Aldama como San Dimas

Aldama como San Dimas

Dimas, el buen ladrón, crucificado junto a Jesucristo, tiene el privilegio de considerarse el primer santo del cristianismo. Sufrió la severidad de Barrabás, pero vio la luz en el último suspiro por la gracia bendita del Mesías, que le honró con un viaje súbito al Paraíso

A fecha de hoy es universalmente aceptado como patrón de los presos, los moribundos, y los arrepentidos. A la santidad de San Dimas, se debió acoger el arrepentido Aldama, en tiempos de Barrabés, para experimentar esa conversión que te transforma de delincuente a secas, en delincuente/traidor para la izquierda, o en delincuente/colaborador para la derecha. Es extraño que en la visita del Papa no se hallase un hueco para que hablase el conseguidor, entre tanto pecador converso de esos que representaban a la sociedad civil española.

El dilema moral que plantea la figura del delator no es nuevo. En el Medievo, la Inquisición consideraba legítimo prestar atención al testimonio de cómplices y excomulgados para prevenir la herejía, como bien narró Delibes. En el derecho anterior a la codificación también se utilizaron las recompensas en «Las Partidas» y en las Pragmáticas de Felipe IV o Carlos III. 

Años más tarde, cuando surge el pensamiento científico penal, fueron muchos los autores que mantenían prevenciones morales. Sin ir más lejos, el propio Beccaria reconocía la traición como una circunstancia detestable en la que «el tribunal delata su propia incertidumbre y la debilidad de la ley, que implora la ayuda de quien le ofende».

No seré yo quien niegue la utilidad de estos premios a los colaboradores. Y, si no, consúltese la historia reciente de Italia y el papel que han jugado los «pentiti» para combatir el terrorismo. Pero, no por ello, y aunque sea por un escrúpulo primario, me producen una gran repugnancia. Porque el arrepentimiento no ha sido voluntario, sino inducido una vez que ha sido trincado. Porque tiene el cuajo actualmente de dar lecciones de ética pública, cuando delinquía a espuertas.

Insisto que no cuestiono la norma penal pero sí el prurito de macho alfa, que el personaje exhibe en todos los saraos dando lecciones de rectitud. Como cuestiono a esa parte de la sociedad que incomprensiblemente lo convierte en héroe. El héroe que tenía las tragaderas de llevárselo todo crudo, cuando esa fracción de la sociedad que lo encumbra sufría en pandemia. Se equivoca una parte de la izquierda de este país cuando critica la figura penal del delator, porque en otras épocas fueron útiles los testimonios premiados de delatores del otro bando, como se equivoca una parte de la derecha que convierte a este personaje en San Aldama bueno mártir. Imagino que siempre podrán arrepentirse, con el permiso de San Dimas.

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