Se llama Héctor Méndez. Aunque en los lugares donde la tierra ha destruido ciudades enteras casi nadie necesita preguntar quién es.
Le dicen el Topo Mayor.
Hay quienes, al verlo caminar entre escombros después de tantos años y tantas tragedias, prefieren definirlo de otra manera: como uno de esos hombres que parecen haber recibido la tarea de llegar justamente donde otros han perdido la esperanza.
Esta semana llegó a Cali.
No venía de vacaciones. Tampoco regresaba de descansar.
Venía directamente de La Guaira, Venezuela, donde la Brigada Internacional de Rescate Topos Azteca permaneció durante 41 días trabajando entre las consecuencias de los terremotos ocurridos en junio. Desde allí emprendieron otro viaje, esta vez hacia Colombia, después del terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto.
A sus 80 años, Méndez volvió a ponerse frente a una montaña de concreto.
Volvió a mirar los edificios destruidos.
Volvió a hacer aquello que lleva haciendo desde 1985: buscar vida donde aparentemente solamente quedan ruinas.
Todo comenzó buscando a su hermano
El origen del Topo Mayor no está en una academia ni en un manual de rescate.
Está bajo los escombros de Ciudad de México.
El 19 de septiembre de 1985, un terremoto devastó buena parte de la capital mexicana. Héctor Méndez era entonces profesor de inglés. Cuando supo de la magnitud de la tragedia fue hasta la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco buscando a su hermano.
Lo encontró con vida.
Podría haber regresado a casa.
Pero alrededor había personas atrapadas, familias desesperadas y voces que seguían saliendo de lugares donde los edificios habían desaparecido.
Méndez decidió quedarse.
En esa decisión aparentemente sencilla comenzó a cambiar su vida.
Sin los equipos tecnológicos que existen hoy, ciudadanos comunes comenzaron a introducirse entre huecos, placas partidas y estructuras inestables. Se arrastraban por espacios imposibles, abrían pequeños túneles y avanzaban debajo del concreto.
Trabajaban como topos.
De allí nació un nombre que décadas después sería reconocido en zonas de desastre alrededor del mundo: Los Topos.
Héctor Méndez había ido a buscar a su hermano.
Terminó encontrando su vocación.
Aprender a escuchar el silencio
Un rescatista que trabaja bajo toneladas de concreto necesita fuerza.
Pero también necesita saber guardar silencio.
Existe un momento especialmente estremecedor en las operaciones de búsqueda. Alguien levanta el puño y todo se detiene.
Nadie habla.
Las herramientas dejan de golpear.
Los motores se apagan.
Los rescatistas contienen incluso sus propios movimientos.
Entonces escuchan.
Quizá desde algún punto debajo de una placa aparezca un golpe.
Una voz.
Un rasguño.
Cualquier sonido puede significar que alguien sigue vivo.
Ese gesto del puño levantado, utilizado hoy por equipos de rescate en distintos lugares del mundo, surgió precisamente entre los rescatistas ciudadanos durante el terremoto mexicano de 1985 y terminó convirtiéndose en parte de los protocolos de búsqueda.
Ahora los Topos tienen cámaras térmicas, sensores, radares y equipos capaces de explorar espacios a los que ningún ser humano puede entrar inmediatamente. En Cali han utilizado tecnología sonora e infrarroja para triangular posibles señales de vida entre las estructuras colapsadas.
Pero detrás de toda esa tecnología permanece el mismo principio de hace cuatro décadas:
escuchar antes de abandonar.
Ochenta años no fueron suficientes para detenerlo
Héctor Méndez tiene una edad en la que muchas personas han dejado atrás cualquier obligación laboral.
Él sigue viajando hacia terremotos.
Sus manos ya no son las mismas de aquel hombre que llegó a Tlatelolco en 1985. El cuerpo tampoco.
Pero la experiencia acumulada durante cuatro décadas puede ser tan importante en una operación de rescate como la fuerza física.
Méndez lo resume de una manera que pareciera explicar también sus canas: para él representan experiencia.
Y esa experiencia ha recorrido numerosos países donde la naturaleza o el colapso de estructuras han dejado personas atrapadas.
Los Topos han estado en terremotos, inundaciones, derrumbes y otras grandes emergencias internacionales. Son voluntarios. Avanzan lentamente entre ruinas porque saben que mover una pieza equivocada puede cerrar para siempre el espacio donde alguien todavía respira.
En Cali volvieron a hacerlo.
La brigada llegó durante la madrugada del 12 de agosto y se dirigió a zonas severamente afectadas. En el edificio Ana Pilar, en Cuarto de Legua, los equipos utilizaron drones, sensores infrarrojos y radar mientras evaluaban cada movimiento antes de ingresar.
Su primer rescate divulgado en la ciudad tuvo cuatro patas.
Era un perro atrapado entre las ruinas.
Lo sacaron vivo.
Y los Topos resumieron lo ocurrido en una frase sencilla: todas las vidas cuentan.
La esperanza también es una herramienta
Después de cuatro días de un terremoto comienza una lucha adicional.
La lucha contra el tiempo.
Las probabilidades disminuyen. Las familias comienzan a escuchar explicaciones técnicas. Los rescatistas trabajan rodeados de personas que esperan una noticia sobre alguien que aman.
Héctor Méndez se niega, sin embargo, a convertir las estadísticas en sentencias.
En Cali dijo que todavía existen posibilidades de encontrar sobrevivientes.
Y para explicarlo recordó lo ocurrido recientemente en Venezuela, donde, según su propio testimonio, hubo un rescate con vida después de 29 días en La Guaira.
“Estamos en un periodo muy razonable”, sostuvo.
También dejó una frase que puede explicar por qué un hombre de 80 años continúa entrando voluntariamente en ciudades destruidas:
“Nuestra misión en la vida es encontrar y salvaguardar la vida”.
Quizás esa sea la verdadera herramienta del Topo Mayor.
No las cámaras.
No los sensores.
No los radares.
La esperanza.
Pero no una esperanza ingenua.
Es una esperanza que usa casco, guantes y botas; que sabe calcular estructuras, escuchar sonidos, esperar durante minutos frente a un montón de concreto y volver a intentarlo.
El hombre que sigue buscando
En 1985 Héctor Méndez salió de su casa preocupado por una sola persona.
Su hermano.
Más de cuarenta años después sigue buscando hermanos.
Hermanos de otras familias.
Hijos de alguien.
Madres.
Padres.
Personas cuyos nombres probablemente nunca había escuchado antes de llegar a una ciudad destruida.
Ahora esas personas están en Cali.
Y allí está también el Topo Mayor.
Con 80 años.
Con el cabello blanco.
Con un cuerpo que inevitablemente carga el paso del tiempo y una vocación que aparentemente se niega a envejecer.
No sabemos cuántas personas podrá encontrar esta vez.
Nadie puede prometer que debajo de cada edificio todavía exista vida.
Pero mientras haya una posibilidad razonable, Héctor Méndez y sus compañeros seguirán escuchando.
Tal vez por eso algunas personas dicen que parece un ángel enviado a la tierra sin alas para que nadie pudiera reconocerlo.
El periodismo no puede comprobar semejante cosa.
Lo que sí puede comprobar es algo quizá igual de extraordinario:
hace más de cuarenta años un profesor salió a buscar a su hermano después de un terremoto y todavía no ha terminado de buscar.
Vea Támbien: Tres hermanas, una familia y el dolor que dejó el terremoto
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