Tras el decomiso de sus animales, el capo ideó un plan para engañar a las autoridades y recuperarlos y así completar su zoológico en la Hacienda Nápoles
El avión descendió con dificultad y, antes de que terminara de rodar sobre la pista, ya había policías esperándolo. No era un aterrizaje cualquiera. Llegaba cargado de estructuras metálicas, cajas de madera reforzada y jaulas. Cuando abrieron la compuerta, el ruido confirmó lo que sospechaban: no era carga común. Había animales vivos.
Los primeros en bajar fueron los más grandes. Una grúa improvisada ayudó a descargar jirafas, un hipopótamo y varias cebras que apenas se sostenían después del viaje. La escena atrajo a funcionarios de distintas entidades. Secretaría de Hacienda de Antioquia, Aduana, Salubridad. Todos hacían la misma pregunta: dónde están los documentos, permisos y autorizaciones. La respuesta no llegaba en forma de papeles.
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Pablo Escobar, el capo colombiano era el responsable de ese cargamento. El patrón llevaba varias semanas esperando ese avión. Había intentado hacerlo por la vía legal. Había comprado animales en Estados Unidos, había pagado grandes sumas por su manutención mientras resolvía trámites, había insistido ante autoridades que le negaban el ingreso. Le hablaban de normas, de controles sanitarios, de la existencia de zoológicos en Colombia. Durante meses sostuvo los costos de alimentación, transporte y terrenos en el extranjero. Hasta que dejó de esperar.
Por encima de la ley
La decisión fue simple: traer los animales sin permisos. Un avión de carga, sin anuncios, sin autorización formal. Era la forma de evitar más demoras y más dinero perdido. El resultado fue ese aterrizaje rodeado de funcionarios y preguntas sin respuesta.
La reacción fue inmediata. Las autoridades ordenaron el decomiso de todos los animales. La instrucción era clara: debían ser trasladados al zoológico de Medellín. No había negociación posible. Hubo intentos de resolver la situación con dinero, pero no funcionaron. La cadena de funcionarios era amplia y el control estaba repartido. No hubo forma de romperla.
Entonces vino el cambio de estrategia. Se decidió acatar la orden, al menos en apariencia. Se organizaron seis camiones. Los animales más grandes fueron distribuidos con cuidado: elefantes, jirafas, hipopótamos. En otros vehículos se ubicaron aves y especies más pequeñas. Todo se hizo bajo la supervisión de las autoridades, que con el procedimiento creían estar cumpliendo la ley.
Los camiones salieron en fila. Pero no todos llegaron al mismo destino. Tres siguieron la ruta esperada hacia el zoológico de Medellín. Los otros tres tomaron otro camino, hacia la Hacienda Nápoles, el lugar donde el dueño de los animales planeaba construir su propio zoológico.
Un burdo engaño
La operación no terminó ahí. Horas después, ya de madrugada, comenzó la segunda parte. Se había logrado introducir parte de los animales, pero todavía quedaban muchos en el zoológico oficial. Para recuperarlos, se recurrió a la presión. Hubo amenazas y exigencias directas. Luego, un grupo regresó al lugar y realizó un intercambio.
Sacaron varias especies exóticas: antílopes, canguros, aves traídas de distintos continentes. En su lugar dejaron animales de granja comprados en pueblos cercanos: gallinas, patos, cabras. La sustitución fue rápida y buscaba pasar desapercibida.
El problema surgió con las cebras. A diferencia de otros animales, estaban registradas en documentos oficiales. No podían desaparecer sin dejar rastro. Era necesario reemplazarlas por algo similar. La solución fue improvisada: conseguir burros y pintarlos con franjas negras para que parecieran cebras. La operación se hizo antes del amanecer. Era un burdo engaño, pero suficiente para ganar tiempo.
Esa historia fue contada años después por el propio capo al escritor Germán Castro Caycedo, como parte de una serie de relatos sobre su vida y sus excesos.
Un zoológico abandonado
El zoológico en la Hacienda Nápoles creció rápidamente. Llegó a reunir cerca de 1.900 animales. Había especies de África, Asia y América. Durante un tiempo, incluso se abrió al público sin costo. Era una forma de exhibir poder y de construir una imagen cercana con la población.
Pero ese proyecto no duró. Cuando su propietario empezó a ser perseguido por narcotráfico, la hacienda quedó abandonada. Muchos animales murieron por falta de cuidado. Otros fueron trasladados a distintos zoológicos del país.
Algunos no pudieron ser controlados. Entre ellos, los hipopótamos. Inicialmente había pocos ejemplares, pero con el tiempo comenzaron a reproducirse sin control. Hace más de 30 años, cuatro de ellos escaparon hacia el Magdalena Medio. Hoy, la población supera los 200 individuos.
Lo que empezó como un capricho terminó convertido en un problema ambiental y social. Los hipopótamos alteraron los ecosistemas, compiten con especies locales y representan un riesgo para las comunidades cercanas.
La historia de los animales que llegaron en ese avión no terminó en la pista ni en la hacienda. Se extendió durante décadas, dejando consecuencias que todavía se sienten en distintas regiones del país. Lo que en su momento fue una demostración de poder, hoy es un caso que mezcla ilegalidad, improvisación y efectos a largo plazo que nadie calculó.
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