Él es el padre Londoño, primo de Abelardo De la Espriella que se convirtió en el nuevo capellán de la Presidencia

Él es el padre Londoño, primo de Abelardo De la Espriella que se convirtió en el nuevo capellán de la Presidencia

Rodolfo Londoño lideró el retiro del gabinete del Tigre en Barranquilla. Fue abogado, tuvo novia y fincas, y a los 17 años perdió a su padre asesinado

Rodolfo Londoño De la Espriella se arrodilló junto a Abelardo de la Espriella en un salón del colegio Marymount, en Sabanilla, y se puso a orar. Faltaban seis días para que el hombre a su lado jurara como presidente de Colombia. Alrededor, ministros designados, asesores, la esposa del mandatario electo. La misma postura, una canción religiosa de fondo, y sobre una mesa, decenas de biblias azules con el escrito en la portada «La Patria Milagro», biblia que cada funcionario electo se llevó esa tarde a su casa.

El sacerdote que dirigía la eucaristía no era un extraño para nadie ahí. Es primo del presidente electo: su madre y el padre de Abelardo eran hermanos. Así que cuando Londoño habló de fe y de Espíritu Santo frente a todo el gabinete de la «Patria Milagro», lo hizo con la confianza de quien conoce a ese hombre desde mucho antes de Defensores de la Patria, desde una infancia repartida entre Bogotá y la costa.

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Seis días después, el 7 de agosto, en la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, Londoño volvió a aparecer, ya no en un retiro privado sino como capellán oficial de la Presidencia. Hizo de maestro de ceremonia en el segmento religioso de la posesión. Presentó al rabino David Michaan y al pastor Eduardo Cañas. Cerró con una oración que ponía al nuevo gobierno bajo la acción del Espíritu Santo.

Londoño De la Espriella nació en Medellín. Su madre había sido monja dominica de la Presentación ocho años, hasta que decidió no hacer los votos perpetuos y salió a estudiar psicología. Ahí conoció al padre de Rodolfo. La fe entró a esa casa desde temprano, con una imagen de la Virgen de la Presentación presidiendo la sala. También entró la ruptura: sus padres se separaron, y él aprendió a repartirse entre los dos sin perder a ninguno. Vacaciones con el papá. Colegio y universidad con la mamá.

El padre era ganadero en Sahagún, Córdoba. Ayudaba a quien se lo pidiera, aunque muchos nunca le devolvieran nada. Murió cuando Rodolfo tenía diecisiete años, asesinado en medio del conflicto armado. En el entierro apareció el pueblo entero, ricos y pobres, gente que de una u otra forma le debía algo. Ese día, dice el sacerdote, aprendió más sobre la generosidad que en cualquier sermón que haya dado después.

Antes de ser cura fue abogado como su primo el hoy presidente. Estudió derecho en la Universidad Pontificia Bolivariana y trabajó como asesor jurídico en una entidad del Estado. Tenía fincas, caballos, una novia de cinco años con la que pensaba casarse. La vida resuelta. Y aun así sentía un vacío que no lograba nombrar. Ese vacío lo empujó al seminario de los Siervos del Espíritu Santo, en La Ceja, Antioquia, donde durante una adoración eucarística tuvo lo que él describe como un encuentro personal con Cristo: el paso de conocer a Dios con la cabeza a conocerlo, dice, con el cuerpo entero. Ahí cursó nueve años de filosofía y teología antes de irse a Madrid a especializarse en teología de la evangelización y catequesis.

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Hoy es miembro activo de la Renovación Carismática Católica. Fue asesor de esa corriente en Santa Marta y ahora lo es en Madrid, en la parroquia Nuestra Señora de África, la ciudad donde vivía la mayor parte del año. Aunque su nuevo trabajo como capellán de Presidencia tal vez lo haga radicarse en Colombia. Pertenece a la Congregación de los Siervos del Espíritu Santo, fundada en Sonsón-Rionegro, La Ceja.

Tiene un hermano de padre y madre y dos medias hermanas por parte de su papá y al menos una vez al años se reúne con ellos en Sahagún. En Madrid armaba los domingos un grupo de hombres en su parroquia con quienes rezaban el rosario por la mañana, jugaban baloncesto después y desayunan juntos al final.

El nombramiento como capellán lo puso, por primera vez, en un rol dentro del Estado colombiano, en un gobierno que desde el día de su posesión dejó clara su cercanía con el catolicismo y con otras religiones. Para Londoño no hay nada nuevo en hablar de conversión, de vacíos que solo Dios llena, de un padre que murió joven y dejó un pueblo agradecido. Es la historia que cuenta desde hace años en retiros y parroquias. Ahora la cuenta, además, desde muy cerca del primo que llegó a la Presidencia.

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