El sorpresivo triunfo de Abelardo de la Espriella en primera vuelta reabre el eterno debate colombiano entre la mano dura y la salida negociada al conflicto
Texto escrito por: Nerio Luis Mejia
Los resultados electorales del pasado 31 de mayo de 2026 sorprendieron a muchos. Abelardo de la Espriella, considerado por algunos como un nuevo fenómeno político, irrumpió de manera inesperada en la vida pública y logró desplumar en primera vuelta a la heredera del uribismo, cuyos votos apenas se reflejaron en Oviedo. También relegó al candidato del oficialismo, que confiaba en ganar sin necesidad de segunda vuelta. El resto de aspirantes apenas figuraron en afiches, sostenidos por pequeños grupos de seguidores más devotos de una imagen que de un proyecto político real.
La situación de inseguridad en el país está fuera de control. Grupos armados ilegales imponen, mediante la violencia, una gobernanza paralela que evidencia el fracaso de la llamada “Paz Total”. Abelardo —quizá el uribismo soterrado— supo leer ese malestar y ofreció a los colombianos una salida: mano dura contra el crimen. La política en Colombia, al fin y al cabo, se reduce a prometer soluciones inmediatas a necesidades urgentes: empleo, salud, seguridad. El actual Gobierno fracasó en su intento de negociar con el crimen, lo que permitió la expansión de organizaciones armadas a lo largo y ancho del país. Es como una multitud sedienta en medio del desierto: quien ofrezca agua, sin importar el precio, se convierte en salvador.
Abelardo es un personaje polémico. Desde su firma de abogados ha defendido a delincuentes de renombre. Su estilo excéntrico y su desprecio por los valores tradicionales lo han convertido en figura controvertida. Sin embargo, a buena parte de los colombianos poco les importa su vida personal; lo que sí respaldan es su propuesta de enfrentar el crimen sin concesiones. Esta elección recuerda inevitablemente la historia de hace 24 años: el 26 de mayo de 2002, Álvaro Uribe Vélez derrotó en primera vuelta al liberal Horacio Serpa con el 53,05% de los votos. Uribe, entonces un exgobernador con pocas posibilidades estadísticas, capitalizó el miedo frente a las Farc, que habían convertido la zona del Caguán en un territorio de secuestros, reclutamientos y vejámenes. Los diálogos de paz de Pastrana fracasaron, igual que hoy se cuestiona el proyecto de Paz Total del Gobierno Petro.
El mapa actual de violencia en Colombia ya no está sectorizado. Desde la costa Caribe hasta la Amazonía, la violencia arrincona y pone de rodillas a la población. Atentados contra la fuerza pública, masacres, desplazamientos, asesinatos de líderes sociales, secuestros, extorsiones y reclutamiento de menores son parte del panorama. El triunfo de Abelardo en primera vuelta refleja cómo la violencia sigue siendo un factor decisivo en el ajedrez político.
Cinco días antes de las elecciones, el 26 de mayo, dos facciones de las disidencias de las Farc se enfrentaron en el Guaviare: una al mando de “Mordisco” y otra de “Calarcá”. El resultado fue atroz: más de medio centenar de cadáveres, entre ellos presuntamente varios menores de edad. ¿Quién puede triunfar en unas elecciones presidenciales marcadas por el conflicto? ¿El que defiende la paz total o el que promete acabar con los criminales sin negociación alguna? El triunfo de Abelardo resolvió esa disyuntiva: los colombianos eligieron la guerra antes que la paz negociada.
El caso de Norte de Santander es ilustrativo: de sus 40 municipios, en 36 ganó De la Espriella. Una región golpeada por la violencia se inclinó por la promesa de fuerza. Así, los resultados del 31 de mayo de 2026 nos recuerdan que la historia es circular: lo que ocurrió hace dos décadas vuelve a repetirse, con otros nombres, pero con las mismas heridas abiertas.
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