Durante buena parte del siglo XX aprendimos a pensar la vida como una secuencia relativamente predecible: primero estudiábamos, después trabajábamos, finalmente nos jubilábamos. La infancia y la juventud eran el tiempo de aprender. La adultez, el tiempo de producir. Y la vejez, de alguna manera, se convirtió en el tiempo de retirarse. Ese modelo tenía cierta lógica cuando la expectativa de vida era mucho menor y la pirámide demográfica tenía una base enorme de jóvenes y una pequeña proporción de personas mayores. Pero ese mundo está desapareciendo.
Colombia está experimentando una de las transformaciones más profundas y silenciosas de su historia: estamos viviendo mucho más y teniendo muchos menos hijos. La antigua pirámide demográfica está convirtiéndose progresivamente en un rombo y eventualmente tenderá a invertirse.
Colombia está desperdiciando una reserva creciente de experiencia, conocimiento, tiempo, capacidad de cuidado y liderazgo precisamente cuando más necesita reconstruir su tejido social.
Según las cifras presentadas recientemente en una conversación sobre economía plateada en la que participé, en América Latina existen alrededor de 98 millones de personas mayores de 60 años y para 2050 podrían ser cerca de 183 millones. En Colombia, aproximadamente el 27 % de los trabajadores ya tiene más de 50 años. Pero quizá seguimos haciéndonos la pregunta equivocada. Nos preguntamos cómo vamos a sostener una sociedad que envejece, cuando deberíamos preguntarnos: ¿Cómo vamos a aprovechar una sociedad que vive mucho más?
No estamos solamente envejeciendo. Estamos madurando
Una de las ideas que más me llamó la atención durante la conversación fue aparentemente sencilla: el mundo no solamente está envejeciendo. Está madurando.
La diferencia entre ambas palabras es enorme. “Envejecer” suele evocar deterioro, dependencia, enfermedad y costo. “Madurar” evoca experiencia, criterio, aprendizaje y perspectiva. Naturalmente, la longevidad trae consigo enormes desafíos en salud, pensiones y sistemas de cuidado. Ignorarlos sería irresponsable. Pero reducir esta revolución demográfica exclusivamente a esos problemas puede llevarnos a cometer un gigantesco error colectivo.
Porque millones de personas llegarán a los 60, 70 y 80 años conservando diferentes grados de autonomía, conocimiento, relaciones, experiencia profesional y capacidad de contribuir. Y nuestras instituciones siguen utilizando principalmente un indicador extraordinariamente rudimentario para decidir qué pueden hacer: la fecha de nacimiento que aparece en su cédula.
De ahí surge una distinción fundamental: edad cronológica y edad funcional. Dos personas de 70 años pueden encontrarse en situaciones completamente diferentes. Una puede necesitar cuidado permanente mientras otra dirige una empresa, enseña en una universidad, asesora emprendedores, viaja, escribe o lidera una organización comunitaria. Sin embargo, buena parte de nuestras instituciones todavía las coloca en la misma categoría: “adultos mayores”. Es una simplificación que terminará resultando tremendamente costosa.
La gigantesca fábrica de jubilados
Existe una paradoja que deberíamos comenzar a discutir. Durante treinta o cuarenta años invertimos enormes recursos formando personas. Las universidades las educan. Las empresas las entrenan. Las organizaciones les permiten acumular conocimiento, contactos, criterio y experiencia. Y justamente cuando algunas alcanzan su mayor capacidad para comprender situaciones complejas, las invitamos a retirarse.
En las empresas esto produce lo que algunos expertos comienzan a llamar “amnesia corporativa”. Se jubila una persona y con ella pueden salir por la puerta treinta años de conocimiento que nunca quedaron escritos en un manual: relaciones con clientes, comprensión de una industria, memoria sobre errores cometidos, conocimiento tácito y, quizá lo más importante, criterio.
La organización contrata entonces personas nuevas que, inevitablemente, tendrán que volver a recorrer parte del camino. ¿Cuánto cuesta esa pérdida?.Sorprendentemente, pocas empresas lo saben porque prácticamente ninguna la mide.
El desafío no consiste en impedir que las nuevas generaciones ocupen espacios. Consiste exactamente en lo contrario: conectar generaciones para multiplicar sus capacidades. Un profesional joven puede aportar nuevas tecnologías, perspectivas y formas de interpretar el mundo. Una persona con treinta años de experiencia puede aportar contexto, relaciones y criterio. Juntas pueden producir algo que ninguna posee individualmente. Eso es inteligencia colectiva.
De la dependencia a la autonomía
Hay otra transformación cultural todavía más importante. Durante décadas hemos diseñado políticas y servicios para las personas mayores, pero pocas veces con ellas. Parece una diferencia semántica. No lo es. El modelo asistencial supone que alguien sabe lo que ellas necesitan y diseña soluciones en su nombre. El modelo de autonomía comienza preguntándoles qué quieren seguir haciendo con sus vidas. No es simplemente una discusión económica. Es una discusión sobre dignidad. Una persona de 65 años puede tener por delante veinte o treinta años de vida. Estamos hablando prácticamente de una tercera vida adulta completa. ¿Qué va a hacer con ella?
Puede aprender nuevamente. Emprender. Enseñar. Cuidar. Viajar. Trabajar parcialmente. Ser mentor. Participar en organizaciones sociales. Liderar proyectos comunitarios. Acompañar jóvenes. Invertir. Investigar. Crear. Y también puede descubrir un nuevo propósito.
Por eso una de las industrias más interesantes de la economía plateada probablemente no será solamente la de productos para personas mayores. Será la economía del propósito.
Una gigantesca infraestructura de mentoría
Imaginemos por un momento algo diferente. ¿Qué ocurriría si Colombia construyera una gran red de conocimiento intergeneracional? Miles de ingenieros retirados podrían acompañar pequeños municipios en proyectos de infraestructura. Empresarios experimentados podrían asesorar emprendedores jóvenes. Profesores jubilados podrían acompañar colegios y comunidades. Ejecutivos podrían convertirse en mentores de organizaciones sociales. Médicos experimentados podrían apoyar programas preventivos. Abuelos y jóvenes podrían desarrollar conjuntamente proyectos culturales, ambientales o comunitarios.
No se trataría necesariamente de regresar al empleo tradicional de ocho horas. La longevidad probablemente requerirá inventar formas mucho más flexibles de participación social y económica: trabajos parciales, mentorías, voluntariado profesional, consultoría, emprendimiento, enseñanza y participación comunitaria. La pregunta dejaría de ser cuándo una persona debe retirarse y pasaría a ser otra mucho más interesante: ¿Cómo quiere seguir contribuyendo?
También tendremos que rediseñar las ciudades
La longevidad tampoco puede resolverse exclusivamente desde las empresas. Necesitamos ciudades diferentes. En el documento presentado durante la conversación encontré un concepto particularmente sugestivo: urbanismo de reciprocidad.
La idea consiste en diseñar parques, transporte, barrios e infraestructura social para provocar encuentros intergeneracionales y combatir una de las enfermedades silenciosas de nuestro tiempo: la soledad. Esto resulta especialmente interesante para Colombia.
Los conjuntos habitacionales, centros comerciales, universidades, bibliotecas, parques y equipamientos públicos podrían convertirse deliberadamente en lugares de encuentro entre generaciones. Un centro comercial, por ejemplo, podría dejar de ser exclusivamente un lugar de consumo y convertirse también en infraestructura social. Una universidad podría dejar de pensar que su relación con una persona termina cuando recibe su diploma a los 22 años y acompañarla durante toda su vida. Una empresa podría mantener comunidades de antiguos empleados que continúen transfiriendo conocimiento.
Y un conjunto residencial podría descubrir que entre sus habitantes jubilados existe una extraordinaria reserva de profesores, médicos, empresarios, ingenieros, artistas, administradores y líderes capaces de contribuir al bienestar de su propia comunidad. La longevidad podría convertirse así en capital cívico.
El reto es intergeneracional
Manizales ofrece una señal de lo que viene. Allí la población mayor de 60 años ya supera a la menor de 15. Aproximadamente uno de cada cinco habitantes pertenece a ese grupo poblacional. Podríamos interpretar esa realidad exclusivamente como una alarma demográfica. O podríamos convertirla en un laboratorio. ¿Qué ocurriría si una ciudad decidiera deliberadamente organizar su economía, sus universidades, sus empresas, sus barrios y sus políticas públicas alrededor de la cooperación entre generaciones?. Tal vez descubriríamos algo importante: la economía plateada no debería tratar de separar a los mayores como un nuevo segmento, sino de reincorporarlos plenamente a la sociedad.
Ese cambio conceptual me parece fundamental. Porque crear una sociedad para mayores puede terminar produciendo otra forma de segregación. El verdadero desafío es construir una sociedad intergeneracional.
De un problema demográfico a una oportunidad histórica
Empresas, universidades, gobiernos y organizaciones sociales tendrán que actuar conjuntamente. Las empresas deberán medir el costo de perder conocimiento y crear mecanismos para conservarlo. Las universidades deberán comprender que aprender ya no será una etapa de la vida sino una actividad permanente. Los gobiernos tendrán que revisar reglas laborales, pensionales, urbanísticas y de cuidado pensadas para otra estructura demográfica. La sociedad civil tendrá que abrir espacios donde experiencia y propósito puedan encontrarse. Y todos tendremos que combatir un prejuicio profundamente instalado: creer que después de determinada edad una persona pertenece principalmente al pasado. Quizá sea exactamente al contrario. Una sociedad que vive más necesita aprender a utilizar mejor todo lo que ha aprendido.
El próximo Congreso Latinoamericano de Economía Plateada puede ser un escenario importante para profundizar esta conversación, compartir experiencias y comenzar a articular un ecosistema regional. Pero el verdadero desafío estará mucho más allá de cualquier congreso.
Estará en nuestras empresas, universidades, ciudades, barrios y familias. Porque Colombia tiene ante sí una oportunidad extraordinaria. Millones de personas que durante décadas acumularon conocimiento, relaciones, experiencias, fracasos, aprendizajes y sabiduría tendrán veinte o treinta años adicionales de vida. Podemos construir una sociedad que simplemente las jubile. O podemos construir una sociedad que las vuelva a convocar. Y en un país que necesita desesperadamente más confianza, más cuidado, más conocimiento compartido y más capacidad de trabajar juntos, no podemos darnos el lujo de jubilar también toda esa experiencia.
Tal vez una de las mayores riquezas que tendrá Colombia en las próximas décadas ya está entre nosotros. Solo necesitamos dejar de llamarla vejez y comenzar a reconocerla como lo que también puede ser: una extraordinaria reserva de conocimiento, propósito y liderazgo al servicio de la sociedad.
Creo que este enfoque tiene una ventaja: no presenta a los mayores como una “población vulnerable que hay que atender”, ni reduce la economía plateada a una oportunidad comercial. La convierte en un asunto de desarrollo, capital cívico e inteligencia colectiva. Esta manera de ver esta nueva realidad que tenemos conecta muy naturalmente con la reflexión que he venido construyendo sobre comunidades de liderazgo y florecimiento colectivo en el. O texto del Movimiento Colombia es Buena y vale la pena cuidarla , sobre todo a los adultos mayores que son un activo muy valioso de nuestra sociedad.
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