Creada por José Guadalupe Posada para burlarse de las apariencias sociales, la Catrina pasó de ser un esqueleto con sombrero a ícono mundial del Día de Muertos
Texto escrito por: Francisco Javier Flórez-Oliveros
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Antes de vestir largos trajes y engalanarse con flores, la Catrina fue una calavera con sombrero. Su elegancia encerraba una burla: podía presumir un adorno ostentoso, pero seguía siendo un esqueleto. José Guadalupe Posada dejó en aquella imagen una provocación que conserva su fuerza: las apariencias y las distinciones sociales tienen poco que hacer frente a la muerte.
Posada nació el 2 de febrero de 1852 en Aguascalientes, México. Su trayectoria lo llevó a León, Guanajuato, y después a la capital del país. Grabador, ilustrador y caricaturista, desarrolló su oficio cerca de la vida popular. Sus imágenes circularon en publicaciones y hojas volantes que encontraban en las calles lectores interesados en noticias, acontecimientos extraordinarios, personajes y versos.
Las costumbres y las tensiones de una sociedad profundamente desigual alimentaron su trabajo. Entre sus figuras más memorables estuvieron las calaveras, capaces de representar las ocupaciones, los deseos y las contradicciones de los vivos mediante el humor. La muerte se convertía así en un recurso para observar la vida cotidiana.
De ese universo surgió la imagen conocida popularmente como Calavera Garbancera. El contraste era contundente: una calavera lucía un gran sombrero asociado con la elegancia de su tiempo. La figura se ha interpretado como una sátira de la vanidad y de quienes pretendían una posición social superior, despreciando sus propias raíces. Bastaban unos huesos y un sombrero para incomodar al espectador.
Su origen tiene particularidades que suelen perderse entre las versiones más difundidas. El historiador Agustín Sánchez González, en una investigación reseñada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, sitúa su primera impresión en octubre de 1913, meses después de la muerte de Posada, ocurrida el 20 de enero de ese año. La publicación salió de la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo.
El investigador explica, además, que los títulos respondían a decisiones editoriales y que una misma imagen podía reutilizarse con textos distintos. En una recopilación de la obra de Posada publicada en 1930 ya aparecía el nombre «Calavera catrina». Su identidad se construyó mediante impresiones, reediciones y nuevas lecturas. El grabador murió sin conocer la dimensión que alcanzaría su creación.
Diego Rivera le daría una presencia decisiva en 1947, al incorporarla a su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Allí aparece de cuerpo completo, elegantemente vestida, junto a Posada y a un Rivera representado como niño. El pintor la situó en una composición que reúne personajes y episodios de la historia mexicana.
El mural fue también un reconocimiento al grabador. Rivera conservó el sombrero y añadió una indumentaria que contribuyó a consolidar la apariencia con la que hoy identificamos a la Catrina. Aquella figura de la gráfica popular adquirió una nueva escala y encontró otro público.
El siguiente tramo de esta historia conduce a Capula, Michoacán, donde los artesanos trasladaron su figura al barro. El paso del dibujo al volumen exigía resolver lo que el papel no necesita sostener: el peso del sombrero, la posición de los brazos, el equilibrio del cuerpo y los pliegues del vestido.
En los talleres, esas dificultades se convierten en oficio. Las manos modelan rostros, flores y ornamentos; construyen piezas que comparten una identidad reconocible y muestran diferencias de expresión, tamaño y composición. Detrás de cada una hay conocimientos, decisiones y horas de trabajo.
Ese vínculo entre las obras y su procedencia obtuvo un reconocimiento específico en 2024, con la publicación de la declaración de protección de la indicación geográfica «Catrinas de barro de Capula, Michoacán». Esta relaciona las características de las piezas con su origen y sus procesos de elaboración. Su valor cultural incluye, por tanto, el saber de quienes las producen.
Hoy la Catrina aparece en artesanías, maquillajes, vestidos y celebraciones públicas. Su silueta ha cruzado fronteras y se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de México. Cada caracterización ofrece una interpretación mediante colores, flores y atuendos que prolongan su transformación.
Su asociación con el Día de Muertos le ha dado un lugar destacado en las expresiones contemporáneas de la celebración. Su origen artístico, sin embargo, pertenece al siglo XX, mientras que las prácticas de conmemoración reúnen tradiciones y procesos históricos mucho más amplios. Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos celebran, según las creencias de las comunidades que las practican, el retorno temporal de familiares y seres queridos fallecidos.
Las ofrendas hacen visible esa bienvenida. Las fotografías identifican a quienes se honra; el agua y la comida reciben simbólicamente a las almas; las veladoras y los caminos de cempasúchil orientan su llegada. Con variaciones entre regiones y familias, estos gestos permiten compartir el recuerdo de los ausentes.
En ese paisaje de memoria y celebración, la Catrina conserva algo de su primera intención satírica. Su belleza atrae la mirada, pero los huesos siguen expuestos. Más de un siglo después de Posada, el sombrero todavía nos enfrenta a la misma pregunta: ¿cuánto de nuestra vida dedicamos a aparentar?
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