El nuevo papa enseña sus cartas

El nuevo papa enseña sus cartas

Con notable eficacia y rapidez León XIV ha mostrado públicamente que clase de papa va a ser

El nuevo Papa ha estrenado su magisterio sorprendiendo a tirios y a troyanos, con decisiones contundentes que han dejado muy claro que no va a ser ni una copia y ni un fiel continuador del papa Francisco. Como tampoco de Karol Wojtila, igual de carismático y controvertido. Él va a ser un papa con estilo e ideas propias y nos lo ha hecho saber. Si su antecesor eligió el nombre de Francisco en honor a Francisco de Asís, para reivindicar la pobreza, el desprendimiento de los bienes materiales y el amor por la naturaleza.  Él ha elegido el nombre de León XIV para reivindicar el legado de León XIII, cuya encíclica Rerum Novarum, partió del reconocimiento de que la situación de la clase obrera en los países industrializados de la época se había convertido en una cuestión de solución tan urgente como ineludible. La cuestión que decidiría el curso de la vida política europea y estadounidense durante el siglo XX.

León XIV reivindica ese legado y al mismo tiempo lo actualiza. La clase obrera contemporánea no padece las jornadas inhumanas de trabajo, los salarios de hambre y las gravísimas carencias en materia de vivienda, salud y educación, que padecieron sus antepasados. Los obreros de hoy, aunque no solo ellos, se enfrentan a una amenaza inédita, la Inteligencia Artificial, cuya incorporación sistemática a los procesos productivos de toda índole promete reducir a mínimos históricos nunca antes vistos ni padecidos el tamaño y la importancia de la clase obrera. La clase obrera que copó la escena política y cultural del siglo XX hoy parece condenada a la desaparición y la irrelevancia.

Un marxista tiene buenas razones para pensar que el futuro sin obreros que promete la IA nos acerca al cumplimiento de la profecía de Karl Marx: el desarrollo de las fuerzas productivas por el capitalismo genera inevitablemente las condiciones de su abolición. 

Un mundo de Inteligencia Artificial, Internet y robótica, podría ser un mundo sin obreros, pero también tendría que serlo sin capitalistas

Sería el fin del reino de la necesidad y el imperio del reino de la libertad.

El papa no puede ser marxista, por mucho que en el entorno delirante de la ultraderecha haya quienes hayan acusado al Papa Francisco de serlo. Su escatología no es la marxista, es la escatología que promete la redención definitiva de la humanidad después del Juicio final, que premiará para siempre a los fieles y a los justos y castigará sin remedio a los pecadores. De allí que la respuesta que ofrece al problema de la IA en su encíclica Magnifica Humanitas, sea coherente con la que León XIII ofreció a las víctimas de la primera revolución industrial: la defensa de la dignidad humana. León XIV convoca a la Iglesia, a creyentes e incluso a los no creyentes, a oponerse a aquellos usos de la IA que agravien o violen la dignidad humana. Ha trazado así el escenario de una confrontación que involucra no solo a los trabajadores en sentido estricto sino a toda la humanidad.

Con la publicación de esta encíclica el nuevo pontífice de Roma ha definido su programa. Con su viaje a España ha mostrado cuales son los medios y el estilo de su política. En primer lugar, ha equilibrado su temprana invitación a una dirección colegiada de los asuntos de la Iglesia a todos los niveles, desde el colegio cardenalicio hasta la feligresía, con una afirmación contundente que la Iglesia es una monarquía, una institución con poder terrenal jerárquicamente organizada. Los cinco días de duración de su visita a España incluyeron tres momentos culminantes. Los dos primeros: la multitudinaria misa campal en la glorieta de Cibeles, corazón simbólico de la capital española y el discurso que dirigió a la sesión plenaria del Congreso, reunido exprofeso para escucharle y cuyos miembros entusiasmados aplaudieron sus palabras durante siete minutos, contados con reloj. Unanimidad absolutamente inesperada en un congreso sacudido desde hace meses por feroces batallas dialécticas entre el gobierno y la oposición. La asociación Europa Laica protestó públicamente porque se haya convocado al conjunto de los representantes de la soberanía popular de un “Estado a confesional” a escuchar respetuosamente a la máxima cabeza de la Iglesia católica. La protesta cayó sin embargo en oídos sordos, corroborando lo que el discurso de León XIV en el Congreso demostró palmariamente. La Iglesia católica es en España un poder al que rinden pleitesía, todos los poderes del Estado, con una capacidad de movilización de masas que ya quisieran para sí, la mayoría de los partidos y movimientos políticos españoles.

El tercer acto, la bendición de la torre de Jesucristo de la basílica La Sagrada Familia, la obra maestra Gaudí. Si en Madrid, el Papa exhibió el poder terrenal de la iglesia, en la magnífica ceremonia de Barcelona demostró que el núcleo, el disco duro si se quiere, de dicho poder es la fe. No la fe solipsista del ermitaño o del místico radicalmente egocéntrico, sino la fe de la multitud que mueve montañas. La fe que es capaz de emprender la construcción de un templo tan descomunal como este, en pleno siglo XX, siglo del positivismo, el materialismo y el ateísmo. La fe de Antonio Gaudi. La fe de quienes han persistido en el empeño de culminar su obra.

Igor Cortadellas y su equipo concibieron y realizaron el programa de luz, sonido y drones que convirtió la profesión de fe hecha carne en La Sagrada Familia en un acontecimiento absolutamente fascinante. El templo, hecho para iluminarse y enriquecerse con la luz solar, se transformó en una enorme, polifacética y colorida linterna mágica. Y el espectáculo de fuegos artificiales que culminó el espectáculo disolvió en humo y luces la pétrea de su fábrica. Difícil imaginar una imagen más potente del Espíritu Santo. La realizadora de televisión catalana Pauli Subirá, dio otra dimensión del evento, tanto o incluso más importante: su trasmisión en vivo y en directo. Utilizando sabiamente decenas de cámaras y de drones ofreció una imagen poliédrica del mismo que retransmitió en tiempo real a una audiencia planetaria. Ha quedado claro una vez más: en la sociedad del espectáculo, de la escopofilia y la ubicuidad de los teléfonos móviles, la Iglesia todavía tiene cartas que jugar. 

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