El vacío detrás de la violencia

El vacío detrás de la violencia

No toda violencia esconde una causa ni detrás de cada estallido hay una estrategia. Romper escaparates y llevarse mercancías no es protestar: es romper y robar. Los disturbios en Barcelona son obra de quienes encuentran en el saqueo y la destrucción una forma de desafío y reconocimiento. El balance: decenas de comercios afectados, mobiliario urbano destruido y numerosos detenidos. Es llamativo que más de la mitad de los arrestados fueran menores de edad. No hablamos, por tanto, de una acción protagonizada únicamente por jóvenes adultos, sino también por muchísimos adolescentes.

Lo más lamentable es la precipitación con la que los partidos han convertido los disturbios en munición de combate. Ada Colau ha culpado a la extrema derecha; Gabriel Rufián ha caído en el delirio conspirativo, apuntando a una «operación de Estado» contra los gobiernos progresistas. Para el PSC la convocatoria tenía la intención de dañar a la democracia. En el extremo opuesto, Sílvia Orriols ha atribuido los altercados al «islamoizquierdismo», mientras Núñez Feijóo ha vinculado la violencia con el Gobierno Sánchez. Cada cual pretende encajar lo sucedido en su propio relato.

La explicación por ahora más plausible es que esos grupos imitan los disturbios franceses, se convocan por redes sociales y encuentran en el anonimato una sensación de impunidad. Las imágenes nos muestran a jóvenes vestidos de negro, algunos con casco de moto y otros con pasamontañas. Aquí aparece el nihilismo en su expresión más elemental: la destrucción como una forma de diversión y reconocimiento.

Tampoco debería sorprender que Cataluña, donde la inmigración norteafricana tiene un peso significativo, pueda conocer en adelante episodios como los que suceden periódicamente en algunas ciudades francesas. Pero no sabemos qué proporción de los detenidos tiene origen magrebí con nacionalidad española: hablar árabe no determina la conducta. Hay que evitar tanto los prejuicios como el silencio interesado.

La frustración y la falta de expectativas no conducen necesariamente a la violencia. Lo inquietante es que algunos encuentren atractivo el caos. No estamos ante una protesta, sino ante el desprecio por las normas y la satisfacción de comprobar que se puede romper, robar y escapar de las consecuencias.

Preocupa, además, que estos episodios se reproduzcan en otras ciudades catalanas. Las redes multiplican ese riesgo de contagio. Cuando la destrucción se convierte en espectáculo, otros grupos pueden imitarla.

Barcelona necesita identificar a los responsables, aplicar la ley y proteger a comerciantes y vecinos. La respuesta policial es imprescindible; la prevención socioeducativa, también. Lo que sobra es la prisa por utilizar los disturbios como munición partidista de cara al 29N.

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