Antes de irse de vacaciones esta semana, el gobierno de François Bayrou dejó plantada una bomba política que puede hacer tambalear los cimientos de la República. El proyecto para conceder a Córcega un “estatuto de comunidad autónoma” será debatido en otoño y supondrá abrir la caja de Pandora para otras regiones con veleidades nacionalistas.
La discusión sobre el proyecto de ley de autonomía para la llamada “Isla de la belleza”- que implicaría una revisión constitucional – provocó el miércoles pasado un ácido debate en el último consejo de ministros preveraniego. El responsable del ministerio de “Ordenación territorial y descentralización, François Rebsamen (antiguo socialista), presentó el texto, que ya había sufrido sustanciales modificaciones del mismísimo Consejo de Estado, la máxima jurisdicción administrativa sobre el texto constitucional.
Para el ministro responsable, para Bayrou y para el presidente, Emmanuel Macron, las advertencias del Consejo de Estado pueden ser pasadas por alto, pues se pidió su opinión solo a modo consultivo.
En ese proyecto se recogen expresiones que se refieren a Córcega como “una comunidad histórica, cultural y lingüística que ha desarrollado un vínculo con su tierra”. En la reunión gubernamental fue el ministro del Interior, Bruno Retailleau, perteneciente a la derecha tradicional (“Los Republicanos”), quien llevó la voz de las críticas. Para Retailleau, enemigo íntimo de Macron en ese gobierno “Frankenstein” formado por centristas, macronistas de todo pelaje y conservadores, definir así a Córcega pone en peligro la unidad del país, es decir, según él, “la igualdad entre todos los ciudadanos ante la ley, los principios de indivisibilidad de la República y la unicidad del pueblo francés”.
En el proyecto de ley orgánica se plantea también la posibilidad que la Asamblea corsa tenga un “poder normativo”, es decir, que pueda aprobar leyes sin que quede muy claro si sus iniciativas deban ser refrendadas por la Asamblea Nacional y el Senado.
Para Retailleau, líder de “Los Republicanos”, hoy ministro, pero también y aspirante a suceder a Macron en 2027 (como tantos otros políticos de todas las tendencias), “acordar a la colectividad de Córcega un poder normativo autónomo equivaldría a crear una expresión de soberanía popular distinta a la del pueblo francés”.
El conservador Gérard Larcher, presidente del Senado, cámara que consagra la representación de las colectividades territoriales de la República, también se opone al plan para Córcega: “El Consejo de Estado señala que el término ‘Comunidad corsa’ no entra en los parámetros de constitucionalidad”.
Para su camarada de partido, Retailleau, “si la noción de comunidad corsa se plasma en la Constitución, ¿con qué razones la República podría rechazar a otras regiones lo que se concede a Córcega? Según el ministro francés del Interior, “para los nacionalistas, autonomía es casi un sinónimo de independencia, y solo hay un pueblo, el pueblo francés”.
Actualmente, la colectividad corsa tiene competencias en asuntos sociales, culturales, turismo, lengua, transportes o agricultura, pero siempre bajo la supervisión final de los legisladores nacionales.
El ejemplo de Nueva Caledonia
La concesión a Córcega (360.000 habitantes) de un estatuto de autonomía supondría para muchos políticos franceses, y no solo de la derecha, abrir la caja de Pandora e incitar, por ejemplo, a Bretaña o Alsacia a exigir lo mismo. Actualmente, los bretones no tienen derecho ni a utilizar la ñ en su partida de nacimiento, una letra que existe en su lengua, pero no en francés. La Alsacia ha formado parte de Alemania durante años (ha cambiado cuatro veces de nacionalidad) y conserva también su idioma, pero como para los vascofranceses o los catalanohablantes, su lengua no es cooficial en ninguna de sus regiones; es más, no existe ni un departamento vasco delimitado, y menos un catalán, a pesar del apoyo político y financiero que ambas comunidades reciben de sus “compatriotas” del otro lado de la frontera.
Los autonomistas corsos ven en el proyecto de comunidad autónoma una oportunidad histórica. Así, el jefe de gobierno corso (“Presidente del Consejo Ejecutivo de Córcega”), Gilles Simeoni, afirma que “no hay que cerrar la puerta a una aspiración mayoritaria en Córcega”, y subraya, “estoy feliz por ver tan cerca la línea de meta”.
La meta, para los autonomistas, es la misma que desean los nacionalistas, pero sin tanta prisa: la independencia. Para todos ellos, la concesión de un estatuto de “Estado dentro de la República” otorgado a Nueva Caledonia el pasado 12 de julio, con la aceptación de una “nacionalidad caledonia que se añade a la francesa”, es un gran avance: “Si la República es capaz de reconocer un Estado caledonio en la Constitución, ¿por qué no conceder a Córcega una autonomía diferenciada, con unos parámetros legislativos que no afecten a la unidad nacional?”, se preguntan.
Hay muchas diferencias entre esa posesión francesa a más de 17.000 kilómetros de la metrópoli y la “patria” de Napoleón. Ente otras, y no banal, es a la consideración por la ONU de Nueva Caledonia como un territorio que debe ser “descolonizado”
Macron cede ante los terroristas: “Francesi di merda”
¿Por qué Macron anima hoy un proyecto de tal calibre para Córcega, cuando desde su llegada al Elíseo había toreado las aspiraciones autonomistas de la isla mediterránea, francesa desde 1768? El cambio de actitud y la renuncia al tabú tuvo su origen en los disturbios que Córcega vivió en 2022, cuando el militante independentista Yvan Colonna fue asesinado en la cárcel por un islamista francés retornado de Afganistán. Colonna estaba preso como coautor del asesinato del Prefecto de la isla, Claude Erignac, en 1998.
Lo cierto es que la minoría independentista atizó el fuego en las calles y París comenzó a ceder ante los gritos de “Statu francese assassinu” y “Francesi di merda”. La agitación callejera en apoyo del terrorista asesinado en prisión despertó a la decaída fracción independentista armada, el “Frente de Liberación Nacional de Córcega” (FLNC), que con 64 atentados no sangrientos (contra residencias de franceses continentales y edificios púbicos) recobró ánimos ese año hasta el punto de que tres de los terroristas del comando acusado por el asesinato del Prefecto Erignac han sido “acercados” desde prisiones continentales a una de la isla. Un político autonomista llegó a decir que esas protestas obtuvieron en siete días lo que ellos venían buscando desde hacía siete años. En Córcega, los que sacuden el árbol también recogen las nueces, ante la vista de un timorato Macron.
Para que la supuesta autonomía corsa vea la luz, el Parlamento, esto es, la reunión de la Asamblea y el Senado (El Congreso de Versalles) debe aprobar con una mayoría de 3/5 el proyecto de ley. Una cifra difícil de alcanzar en un escenario político fragmentado tras la desastrosa decisión de disolver las cámaras, tomada por el presidente tras el fracaso de sus tropas en las elecciones europeas de junio del pasado año.
También está por ver si el gobierno de François Bayrou sobrevivirá a la “rentrée”, donde le esperan posibles mociones de censura ante su proyecto de presupuestos que va a recortar gastos por valor de más de 43.000 millones de euros, movilizaciones sindicales y, quizá, una nueva versión de protesta tipo “chalecos amarillos” que ya se prepara a “paralizar el Estado” el 10 de septiembre.
En todo caso, y pese a los obstáculos para su aplicación, la idea de un estatuto de autonomía para Córcega está lanzada y con ella también los renovados ánimos independentistas. Pero según el escritor corso, Paul-François Paoli, autor del libro France-Corse: je t’aime moi non plus, “para que una nación nazca es necesario que se disocie o se separe de otra nación. Y eso no pasará pronto en Córcega porque la isla no está en mejor estado de salud que Francia y sufre de los mismos males: un alto desempleo, un gran número de asistidos y una inmigración pletórica. Hay que hacer venir marroquíes para recoger las clementinas porque los empresarios no encuentran mano de obra local. Que los que acusan sin cesar al Estado, cabeza de turco que distribuye subsidios a mansalva en la isla, empiecen a barrer delante de su puerta”.
Paoli, crítico literario en el diario “Le Figaro”, afirma en su libro que muchos corsos no se identifican con Francia porque lo consideran como un país decadente y en vías de islamización cultural. Por eso, subraya, los corsos, “más que nacionalistas, son identitarios”.

