Sudar es uno de los principales mecanismos que utiliza nuestro organismo para combatir el calor, pero hacerlo no significa necesariamente que el cuerpo consiga enfriarse. Una nueva investigación ha descubierto un proceso físico hasta ahora poco tenido en cuenta que puede reducir considerablemente la evaporación del sudor en determinadas condiciones de calor, especialmente cuando el ambiente es seco y apenas corre el aire.
El estudio, realizado por investigadores de la Universidad Estatal de Arizona (ASU), en Estados Unidos, y publicado en Science Advances, señala que la interacción entre la temperatura y la humedad del aire situado inmediatamente junto a nuestra piel puede modificar en más de un 50% la cantidad de sudor que se evapora. “El impacto es enorme”, señala Konrad Rykaczewski, profesor asociado de Ingeniería de ASU y uno de los investigadores del trabajo.
La clave está en que para refrescarnos no basta con producir sudor: este tiene que evaporarse. Cuando el agua que se encuentra sobre la piel pasa a convertirse en vapor, consume energía en forma de calor y contribuye así a refrigerar el cuerpo. El movimiento del aire facilita este proceso, pero ¿qué sucede cuando estamos en un lugar caluroso en el que prácticamente no corre el aire?
Los investigadores han descubierto que en esas circunstancias pueden aparecer dos movimientos de aire contrapuestos junto a nuestra piel. Cuando la temperatura ambiental es superior a la de la piel, el aire que está en contacto con el cuerpo se enfría, se vuelve más denso y tiende a descender. Al mismo tiempo, la evaporación del sudor aumenta la humedad de ese aire y lo hace más ligero, provocando que tienda a ascender.
La complicada evaporación del sudor
Alrededor de los 40 ºC, con baja humedad y sin viento, ambas fuerzas pueden llegar a contrarrestarse, reduciendo el movimiento del aire alrededor del cuerpo y dificultando con ello la evaporación del sudor. Es precisamente este fenómeno el que los modelos tradicionales de intercambio de calor pueden no tener suficientemente en cuenta.
Para estudiarlo, el equipo utilizó ANDI, un maniquí térmico diseñado para reproducir la forma en la que el cuerpo humano intercambia calor con su entorno y capaz incluso de simular la sudoración. Los investigadores realizaron decenas de experimentos y desarrollaron además un modelo informático para analizar el comportamiento del sudor bajo diferentes condiciones ambientales. “Hay múltiples vías de transferencia de calor involucradas”, explica Rykaczewski.
Los resultados apuntan a que ignorar los efectos de flotabilidad provocados por la humedad podría hacer que se subestime en cerca de 1,1 ºC el aumento de la temperatura corporal central de una persona en reposo después de dos horas expuesta a calor y aire inmóvil. “Esto es realmente importante para espacios interiores o lugares con muy poca circulación de aire”, advierte Rykaczewski, que cita como ejemplos una tienda de campaña, determinados lugares de trabajo parcialmente cerrados o un edificio en construcción.
El hallazgo puede ayudar a mejorar los modelos utilizados para predecir el estrés térmico y a desarrollar estrategias de protección frente al calor. El equipo pretende estudiar ahora cómo interactúan la piel, el sudor y la ropa para averiguar qué materiales pueden favorecer la evaporación. “La cuestión más importante es cómo controlar el sudor y qué tipo de materiales se pueden colocar en contacto con la piel para optimizar la refrigeración”, concluye Rykaczewski.

