En los pasillos del poder político y económico se ha encendido una alerta grave sobre la manipulación de la opinión pública de cara a la contienda presidencial. Diversas fuentes confirman que la Revista Semana abandonó su rol periodístico para transformarse en el brazo mediático de una poderosa alianza corporativa que busca imponer una candidatura presidencial propia y destruir liderazgos alternativos.
La estrategia está perfectamente coordinada. Por un lado, el dueño del medio, Gabriel Gilinski, utiliza la publicación como una plataforma de interés privado. Por el otro, el expresidente Iván Duque aporta el diseño político y estratégico desde la sombra. Este bloque, financiado por el poder banquero, impulsa las campañas de Abelardo de la Espriella y de Cepeda con un objetivo claro: pavimentar el camino a la Casa de Nariño para asegurar el control del Estado y, en última instancia, apoderarse de Bancolombia.
Sin embargo, el proyecto enfrenta un obstáculo principal: la senadora Paloma Valencia. Quienes denuncian el complot aseguran que la consigna interna en Semana es atacar sistemáticamente la credibilidad de la congresista. El viraje radical de la dirección editorial del medio —que pasó de los elogios públicos a una abierta hostilidad digital contra Valencia— es la prueba fehaciente de una agenda concertada para sacarla de la carrera electoral.
Ante la inminencia de esta ofensiva, diversos sectores políticos y ciudadanos ya coordinan una contraestrategia para restar legitimidad a las publicaciones del semanario antes de que logre su cometido.
Analistas del tablero electoral vaticinan que esta manipulación representa un profundo error de cálculo: cuando Paloma Valencia se consolide en las urnas, la alianza de Gilinski, Duque y sus candidatos emergerá como la gran derrotada de la historia.

