandilocuente; tampoco una cocina diseñada para impresionar a primera vista. Y, sin embargo, pocos restaurantes han generado un consenso tan rápido y tan sólido entre críticos y comensales habituales.
Parte de su fuerza reside precisamente en esa aparente contradicción. Caja de Cerillas es hoy uno de los imprescindibles del año desde una propuesta que rehúye el espectáculo y se apoya en algo mucho más complejo: la cocina cotidiana bien entendida. Un restaurante pequeño, de carta contenida, donde el plato no se esconde detrás de técnicas ni discursos, y donde el sabor queda expuesto.
Ese reconocimiento, además, no formaba parte del plan inicial. “Nunca jamás soñamos suscitar y generar tantísimo interés en tan poco tiempo”, admite Enrique Valentí, dueño y alma del proyecto. Una frase que resume bien la paradoja del restaurante: haber llegado a ser central en la conversación gastronómica de 2025 desde una idea que nunca aspiró a ese lugar.
Un proyecto personal
Caja de Cerillas surge desde una decisión vital antes que empresarial. “Nace como, casi te diría, como un proyecto personal mío de vida”, explica Valentí. Madrileño, tras muchos años viviendo en Barcelona, su regreso a Madrid marca también el origen del restaurante, que se instala en el barrio de Chamberí. La elección no es anecdótica. Chamberí es un barrio de ritmo entre semana, de clientela fiel, de restaurantes que se sostienen en la repetición y no en el impacto puntual. En ese contexto, Caja de Cerillas encaja de forma natural. “Vivo en el barrio en el que nací y he emprendido en el barrio en el que nací”, señala Valentí, subrayando esa conexión directa entre proyecto y entorno.
Desde el principio, la intención fue clara y deliberadamente contenida. “Yo lo único que pretendía es tener un espacio, un restaurante donde estar tranquilo. No una gran estructura ni una superproducción”, explica Valentí. Caja de Cerillas nace con vocación de manejabilidad, de control y de oficio.
¿Qué se come en Caja de Cerillas?
La propuesta gastronómica es, probablemente, la clave que explica por qué este restaurante se ha consolidado como uno de los más interesantes de 2025. Aquí no hay trampas ni reinterpretaciones forzadas. “Nosotros proponemos cocina cotidiana”, afirma Valentí. “Sencilla, que no simple”, matiza.
La carta se construye desde platos profundamente reconocibles, muchos de ellos prácticamente ausentes de las cartas madrileñas actuales. “Madrid está lleno de hamburgueserías, pero no de filetes rusos”. En Caja de Cerillas sí los hay. También macarrones con chorizo, judías verdes con patata y jamón, huevos con patatas. Platos que todo el mundo cree conocer y que, precisamente por eso, suponen un reto mayor. Aquí no hay espuma ni artificio que disimule errores. El plato se sostiene, o no, por sí mismo.
Cocinar el recuerdo sin nostalgia impostada
Valentí huye del concepto de experiencia gastronómica. “La palabra experiencia, la odio”, afirma sin rodeos. En su lugar, propone algo más sutil y duradero: la memoria. “Nuestra mayor validez es que a veces conseguimos hacer diana en la memoria gustativa”. Caja de Cerillas no mira al pasado con nostalgia, sino con respeto. “Buscamos viajar a esa cocina del pasado que se ha perdido”. Y cuando el comensal la reconoce, ocurre algo poco frecuente en la restauración contemporánea: emoción real.
Esa capacidad de activar recuerdos, de conectar el plato con la biografía del comensal, es uno de los rasgos más singulares del restaurante y una de las razones por las que tantos vuelven.
Un restaurante contra el ruido de la moda
El éxito de Caja de Cerillas en 2025 llega, además, en un contexto que el propio Valentí observa con distancia crítica. “La moda es terrible, la palabra moda”, afirma. Y señala un problema recurrente en el mundo de la restauración: “Hay mucha oferta, pero hay poca reflexión”.
En ese sentido, el restaurante funciona casi como una enmienda silenciosa a la inmediatez y la copia. Aquí no hay prisa por crecer ni por ampliar. “Una de las grandes magias de este espacio es lo pequeño que es”, dice Valentí, consciente de que el tamaño del local es también una declaración de intenciones.
El imprescindible que no quería serlo
Caja de Cerillas se ha convertido en uno de los restaurantes imprescindibles de 2025 no por sorpresa, sino por coherencia. Por una cocina que no necesita explicarse demasiado, por un barrio que acompaña la idea y por una forma de entender el oficio que prioriza la regularidad frente al impacto.
No es un restaurante de ocasión, sino de repetición. Un lugar al que se vuelve porque el plato es reconocible, el gesto es honesto y el tiempo parece discurrir de otra manera. En una ciudad obsesionada con lo nuevo, este pequeño restaurante de Chamberí cocina despacio y recuerda que, a veces, lo verdaderamente contemporáneo consiste en volver a lo esencial.

