Dormir entre chimeneas y una cocina de leña: Iria Urgell transforma una finca del siglo XIX en un refugio en Ibiza

Dormir entre chimeneas y una cocina de leña: Iria Urgell transforma una finca del siglo XIX en un refugio en Ibiza


En la colina de un rincón aún intacto del noreste ibicenco, donde los pinares se funden con bancales de piedra seca y campos de cultivo centenarios, ha nacido un espacio que no pretende cambiar Ibiza, sino recordarla. Se llama Aguamadera, y más que un alojamiento o un restaurante, se presenta como una finca viva que late al ritmo lento, reflexivo y natural que la isla ha sabido cultivar durante siglos, más allá de los focos, las discotecas y la postal turística.

Aguamadera es un agroturismo con alma: un conjunto armónico de arquitectura tradicional, cocina de leña, cultivo orgánico, diseño sereno y una oferta holística de cuidado corporal y emocional. El proyecto está liderado por Iria Urgell, hija de Ricardo Urgell —el legendario fundador de Pacha—, quien ha optado por un rumbo muy distinto al de su padre, pero igualmente conectado con el alma ibicenca.

“Aguamadera es casa”, afirma Urgell con convicción. “Desde el corazón de Ibiza, reúno a una comunidad creativa de almas para compartir experiencias y amor por la cultura, la gastronomía, la naturaleza y la tradición de la isla”.

Una finca que respira historia y sencillez

El enclave ocupa una finca payesa del siglo XIX que ha sido restaurada sin excesos ni concesiones al lujo ostentoso. La remodelación se ha realizado con respeto absoluto a los volúmenes originales, y el resultado es una armonía sobria que honra la estética ibicenca: paredes blancas, techos de vigas vistas, suelos de terracota y un aire de recogimiento que invita al silencio.

El agroturismo cuenta con doce habitaciones, distribuidas entre la construcción original y los antiguos corrales, ambos reconvertidos en espacios de alojamiento con un gusto minimalista que abraza materiales orgánicos, terrazas privadas, chimeneas y mobiliario rústico procedente del Empordà. La decoración ha sido seleccionada por la propia Urgell, que ha querido dotar al lugar de identidad sin estridencias: piezas de arte local, textiles artesanales y una cuidada iluminación natural que fluye a través de los muros de cal.

Los dos principales núcleos de alojamiento se denominan “Finca” y “Corrales”. En la Finca principal se ubican seis habitaciones, una suite, el restaurante de leña La Era, el porche y la recepción. En la zona de los Corrales, con su atmósfera más íntima y rústica, se han dispuesto cuatro suites y una habitación adicional, conservando la estructura rural de antaño.

La Era: el fuego como lenguaje culinario

Si el alma de Aguamadera está en su conexión con la tierra, su corazón se manifiesta en La Era, el restaurante que convierte la cocina de leña en una herramienta de expresión cultural. Aquí no hay fuegos artificiales, sino brasas que cuecen lentamente los sabores heredados del Mediterráneo, la agricultura local y el saber popular.

Al frente de los fogones está Gonzalo Cerrato Laguna, un chef con experiencia internacional —de Londres a Ciudad de México— que ha decidido regresar a lo esencial: productos locales, mínimamente tratados, cocinados con fuego vivo y servidos con respeto. Cerrato no ve la cocina como un espectáculo, sino como una forma de pertenencia.

“La cocina es mi pista de baile, y el huerto de Aguamadera me provoca cada temporada con sus joyas”, declara. “Anhelamos despojarnos de todo para revelar la esencia de quienes realmente somos”.

En sus platos se perciben los ritmos lentos del campo, el respeto al ingrediente y una sensibilidad estética que no se impone, sino que acompaña. Las veladas se enmarcan entre el sonido del crepitar de la leña, la caída del sol entre los bancales y una banda sonora de soul, jazz y sonidos orgánicos.

¿Qué pilares forman Aguamadera Ibiza?

Uno de los pilares invisibles de Aguamadera es el compromiso ecológico, que se manifiesta en la forma en que se cultiva la tierra, se trata al entorno y se entiende el ciclo natural. La finca cuenta con más de 2.800 m² de bancales agrícolas y 1.330 m² de jardines, donde se cultivan frutas, hortalizas, flores comestibles y plantas medicinales que abastecen la cocina y enriquecen la biodiversidad.

A través de técnicas de permacultura, compostaje, rotación de cultivos y el uso de semillas locales, Aguamadera busca no solo ser sostenible, sino también regenerativa: devolver a la tierra más de lo que se toma. Siguiendo el calendario lunar biodinámico y métodos como el acolchado, el equipo trabaja para fortalecer el suelo, fomentar la polinización y preservar especies tradicionales.

Este enfoque no es solo un gesto ecológico, sino un acto de coherencia con la filosofía del lugar: vivir al ritmo de la tierra, sin imponerse a ella. La finca no es una postal, sino un ecosistema funcional, cuidado con paciencia, donde cada flor tiene su propósito y cada abeja su espacio.

El Salón: cuerpo, mente y comunidad

La espiritualidad suave, lejos de dogmas y modas, también encuentra su lugar en Aguamadera. El Salón es el espacio dedicado al bienestar corporal y mental, con un enfoque holístico que abarca desde clases de yoga y movimiento consciente hasta masajes con productos naturales, baños de hielo y sesiones en la sauna al aire libre.

Este espacio no está pensado como un spa de lujo, sino como un santuario de reconexión personal, donde terapeutas, artistas y guías trabajan todo el año para ofrecer una programación que no busca transformar, sino acompañar. La idea no es escapar de la realidad, sino volver a enraizarse en ella con herramientas simples y efectivas.

Además, El Salón sirve como lugar de encuentro para residencias creativas, retiros y talleres, en línea con la vocación de Aguamadera de acoger a una comunidad plural, comprometida con la introspección, la creación y el respeto por lo natural.

Una isla más allá del cliché

Aguamadera no pretende representar “la otra Ibiza”. No hay aquí voluntad de contradecir ni de enfrentar la imagen hedonista de la isla. Lo que propone es simplemente revelar otra capa de su identidad: la de la Ibiza agrícola, callada, luminosa y fértil, donde el tiempo se mide en lunas, las noches se disfrutan con velas y el lujo se expresa en la calidad de un tomate o el crujido de una viga centenaria.

En un contexto donde muchos proyectos turísticos en la isla tienden a inflar su huella ecológica y a diluir la cultura local entre conceptos importados, Aguamadera opta por permanecer, escuchar y cultivar. No hay aquí una ambición de expansión, ni promesas de exclusividad: solo el deseo de que quienes pasen por este rincón de Ibiza salgan con la piel más limpia, la mente más clara y el corazón más cerca de la tierra.

Porque quizás, en un mundo que corre, lo verdaderamente revolucionario es quedarse quieto. Y escuchar cómo late una finca. Cómo crece un tomate. Cómo cruje una silla. Cómo huele el romero. Y cómo, a veces, menos es más.

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