El ‘nesting’, la clasificación que explica por qué perros y gatos no entienden igual el hogar

El ‘nesting’, la clasificación que explica por qué perros y gatos no entienden igual el hogar

Cajas de cartón, trapos doblados, armarios, cestas de la ropa o el rincón más escondido de la casa, cualquier espacio protegido y resguardado puede convertirse en una obsesión para un gato casero. Muchos perros, especialmente cuando esperan una camada o sufren una pseudogestación o embarazo psicológico, también pueden dedicar horas a reorganizar su cesta, rascar superficies y preparar un lugar concreto para descansar.

Estas conductas suelen relacionarse con el llamado nesting o instinto de anidación, presente en numerosas especies animales y vinculado principalmente a la reproducción y al cuidado de las crías. Aunque la palabra se ha popularizado en los últimos años para describir ciertas conductas humanas asociadas a ocio hogareño y la búsqueda de comodidad, en etología tiene un significado mucho más específico.

Comprender qué es exactamente una especie con instinto de anidación, por qué algunos animales construyen refugios elaborados y cómo se manifiesta este comportamiento en perros y gatos ayuda a entender mejor algunas conductas cotidianas que, a primera vista, pueden parecer simples manías domésticas.

Qué es exactamente el ‘nesting’

El instinto de anidación o nesting es el conjunto de comportamientos mediante los cuales un animal prepara un lugar destinado a protegerse a sí mismo, a sus huevos o a sus crías. Se trata de una estrategia evolutiva muy extendida que persigue tener un refugio frente a depredadores, proporcionar protección frente a las condiciones ambientales y aumentar las probabilidades de supervivencia de los recién nacidos.

Por eso los nidos no son exclusivos de las aves. También aparecen en mamíferos, reptiles, anfibios, peces e incluso entre insectos sociales. Lo que cambia enormemente es la forma que adopta ese refugio. Mientras algunas aves construyen estructuras complejas con ramas, barro o fibras vegetales, ciertos roedores excavan galerías subterráneas con cámaras diferenciadas para dormir, almacenar el alimento o criar a su prole. Algunas especies utilizan refugios temporales y otras crean estructuras que pueden mantenerse activas durante años.

¿Todos los animales tienen instinto de anidación?

Lo cierto es que no. Aunque la necesidad de proteger a las crías es prácticamente universal, no todas las especies recurren a la construcción de nidos para lograrlo.

Los marsupiales constituyen un ejemplo clásico. En animales como los canguros, gran parte de la protección de las crías se produce dentro del marsupio materno, por lo que la construcción de refugios exteriores tiene un papel mucho menos relevante. Incluso entre especies que sí presentan comportamientos de anidación existen enormes diferencias. Algunas elaboran auténticas obras de ingeniería, mientras que otras simplemente seleccionan un lugar adecuado y lo acondicionan mínimamente antes del parto o la puesta.

Incluso nuestra propia especie forma parte de este club. En los seres humanos, el instinto de anidación es un fenómeno biológico bien documentado por la ciencia. Estudios de psicología (Marla V. Anderson y M. D. Rutherford, 2013) evolutiva han demostrado que, durante el último trimestre del embarazo, las hormonas activan un impulso irrefrenable por organizar, limpiar y preparar el entorno que recibirá al recién nacido.

Lejos de ser una simple costumbre cultural, este ‘nido’ humano cumple una doble función evolutiva que compartimos con otros animales para asegurar un espacio higiénico y controlado, y activar una sutil prudencia social que empuja a la madre a refugiarse únicamente con su entorno más cercano y seguro.

Por eso, cuando los biólogos hablan de especies con instinto de anidación, no se refieren necesariamente a animales que construyen estructuras complejas, sino a las especies que muestran la necesidad instintiva de preparar un espacio destinado a la protección y crianza de sus descendientes.

Los gatos, pequeños expertos en encontrar refugios

Los gatos domésticos están considerados una especie con un marcado comportamiento de anidación. Esta tendencia tiene raíces en la historia evolutiva de sus antepasados salvajes. Una gata que va a parir necesita encontrar un lugar protegido, tranquilo, cálido y alejado de posibles amenazas. Cuanto más seguro sea ese espacio, mayores serán las probabilidades de supervivencia de los gatitos.

Por eso las gatas gestantes suelen empezar a explorar rincones escondidos durante los días previos al parto. Armarios, cajones, debajo de las camas, cestas de ropa, cajas de cartón… Cualquier rincón puede convertirse en candidato para albergar el futuro nido. Muchas también transportan telas, trapos u otros materiales blandos hasta el lugar elegido y amasan repetidamente con sus patas superficies.

Lo interesante aquí es que parte de este comportamiento permanece incluso cuando no existe reproducción. La atracción de muchos gatos por cajas, huecos que puedan parecer cuevas, transportines abiertos o espacios parcialmente cerrados puede entenderse como una expresión de esa preferencia ancestral por los refugios protegidos.

Qué pasa con los perros

Los perros también pueden mostrar conductas de anidación aunque suelen manifestarse de forma diferente. Las hembras próximas al parto frecuentemente buscan un lugar concreto donde parir y comienzan a reorganizar las mantas, cojines o materiales blandos para acondicionarlo. Algunas rascan el suelo, transportan objetos desde otras habitaciones del hogar y realizan repetidos intentos de acomodar el espacio.

Curiosamente, estas conductas también pueden aparecer durante las pseudogestaciones o embarazos psicológicos. En esos casos, la perra puede actuar como si estuviera preparando la llegada de una camada inexistente debido a los cambios hormonales asociados a este proceso.

Sin embargo, fuera del contexto reproductivo, los perros suelen mostrar una relación distinta con el territorio doméstico. Aunque buscan lugares cómodos para descansar, no dependen tanto de espacios cerrados y ocultos como los gatos.

Lo que podemos aprender del ‘nesting’

En el caso de los gatos, la disponibilidad de escondites, espacios elevados y zonas donde puedan aislarse temporalmente forma parte de su bienestar. Esto se debe a que conservan una fuerte necesidad de controlar su exposición al entorno y disponer de espacios donde sentirse protegidos.

Los perros, por su parte, suelen beneficiarse más de disponer de una zona estable y predecible de descanso que funcione como referencia. Aunque algunos ejemplares disfrutan de cestas tipo cueva, la necesidad de aislamiento es menos marcada que en los felinos.

Cuando el comportamiento aparece de forma repentina

Cuando una gata esterilizada o una perra que no está gestante comienza de repente a mostrar un comportamiento intenso de preparación de nidos, transportar objetos o proteger determinadas zonas de la casa, puede ser recomendable consultar con un veterinario.

En algunos casos estas conductas pueden estar relacionadas con alteraciones hormonales o con procesos reproductivos anómalos que requieren una valoración profesional.

Como hemos visto, detrás del comportamiento de los gatos por meterse en cajas o de algunos perros por reorganizar sus mantas, se esconden millones de años de evolución y adaptación. El instinto de anidación sigue presente, aunque ya no existan depredadores rondando el comedor ni sea necesario criar una camada en un granero o una madriguera.

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