El error de creer que Colombia se arregla ganándole a Petro o al antipetrismo

El error de creer que Colombia se arregla ganándole a Petro o al antipetrismo

Reducir a Colombia a consignas de izquierda o derecha es un error. Los problemas nacionales exigen acuerdos y contrapesos, lejos de las certezas absolutas.

Texto escrito por: Carlos Lagos

Cada cuatro años Colombia repite el mismo ritual: divide la realidad en dos bandos, convierte la política en una guerra moral y termina creyendo que todos sus problemas dependen de la victoria o la derrota de una sola persona.

Mientras se aproxima una nueva elección presidencial, el debate público parece reducirse, una vez más, a una confrontación entre extremos. Izquierda o derecha. Cambio o continuidad. Estado o mercado. Seguridad o derechos. Petro o antipetrismo. Como si el destino de una nación de más de cincuenta millones de habitantes pudiera resumirse en una consigna, una etiqueta ideológica o un eslogan de campaña.

Sin embargo, quizás el problema más profundo que enfrenta Colombia no sea económico, ni político, ni siquiera institucional. Tal vez el verdadero problema sea otro: hemos perdido la capacidad de comprender la complejidad.

Vivimos en la era de la información instantánea y, paradójicamente, también en la era de las explicaciones simplistas. Nunca habíamos tenido acceso a tantos datos, expertos, investigaciones y fuentes de conocimiento. Pero tampoco habíamos estado tan expuestos a mensajes diseñados para reducir la realidad a fórmulas elementales.

Las redes sociales han acelerado este fenómeno. Los algoritmos premian la indignación más que la reflexión. Favorecen las respuestas rápidas sobre las preguntas difíciles. Impulsan los extremos porque generan más interacción. Poco a poco, la complejidad desaparece y es reemplazada por relatos cómodos donde siempre existe un culpable único y una solución milagrosa.

La izquierda suele creer que todos los problemas se explican por la desigualdad. La derecha, que todos se explican por la falta de autoridad. Unos atribuyen cada dificultad al mercado; otros al Estado. Unos piensan que todo comenzó con el actual gobierno; otros que todos los males son herencia de gobiernos anteriores.

Todos terminan compartiendo el mismo error: la simplificación. Lo vimos durante décadas cuando algunos creyeron que la seguridad resolvería por sí sola todos los problemas nacionales. Lo vemos hoy cuando otros suponen que basta con redistribuir recursos para superar las dificultades estructurales del país. En ambos casos se ignora una verdad elemental: los problemas complejos exigen respuestas complejas.

El filósofo francés Edgar Morin llamó a este fenómeno una “crisis de comprensión”. Según Morin, el conocimiento moderno nos enseñó a estudiar cada parte por separado, pero olvidó enseñarnos a comprender el conjunto.

Sabemos cada vez más sobre fragmentos de la realidad y cada vez menos sobre las relaciones que los conectan. Y Colombia es precisamente un problema de conexiones.

La seguridad depende de la economía. La economía depende de la confianza institucional. La confianza institucional depende de la calidad de la justicia. La justicia depende de la legitimidad del Estado. La legitimidad del Estado depende de la educación cívica. La educación depende de las oportunidades sociales. Las oportunidades dependen del crecimiento económico. Y el crecimiento económico depende, entre muchas otras cosas, de la seguridad. Todo está conectado.

Por eso fracasan las explicaciones monocausales. La violencia colombiana no es solamente un problema policial. También involucra economías ilegales, ausencia estatal, pobreza, corrupción, geografía, narcotráfico y debilidades institucionales. La pobreza no es únicamente un problema económico. También involucra educación, infraestructura, seguridad, productividad, calidad institucional y movilidad social.

La crisis de la salud no es exclusivamente un problema financiero. También es un problema de gestión, regulación, sostenibilidad y capacidad estatal. La corrupción tampoco es únicamente un problema moral. Es también un problema cultural, institucional, educativo y político. Cada desafío nacional forma parte de una red de causas y consecuencias que interactúan entre sí.

Sin embargo, la política moderna parece empeñada en ofrecer respuestas simples para problemas complejos. Se nos promete que una sola reforma resolverá décadas de atraso. Que un líder transformará por sí solo una nación. Que una ideología posee todas las respuestas. Que basta con derrotar a un adversario político para solucionar los problemas estructurales del país.

La historia demuestra exactamente lo contrario. Las sociedades que progresan son aquellas capaces de construir acuerdos alrededor de la complejidad, no aquellas que se entregan a las certezas absolutas.

Uruguay ofrece una lección interesante para América Latina. Sus principales fuerzas políticas han entendido que existen ciertos consensos básicos que deben sobrevivir a los cambios de gobierno. La democracia, la estabilidad institucional, la responsabilidad fiscal, la educación y el crecimiento económico no pertenecen a una ideología específica. Constituyen políticas de Estado.

Colombia parece caminar con frecuencia en dirección contraria. Cada elección se presenta como una batalla definitiva entre el bien y el mal. Cada gobierno intenta desmontar lo construido por el anterior. Cada sector político considera ilegísima cualquier idea proveniente de sus adversarios. La consecuencia es una sociedad cada vez más polarizada y menos capaz de resolver problemas.

Quizás por eso resulta útil recuperar algunas enseñanzas del pensamiento complejo. La primera es que los opuestos pueden ser simultáneamente necesarios. Colombia necesita seguridad, pero también derechos humanos. Necesita crecimiento económico, pero también equidad social. Necesita inversión privada, pero también regulación pública. Necesita autoridad, pero también libertades. Necesita mercado y necesita Estado.

La segunda enseñanza es que las soluciones duraderas exigen mirar el sistema completo y no únicamente una de sus partes. Y la tercera, quizás la más importante, es una lección de humildad. Ningún partido político posee toda la verdad. Ningún líder tiene todas las respuestas. Ninguna ideología comprende por sí sola la complejidad de una nación.

Las democracias existen precisamente porque el conocimiento humano es limitado. Porque necesitamos que distintas perspectivas dialoguen, se contradigan y se corrijan mutuamente para acercarnos a mejores decisiones colectivas.

Por eso, más que preguntarnos quién tiene razón en cada controversia electoral, tal vez deberíamos preguntarnos quién comprende mejor la complejidad del país que pretende gobernar. Porque los fanáticos buscan certezas. Los ciudadanos buscan respuestas. Los primeros necesitan enemigos. Los segundos necesitan comprender.

Quizás el desafío más urgente de Colombia no sea escoger entre izquierda o derecha, entre cambio o continuidad, entre una campaña o la otra. El verdadero desafío es recuperar la capacidad de pensar un país infinitamente más complejo que cualquiera de nuestras consignas.

Porque las naciones no fracasan únicamente por sus errores económicos o políticos. También fracasan cuando pierden la capacidad de comprenderse a sí mismas. Quizás esa sea hoy la tarea más urgente de Colombia.

También le puede interesar:

Navegación de entradas

Fuente