Detrás de un lenguaje conciliador, el candidato del petrismo esconde una hoja de ruta autoritaria que busca disolver los contrapesos democráticos, anular al Congreso y gobernar mediante decretos con fuerza de ley. Colombia camina hacia el abismo de la autocracia.
Colombia se encuentra ante la amenaza más grave a su orden constitucional en toda su historia republicana contemporánea. Lo que en principio se presentó como un simple llamado al diálogo, ha terminado por revelar su verdadera y terrorífica naturaleza. El denominado “acuerdo nacional” propuesto por el candidato Cepeda no es más que una fachada semántica, una trampa histórica diseñada para replicar el milimétrico experimento autoritario con el que Hugo Chávez Frías demolió la democracia venezolana y sepultó a su país en una dictadura perpetua.
Mientras el presidente Gustavo Petro ya destapó sus cartas el pasado primero de mayo en Medellín, anunciando sin tapujos su intención de convocar una Asamblea Constituyente —violando la promesa que cínicamente firmó en mármol de no alterar la Carta Política—, su candidato, Cepeda, juega el papel de moderado proponiendo un «pacto». Sin embargo, la opinión pública debe despertar: ambos caminos son las dos caras de una misma moneda autocrática. Si Cepeda es elegido y el país se resiste a su «acuerdo», activará de inmediato las firmas de la Constituyente que el gobierno de Petro ha venido cocinando en sus últimos 100 días. El destino final es el mismo: triturar la Constitución de 1991.
La selección «a dedo» de los elegidos: El corporativismo fascista
Las recientes declaraciones de Cepeda son una confesión de corte dictatorial. El candidato advirtió desafiante: “El día en que yo sea elegido presidente vamos a comenzar a diseñar el diálogo”. Acto seguido, detalló que él mismo decidirá quiénes se sientan en esa mesa. Aunque menciona falsamente a sectores populares y rurales, la frase que ha encendido las alarmas máximas fue: “Y algunos otros que consideraremos para que se sienten o nos sentemos a discutir con el Gobierno”.
Ese “consideraremos” delata el talante del tirano. No habrá votaciones democráticas ni representatividad legítima; será el propio Cepeda y su círculo cerrado quienes elegirán a dedo a los miembros de ese supra-poder. Esto es un calco exacto de lo que hizo el chavismo en 1999: bajo el pretexto de dar voz al «pueblo», manipularon las reglas del juego de tal forma que, teniendo solo el 65% de los votos populares, terminaron asaltando y ocupando de forma tramposa el 95% de los asientos de la Asamblea. Una vez que se le entrega el poder absoluto a un mecanismo corporativo manejado por el Ejecutivo, la democracia muere.
El sueño de los autócratas: Legislar por decreto y anular al Congreso
La hoja de ruta de Cepeda está perfectamente calculada en tres pasos fatales que recuerdan a las infames «Leyes Habilitantes» de la dictadura venezolana:
1. *Control absoluto del debate:* El Gobierno decide autocráticamente quiénes entran, bajo qué metodologías y qué temas se permiten discutir, bloqueando cualquier disidencia bajo un falso barniz de «reglas claras» (el mismo espíritu autoritario por el cual el candidato se niega a asistir a debates presidenciales y restringe entrevistas).
2. *La estocada al Congreso:* El vehículo central de este complot es lograr que esa mesa de «acuerdo nacional» —controlada por el régimen— le otorgue facultades extraordinarias al Presidente para legislar por decreto. Esto significa, ni más ni menos, que el Presidente se convertirá en el único legislador de la nación. Lo que el mandatario quiera, será ley de la República de forma automática, anulando por completo las funciones del Congreso de la República. Es la disolución fáctica del principio de separación de poderes; es el sueño dorado de cualquier dictador.
3. *La captura definitiva del Estado:* El propio Cepeda confesó sin pudor el desenlace de esta estrategia al admitir que, una vez pactados los temas a través de sus decretos ejecutivos, “hay que incorporarlos a la Constitución y al orden legal”. Es la técnica de la rana hervida: modificar la estructura jurídica del país paso a paso, hasta que los ciudadanos se despierten en un régimen totalitario irreversible.
Un llamado urgente a la resistencia institucional
La historia no miente y los espejos del vecindario son devastadores. Hugo Chávez utilizó exactamente la misma retórica del «consenso popular» y la «refundación de la patria» para desmantelar las instituciones de Venezuela, sumiendo a su población en la miseria, el éxodo y la opresión.
Cepeda está proponiendo abiertamente un golpe de Estado blando, una transición hacia el absolutismo donde el Congreso pasaría a ser un adorno inútil y los derechos fundamentales de los colombianos quedarían a merced del humor decretal del inquilino de la Casa de Nariño. Colombia está advertida: aceptar el “acuerdo nacional” de Cepeda es firmar el acta de defunción de la libertad.

