crítica de ‘La maldición de Widow’s Bay’ en Apple TV

crítica de ‘La maldición de Widow’s Bay’ en Apple TV

Las ficciones sobre pueblos encantados son siempre más jugosas cuando se plantean en forma de serie, como demuestra Twin Peaks (1990-2017), probablemente la visión definitiva de este subgénero. No es extraño que se haya comparado La maldición de Widow’s Bay con la obra maestra de David Lynch y Mark Frost desde sus primeros teasers, en la que supone la primera gran intentona de Apple TV con el terror, que hasta ahora se limitaba a alguna que otra adaptación de una novela de elementos turbios, pero no claramente de género.

Por eso esta supone una sorpresa dentro de su catálogo, porque por fin se atreve a utilizar el miedo como arma y herramienta, aunque venga precedido con la etiqueta de “comedia de terror”; un signo de que busca eludir las implicaciones más intensas de la denominación. 

Sin embargo, la propuesta de Katie Dippold, que viene de Parks and Recreation, navega por el humor costumbrista pero en ningún momento deja de ser una serie de espantos tomados en serio.

Humor costumbrista y horrores de Nueva Inglaterra

Concibiendo esta temporada como una extensión de su pitch para aquella sitcom, Dippold ha dado lugar a algo singular donde los elementos más escalofriantes no son tomados a broma. En los diez episodios que conforman esta primera entrega, el humor surge de las reacciones a una retahíla de escenas de apariciones o sensaciones siniestras, de manera más o menos realista, por parte de personajes que podríamos reconocer en cualquier bar de nuestro propio pueblo, o lugar de trabajo. 

El planteamiento es sencillo: una isla pequeña bajo una maldición ancestral. Un punto de partida que ha dado pie a series juveniles de miedo como Eerie, Indiana (1991) o Spooksville (2013), en donde el lugar misterioso es una fuente inagotable de casos, criaturas y sucesos paranormales. La maldición de Widow’s Bay no es, en realidad, tan distinta en espíritu. Aquí se nos presenta un pueblo isleño de EE UU que tiene la particularidad de condensar todas las leyendas típicas de la zona de Nueva Inglaterra, del clásico paisaje con faro, lo que nos lleva directamente a nombres como H.P. Lovecraft y Stephen King.

Ya el primer episodio indica con esa niebla que llega, que tiene muy en cuenta el trabajo de John Carpenter en La niebla (1980) —aunque también hace una llamada a Halloween (1978) en otro de los episodios— y ese lugar marcado por un hecho del pasado y una condena que afecta a todo el pueblo. Es en sus primeros compases donde se aproxima a un terror gótico más pausado y tradicional, cada vez menos frecuente en las películas que llegan al cine, y que es un lienzo en blanco perfecto para su mezcla de absurdo e intensidad.

Porque las relaciones surrealistas de sus habitantes rurales son su ADN, una colección encantadora de gente disfuncional que definen el carácter de esa isla de prisioneros a su pesar. Más allá de los elementos tonales bizarros, la historia desempeña como una de las clásicas historias de Stephen King, como Colorado Kid que llevó a una serie titulada Haven (2010-2015), un procedimental en un pueblo muy parecido al que nos ocupa, la propia Castle Rock (2018-2019), o incluso variaciones de horror cósmico-satánico en 30 monedas (2020-2023).

Estructura antológica de pesadillas fragmentadas

Lo que hace diferente la de Dippold a todas ellas, aparte del uso del humor, es su carácter semiantológico. Cuando empieza la serie empezamos a pensar que tendremos un arco para ir descubriendo un misterio, una explicación para todo lo que vemos o un hilo conductor que vaya uniendo diferentes apariciones o maldiciones: el hecho del canibalismo, la leyenda de una bruja, un hotel abandonado, un hombre del saco… Todo se nos presenta en sus diez episodios con su propia personalidad y tema más o menos estanco, sin llegar a “cerrarse”.

Capítulos, por cierto, con una duración perfecta de 37 minutos, que no llega a ser los 20 de una sitcom, pero tampoco la hora y cuarto imposible de las “películas de ocho horas” que se han hecho tan habituales. Así que, en esa fragmentación de los males del pueblo a base de relatos sueltos, hay una consecuencia, llevando el terreno a esos flashbacks de época que revelan el origen del mal como la tercera de La calle del terror (2021), una vuelta a los cuentos de pioneros, colonos y pecados que pagan las generaciones venideras.

Hay un episodio que parece salido de la serie Salem (2014-2017), dirigido por un Ti West disfrazándose de Robert Eggers, y que cambia un poco la dinámica del resto de la serie, más enfocada a este misterio. Lo que hace que pierda un poco de fuelle, porque cuando mejor funciona es cuando navega por lo desconocido, con escenas que dan verdadero miedo al aparecer siluetas de gente en el marco de una puerta, en el fondo de un pasillo, en la calle, sombras, o en la lejanía de un VHS que conecta con las corrientes de terror analógico.

Todo esto con la dirección marcada de Hiro Murai, que se ocupó de algunos de los episodios más inquietantes de Atlanta (2016-2022), y aquí maneja un tono muy elegante que funciona a pesar de la comedia o gracias a esta. Un mecanismo para soltar esa tensión que consigue acumular; jugando y retroalimentándose de la atmósfera. A veces parece un poco El club de la medianoche (1990-2000) enfocado a adultos, porque abraza la fantasía y las posibilidades de esta sin cuestionarse los porqués, por eso cuando se explica pierde fuelle.

Encanto rural y tradición americana

Aunque no hay tanto una “revelación final”, sino una consecuencia, porque la conclusión, a su manera, también aparece como su propia historia contenida. Incluso en esa trama cambia el tono a algo mucho más dramático, conectado quizá al de la serie Algo terrible está a punto de suceder (2026), que incide en esas maldiciones de línea de sangre herederas de La caída de la casa Usher (1839) aunque mejor resueltas que la de la producción de Netflix.

No es el mejor episodio el clímax, al estar ligado al juego de plantear una encrucijada que exige dar ciertas respuestas, dejando los momentos más desasosegantes, de marcos más íntimos, (es decir, su mayor fortaleza), a un lado ya completamente, aunque a su favor no deja nada cerrado; crea nuevas incógnitas, con una coda agridulce que deja abierta la puerta a una segunda temporada. Que sería interesante, porque en el fondo es una serie de personajes, a los que quieres volver a ver por muy extraños que sean.

Aquí es donde no deja de notarse la mano de esta guionista de Parks and Recreation, ya que encontramos secundarios con más interés que el propio alcalde, como el que encarna Kate O’Flynn, con dos de los mejores episodios dedicados a ella: la fiesta que acaba en una especie de conjura de folk horror y el que se enfrenta a su hombre del saco, casi sacado de la época de los slashers más turbios. Aunque en todo momento es un gusto ver a Matthew Rhys, a menudo hilarante, especialmente en un episodio en el que toman psicotrópicos.

Su impronta no deja de ser una encarnación del antihéroe de Sleepy Hollow (1949) pero no la de Tim Burton, sino la versión de Disney, una de las piezas más terroríficas que ha hecho nunca la casa de animación, fiel al relato de Washington Irving y en la que el personaje nos hace reír mientras sentimos miedo. Como en ese mediometraje de Disney, resulta divertido verle aterrorizado, pero lo que le aflige nos da miedo también a nosotros. Un tono extrañísimo que encarna muy bien la esencia de esas tradiciones recientes puramente americanas.

Gentrificación y folclore: el legado del terror isleño

También representa una cima en el subgénero de islas malditas, que puede establecer su punto de partida en La isla de la muerte (1945), un camino de muchas y diferentes variantes donde destaca la aterradora La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman y que recientemente ha tenido una buena representante en Enys Men (2022), también alineando lo pagano y lo sobrenatural de formas no muy distintas a lo que encontramos aquí, aunque se despoje, eso sí de más profundidad que proponer un rato de diversión con buenos sustos, y gags.

Además, lo consigue a través de una puesta en escena que mejora a muchas películas que estamos viendo en el cine, sumado a un diseño de producción excelente que viene con la firma de Steven Arnold, mismo diseñador de Misa de medianoche (2021), otra cima del terror en islas con la que comparte atmósfera. En su afán por vender Widow’s Bay a nuevos visitantes, el alcalde busca compararla como “la nueva Martha’s Vineyard”, un detalle intencionado, puesto que es la misma isla donde se rodó Amity Island en Tiburón (1975).

Un detalle que justifica el punto de partida similar, solo que aquí el alcalde que no hace caso a los que le advierten de la amenaza es el protagonista. Todo por llevar turistas, lo que sí se acaba convirtiendo en una especie de manifiesto sobre la gentrificación que está cambiando las condiciones de los que han vivido toda la vida en lugares idílicos. La diferencia es que en vez de un escualo devorahombres tenemos todo tipo de amenazas sobrenaturales, pero la misma sorna (cariñosa) sobre la “ceguera” institucional ante problemas mientras entre dinero.

Pese a la pérdida de magia en su parte final, La maldición de Widow’s Bay mantiene un gran nivel, de dirección e interpretaciones que son un lujo para el género y una materia prima que incluso puede dar alegrías en el futuro. Una sorpresa que probablemente entre lo mejor que nos depare el terror en cualquier formato, un reflejo de la salud que goza el género en taquilla y cómo puede que, entre esta e It: Bienvenidos a Derry, terminen de romper la reticencia de las grandes plataformas a darle un tratamiento de evento televisivo.

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