Los perros poseen una larga trayectoria en América, con algunos de los primeros rastros arqueológicos de su existencia datando de hace unos 10.000 años. Se estima que estos animales llegaron al continente tras cruzar de Siberia a Alaska junto a los paleoindios, lo que marcó el inicio de su domesticación en la región. A lo largo del tiempo, se han desarrollado diversas razas de perros americanos, aunque en la actualidad la mayoría de los linajes están vinculados genéticamente a razas españolas, inglesas y francesas.
A medida que los colonizadores europeos se establecieron, los perros desempeñaron un papel muy importante en la vida cotidiana, sirviendo como compañeros, cazadores y guardianes. Sin embargo, su presencia también refleja la compleja interacción entre los colonos y los pueblos indígenas, donde estos animales se convirtieron en un símbolo de las relaciones de coexistencia y conflicto.
Un reciente estudio liderado por la antropóloga Ariane E. Thomas, publicado en American Antiquity, examina el ADN antiguo de restos caninos hallados en Jamestown, Virginia. Este análisis proporciona información sobre la relación entre los perros y los colonos, así como las tensiones que surgieron en esos primeros días tras la llegada de los ingleses.
El contexto histórico de la colonia de Jamestown
Jamestown, establecida en 1607 como la primera colonia inglesa permanente en América del Norte, se convirtió en un punto clave para comprender las interacciones entre europeos y los primeros pobladores del continente. Los perros eran parte fundamental de ambas sociedades, cumpliendo funciones similares pero también reflejando las diferencias culturales. Los nativos americanos, por ejemplo, veían a sus perros no solo como animales de trabajo a los que tenían en alta estima, sino también como símbolos espirituales y compañeros leales. Mientras tanto, en la cultura europea, los perros también desempeñaban roles variados, desde guardianes hasta herramientas de caza y pastoreo, sin carga espiritual ni simbólica.
El equipo de Thomas analizó el ADN mitocondrial de 22 restos caninos hallados en el yacimiento de Jamestown, que datan de entre 1607 y 1619 de nuestra era. Se emplearon técnicas avanzadas de extracción y secuenciación de ADN para determinar la ascendencia de estos animales y explorar si los perros hallados tenían linajes europeos, indígenas o una combinación de ambos.

Los perros de los nativos durante el colonialismo
El análisis de los restos reveló que al menos seis de los perros tenían linajes genéticos relacionados con los perros indígenas norteamericanos de la época precolombina. Esto demostró que los perros que vivieron y murieron en la población de Jamestown no fueron exclusivamente importados de Europa, sino que hubo interacción y, posiblemente, intercambio de perros entre los colonos y los pueblos indígenas locales, formados por unas seis tribus conocidas como Confederación Powhatan. La evidencia genética coincide con otros registros arqueológicos y etnográficos, lo que sugiere una presencia continua de linajes de perros indígenas en la región.
Estos hallazgos subrayan la compleja relación que existía entre los colonos y los nativos americanos, donde los perros eran testigos y participantes de una coexistencia que iba más allá del conflicto. Mientras que los colonos trajeron a los fuertes perros europeos para diversas tareas, incluidas como herramientas de control y poder, los pueblos indígenas, por su parte, veían a los perros europeos como una amenaza, pero también como un recurso potencial para debilitar los esfuerzos coloniales.

Consumo de perros en tiempos de escasez
Un aspecto sorprendente del estudio fue la evidencia de que algunos de los restos de los perros, incluidos aquellos con ascendencia indígena, fueron consumidos por los colonos ingleses durante los periodos de hambruna extrema, especialmente durante el invierno de 1609-1610. Los restos muestran marcas de cortes y quemaduras, compatibles con el desollado y desarticulación para el consumo de su carne. Si bien esta práctica puede parecer impactante desde una perspectiva moderna, los investigadores recuerdan que el consumo de carne de perro es algo documentado en Europa durante épocas de necesidad.
El estudio de Thomas y su equipo aporta una nueva perspectiva sobre la colonización temprana en Estados Unidos y la interacción entre colonos y nativos americanos a través de sus perros. Aunque la evidencia de linajes europeos en Jamestown fue más ambigua, los resultados sugieren que la relación entre ambas culturas incluía un intercambio más profundo de lo que se creía, con los perros como símbolos de cooperación, conflicto y adaptación.
Los investigadores planean ampliar el estudio a otros sitios arqueológicos y realizar análisis adicionales de isótopos estables para comprender mejor las dietas y los movimientos de estos perros. Con la nueva investigación en proyecto confían en seguir revelando detalles sobre cómo los perros reflejaron las realidades de un mundo en transformación durante los primeros días de la colonización europea.

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