La paz está en el retrete

La paz está en el retrete

La paz no está en un abrazo, en los atardeceres, las playas, las montañas o los bosques. La paz no está en la meditación, en la propia aceptación o en la resolución satisfactoria de un conflicto. Tampoco se encuentra la paz en el autoconocimiento, en la serenidad o en el paso de los años. Por supuesto que la paz no está tampoco en la música, ni en la soledad, ni en el cielo estrellado sobre mí ni la ley moral en mí. La paz está en el retrete.

Hemos leído diversos estudios en los que se habla del aumento del tiempo de estancia en los retretes del mundo. El ser humano necesita un momento de calma, un encuentro consigo mismo. El retrete es chufa. Se avisa del riesgo de hemorroides, se habla de la presencia perniciosa del teléfono móvil en el baño, pero la realidad es que el cuarto de baño sigue siendo un fortín y un pequeño seguro de vida.

“Voy al baño” es el comodín de la llamada de la vida cotidiana

Así como el barroco nos habló del poder igualatorio de la muerte con sus poemas a calaveras, sus textos de Gracián, las Soledades de Góngora o los cuadros tan explícitos de Valdés Leal con su In Icto Oculi, recordatorio eficaz y riguroso como un agente de tráfico, los tiempos actuales nos hablan de la inmediatez, la rapidez, la apariencia, la humillación, la razón por el ingenio y el cambio de parecer.

Es en este contexto donde el retrete aparece como una solución a tanto plástico y a tanto contenido precocinado y recauchutado. Hay un poder igualatorio en el retrete porque todos hacemos lo mismo, más allá de la calidad y confortabilidad de la loza. La fisiología nos sienta y nos invita a reflexionar, pero no todos hacemos caso y miramos hacia dentro. El teléfono es una invitación a mirar siempre hacia afuera.

En el retrete nadie te cuestiona nada. Quizá haya golpes en la puerta, pero pueden esperar. “Voy al baño” es el comodín de la llamada de la vida cotidiana. Es un espacio sin expectativa social, con un entorno predecible y, en principio, seguro, no se pide eficiencia ni productividad y se valora la pureza de lo simple. El pestillo es, a veces, necesario. Gentes de bien, amigos queridos, pensadlo y valoradlo. La paz está en el inodoro.

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