Crítica de 'Los testamentos': la secuela de 'El cuento de la criada' es un maravilloso reflejo de los horrores de ser mujer

Crítica de 'Los testamentos': la secuela de 'El cuento de la criada' es un maravilloso reflejo de los horrores de ser mujer

Margaret Atwood no escribe ficción. Que lo hiciera significaría que sus novelas no son más que posibles escenarios futuros y que la humanidad ha logrado, en su infinito sentido de la justicia, establecer una sociedad ideal. Que vivimos, simple y felizmente, en una sociedad utópica que se horroriza pensando en que los humanos fuésemos capaces de llegar algún día a convertir el mundo en El cuento de la criada.

¿Crees que eso podría pasar?”, le suelen preguntar sobre esa distopía que ha creado llamada Gilead, donde las mujeres son convertidas en meros recipientes sin derechos y con el momento del parto como única razón de su existencia. Pero ella no considera que esa sea una pregunta acertada. ¿No son las distopías, acaso, un reflejo de los problemas actuales y preocupaciones futuras del momento social en el que han sido escritas?

Con la sumisión de una sociedad adormecida como centro de todas ellas, la literatura está llena de autores que han imaginado el futuro más terrorífico de todos -quizá cruzando los dedos mientras lo hacían para no llevar razón-, con ideas inventadas sobre bebés hechos en botella, el conocimiento siendo abandonado en libros que ya nadie lee o el uso del lenguaje como herramienta de control sobre la población.

Atwood, sin embargo, no ha tenido ni ha querido imaginar nada, por lo que no hace falta esperar a ver si, como muchos antes que ella, ha acertado en su visión terrorífica del futuro. Su distopía son distintas realidades condensadas en Gilead. El cuento de la criada nos mostró el inicio de todo ello y, ahora, Los testamentos, su secuela estrenada el 8 de abril en Disney+, nos muestra su evolución con una sociedad avanzada en el tiempo y cada vez más escalofriántemente real.

La evolución natural de la cosas

Tras los eventos ocurridos en El cuento de la criada, Los testamentos nos traslada de nuevo a Gilead, donde esas figuras femeninas vestidas de rojo y blanco a las que conocimos hace ya años han dejado de ser necesarias. Las mujeres de la alta sociedad vuelven a ser fértiles y, como consecuencia, sin la necesidad de que alguien tenga un hijo con su marido por ellas, lo único que queda por hacer es convertirlas, desde muy jovencitas, en las esposas ideales.

En la escuela preparatoria de élite para futuras esposas dirigida por la tía Lydia (Ann Dowd), las niñas y adolescentes son divididas por colores, separadas por edades y, sobre todo, clasificadas según si han sido bendecidas por Dios con el don de dar la vida. Allí conocemos a Agnes (Chase Infiniti), obediente y piadosa hija de un comandante, y a Daisy (Lucy Halliday), una recién llegada que, por voluntad propia, ha decidido formar parte de esta sociedad.

Centrada en la vida de estas adolescentes, esta vez, Los testamentos nos sitúa en el otro lado, en el de esas mujeres que han nacido y crecido en esa sociedad y que, como consecuencia, no solo no cuestionan su realidad, sino que la toman por verdadera, honesta y moralmente correcta. Mientras que El cuento de la criada nos posicionaba en el bando revolucionario, conocemos ahora la otra visión de las cosas, acercándonos inevitablemente a una sociedad cada vez más real a nuestros ojos.

La realidad tras la ficción

Si no dudamos, pues, en decir que Los testamentos va a convertirse en una de las series más importantes del año, es porque el acierto de Margaret Atwood ha sido el de evolucionar su propia distopía hasta el punto de convertirla en algo demasiado «normal» como para seguir preguntándole si su locura sobre Gilead podría ser real. La norma de la autora es cada vez más obvia, y ello se traduce en una historia cada vez más reflejo de nuestra propia realidad. Por supuesto, Gilead no es real, pero sí lo son los discursos que fomentan su sociedad.

La religión no solo dicta la moral, sino que acoge el Antiguo Testamento como libro indiscutible de conducta -aunque para ello debamos obviar quién lo ha interpretado así-; la regla le da a las mujeres su valor dentro de nuestra especie, nunca por encima del hombre y bajo la idea de adoración por el poder de dar la vida -aunque ellas no puedan decidir cuándo, cómo y con quién la dan-; y ellas mismas, sumidas en ese mundo creado por hombres que las hieren, acogen inconscientemente sumisas sus reglas en nombre de Dios y del bien mayor.

El reducir el funcionamiento de esta sociedad a un territorio delimitado, mientras el resto del mundo observa horrorizado pero quieto a su alrededor, acentúa esa sensación de distopía lejana en la que ya nos sumió El cuento de la criada y que confundió a los vagos desventurados que no quisieron ver en ella un reflejo de nuestro tiempo, algo que costará mucho más que pase en este tremendamente real sociedad que es la nueva Gilead.

Pero Atwood también nos habla de bondad y, así como pone el foco en las barbaries contra las mujeres que hemos aceptado sin pestañear, también lo hace en aquellos que deciden no seguir contribuyendo a ellas, idea que se traduce en esa esperanza que surge del verdadero orden natural de las cosas: el de la biología que convierte a una niña dócil en una adolescente llena de rabia -y que permite a Holliday e Infiniti brillar como perfectos polos opuestos- y despierta en las mujeres el instinto de supervivencia que deriva en una lucha unida, inteligente y sutilmente calculada.

Tras ver los diez episodios de esta secuela, la única conclusión posible es que, si alguien vuelve a preguntarle a su autora por Gilead en términos de fantasía -algo que cuesta creer que pueda haber hecho una mujer-, solo estará demostrando estar viviendo activa y orgullosamente en la más feliz e inaceptable de las ignorancias. Pero, por favor, quién sea que piense así, que no dude en hacerlo, pues ¿qué son series como Los testamentos sino una sutil prueba de reconocimiento?

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