análisis del final y por qué es emocionante pero no del todo satisfactorio

análisis del final y por qué es emocionante pero no del todo satisfactorio

Cinco Globos de Oro y doce Emmys después, The Bear se despide de su audiencia. La gallina de los huevos de oro de Christopher Storer ha lanzado a la fama a actrices como Ayo Edebiri, dado una oportunidad a eternos secundarios como Ebon Moss-Bachrach, y asentado el talento de Jeremy Allen White entre el público más allá del fandom de Shameless —aunque no haya forma de ver Shameless sin terminar siendo fan de la misma—.

Storer, por su parte ya tiene dos películas en camino: la adaptación de la novela de Amor Towles, La autopista Lincoln (publicada por Salamandra en nuestro país), con Tom Holland como protagonista, y otra llamada Creature escrita por Heather V. Regnier. Un proyecto que si todo va bien, según Deadline, llevaría el sello de A24 y estaría protagonizada por Paul Rudd (lo cual tendría su gracia, pues el actor tiene un cameo chistoso en esta última temporada de The Bear).

Christopher Storer ha dirigido todos los episodios de esta temporada menos uno (cuyo responsable es Duccio Fabbri, director de segunda unidad del resto de la serie), y la intención por controlar hasta el milímetro el final es evidente. 

La serie está creada, escrita y dirigida en gran parte por él mismo, aunque en algunos de sus mejores episodios la batuta no la llevase él, como en el caso de Servilletas (temporada 3, episodio 6) dirigido por Ayo Edebiri. Así que ha puesto toda la carne en el asador en una temporada final que transcurre narrativamente en un solo día. Un tour de force que exacerba las virtudes y defectos de The Bear.

El frenetismo en la cocina y el corazón

En la última temporada de The Bear hay una tensión latente que dura siete de los ocho episodios: es como estar en esa cocina. Y todos los personajes que has acompañado durante cuatro temporadas están ahí, trabajando codo con codo, para sobrevivir a una noche clave. Todo sucede casi en tiempo real, y el espectador lo acompaña todo, cada giro, cada error que puede hacer que todo estalle. Es irresistible.

Uno no puede evitar acompañar el metraje como si de un largometraje se tratara, aunque dure casi lo que la más corta de las películas de Lav Díaz, pues los episodios se cabalgan en la temporada que más sentido tiene ver haciendo binge-watching. 

Cada capítulo nos acerca a lo que narrativamente está planteado como un último baile: la noche después de que el restaurante del título rebase el límite de presupuesto y deudas, y también la noche después de que Carmy, quien ha sido la brújula de la serie, deje el liderazgo del restaurante en manos de Richie (Ebon Moss-Bachrach) y Sydney (Ayo Edebiri).

Como decíamos en este artículo, la cuarta temporada ya apuntaba hacia la total coralidad de The Bear, con la ausencia de capítulos dedicados a cada personaje —los que, mal que nos pese, llegaron a emocionarnos de verdad—. Era el preludio de lo que narrativamente más funciona de esta temporada: ver por dentro el funcionamiento a pleno pulmón del restaurante. Sin ningún protagonista: siendo el espacio, el proyecto común, el restaurante en sí mismo, el auténtico protagonista. Y eso convierte la temporada en algo vibrante.

Mención especial para la banda sonora compuesta por el sueco Christian Lundberg, apadrinado por Hans Zimmer, que produce el álbum como cofundador del colectivo Bleeding Fingers Music. Lo que hace Lundberg, por momentos ‘zimmerea’, pero por otros vuela alto en busca de un sonido propio a medio camino entre Nine Inch Nails y Finneas O’connell.

El manejo del tempo, la sensación hipnótica de sentirse partícipe de lo que ocurre, y el dispositivo formal se adaptan a esta voluntad. Y funciona porque el espectador tiene una memoria emocional que le permite dejar de lado los desarrollos de personaje, prácticamente suspenderlos, para ofrecer un do de pecho frenético.

En última instancia, porque sabe que cuenta con un bello último episodio para resarcirse de la opresión del resto de la temporada. Y se agradece, porque emociona ver que, finalmente, las cosas pueden ir bien para personajes que hemos aprendido a amar. Pero eso no es todo.

El discurso tóxico sobre el trabajo y el mundo empresarial

El dispositivo formal, decíamos, se somete en esta ocasión a la voluntad inmersiva y trepidante de la temporada. Pero eso deja relucir muchos de los aspectos más conflictivos de The Bear. Su puesta en escena, que en episodios como Mañana (temporada 3, episodio 1) generaban un hechizo particular, en esta ocasión se nos muestra un tanto manierista.

Especialmente por la parte que le toca al director de fotografía Andrew Wehde —se nota que no ha tenido ninguna cortapisa en esta temporada porque no cabe un solo haz de luz más que se cruce entre cualquier personaje y el objetivo de la cámara—, encantado de conocerse en esta temporada.

Pero no solo se resume a eso: el guion decide conscientemente delegar todo el poder de la conclusión a un happy ending que, no por menos emocionante, resulta más vacuo. Funciona, sí, pero a base de desproveer a los personajes de cualquier background, cualquier cosa que no les defina como una herramienta más de The Bear.

Pues en el fondo, el discurso de The Bear se había mantenido a lo largo de la serie entre la mirada crítica hacia el sueño americano, y el sueño húmedo de cualquier emprendedor workaholic. La última temporada se decanta por definir a todo el plantel solo como trabajadores del restaurante, lo cual refuerza su aislamiento total del mundo en esta temporada.

El final de The Bear lima todos los discursos de clase —el vaciado del personaje de Tina Marrero interpretada por Liza Colón-Zayas es espectacular—, de estrés y adicción al trabajo —adiós al triste piso vacío de Syd, a los problemas de conciliación de Sugar—, a los ataques de ira de Carmy —cosa que se agradece—, y a los problemas de comunicación —cómo se resuelve la relación paternofilial del personaje de Marcus es sonrojante—. 

Y lo que crece es un discurso neoliberal muy tóxico: si cumples con tu papel en el trabajo te sentirás realizado, y esa sensación resolverá mágicamente todos los problemas del resto de parcelas de tu vida.

O incluso puede que no se resuelvan, como los ataques de pánico del personaje de Richie, personaje al que en estos episodios vemos limitar su vida al restaurante al celebrar el cumpleaños de su hija allí y tener su principal relación afectiva con una compañera del restaurante.

Vinimos a The Bear por los personajes, no por el restaurante. Y aunque todo termine bien para ellos, lo cual genera una sensación de compensación en el espectador, en esta temporada son meras funciones narrativas, engranajes de un reloj que funciona a la perfección despersonalizando al individuo. Y que, para más inri, cuanto más dejamos de humanizar a cada pieza, más compensa al buen hacer de la empresa.

The Bear nos ha presentado a seres humanos y los ha convertido en perfectos trabajadores. Y lo aplaudimos porque la narrativa nos empuja a emocionarnos cuando por fin las cosas empiezan a ir bien. Si antes nos preguntábamos si The Bear era un manual del emprendedor y el trabajador alienado, o un crudo retrato del sueño americano, ahora tenemos la respuesta. Y deprime un poco, para qué nos vamos a engañar.

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