Una mujer en Tumaco logró llevar su viche ancestral a grandes escenarios como el Petronio Álvarez, la COP 16 y Anato

Una mujer en Tumaco logró llevar su viche ancestral a grandes escenarios como el Petronio Álvarez, la COP 16 y Anato

Con persistencia y sabiduría Helen Cabezas con su grupo de mujeres consiguieron llevar a este puerto del pacífico la caña y exprimirle un sabor único

Antes de que existieran los medicamentos de farmacia, en el Pacífico colombiano la salud se preparaba en una botella. Bastaban unas hierbas recién cortadas, caña destilada y el conocimiento que iba pasando de generación en generación para aliviar dolores, recuperar fuerzas o acompañar la llegada de un niño al mundo. Aquella mezcla, que para muchos era simple licor, escondía siglos de historia, medicina y resistencia.

De esa alquimia nació el viche. Durante décadas viajó por los ríos, los manglares y los esteros del litoral como secreto familiar. Mientras para las comunidades afro era parte de su vida cotidiana, para las autoridades terminó convertido en una bebida perseguida, obligada a esconderse pese a haber existido mucho antes de que el Estado intentara regularla.

Entre quienes defendieron la tradición está Helen Cabezas, una mujer de Tumaco que convirtió el viche en mucho más que un producto. Lo transformó en una forma de preservar la memoria de su territorio y demostrar que el conocimiento ancestral también puede convertirse en una oportunidad de desarrollo para la comunidad.

El conflicto que mantuvo al viche en la «ilegalidad»

Mucho antes de ocupar vitrinas o ferias gastronómicas, el viche hacía parte de la vida de las comunidades afrodescendientes del Pacífico. Con la bebida ancestral, se preparaban los famosos curaos, bebidas elaboradas con plantas medicinales utilizadas para aliviar enfermedades, dar energía, acompañar el embarazo o celebrar los momentos importantes de la vida.

No era únicamente un destilado de caña, sino medicina tradicional: identidad y, además, símbolo de resistencia cultural.

La historia cambió hace más de un siglo. En 1923, con la Ley 88, el país fortaleció el monopolio rentístico de los licores administrados por los departamentos. Aunque la norma no prohibía expresamente el viche, la producción artesanal de destilados quedó al margen del mercado formal. Durante décadas, miles familias siguieron elaborándolo de manera clandestina.

El viche sobrevivió. Lo hizo gracias a quienes nunca dejaron de prepararlo en silencio, protegiendo un conocimiento que pasaba de padres a hijos mientras el resto del país apenas comenzaba a descubrir su verdadero valor.

Helen fue una de esas personas. En 2015, cuando todavía existían enormes barreras para comercializarlo, abrió en Tumaco La Casa del Curado de Helen. Más que un establecimiento comercial, el lugar nació como un espacio para compartir la historia del Pacífico, rescatar las recetas tradicionales y demostrar que detrás de cada botella existía un patrimonio cultural que merecía ser reconocido.

Helen, la mujer que llevó el viche a las grandes vitrinas de Colombia

Con el tiempo, la corajuda mujer entendió que conservar la tradición no significaba quedarse en el pasado. Por eso, comenzó a experimentar con nuevas preparaciones sin perder la esencia del viche. Hoy, además de los tradicionales curaos, ofrece cremas, vinos artesanales y otras bebidas que conservan el sabor del Pacífico, pero logran conquistar a públicos mucho más amplios.

Su trabajo cruzó las fronteras de Tumaco. Ha participado en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, el mayor encuentro de la cultura afrocolombiana, donde miles de personas descubren, cada año, la gastronomía y las bebidas tradicionales del litoral. También llevó sus productos a la COP16 realizada en Cali en 2024 y ha hecho parte de ANATO, la principal vitrina turística del país.

Cada uno de esos escenarios ha servido para contar la misma historia: la de un territorio que durante décadas protegió sus tradiciones hasta lograr que Colombia comenzara a reconocerlas.

De una pequeña casa a convertirse en referente de Tumaco

El negocio sigue funcionando donde todo comenzó: una casa en el centro de Tumaco que muchos habitantes ya consideran una parada obligatoria. Hasta allí llegan turistas de diferentes rincones de Colombia y visitantes de Estados Unidos e Irlanda, entre otros países, atraídos por la posibilidad de probar un producto que durante siglos permaneció oculto fuera del Pacífico.

Mientras Helen hacía crecer su emprendimiento, el panorama también empezó a cambiar para el viche. En 2021 fue aprobada la Ley 2158, que reconoció esta bebida como patrimonio colectivo de las comunidades negras del Pacífico colombiano y dio un paso histórico para proteger su producción tradicional. 

Tres años después, en 2024, llegó la reglamentación sanitaria que permitió establecer las condiciones para producir y comercializar el viche de manera formal mediante registros sanitarios artesanales.

Aquello representó mucho más que un cambio jurídico. Significó que una tradición perseguida durante generaciones comenzara, por fin, a ocupar el lugar que siempre mereció.

Helen aprovechó ese momento. Hoy, además de la casa donde nació el proyecto, cuenta con otras dos sedes en Tumaco. Su emprendimiento se convirtió en el sustento de su familia y en una vitrina para mostrar al país que el verdadero valor del viche nunca estuvo únicamente en la botella.

Por el contrario, estuvo en las manos que aprendieron a destilarlo, en las mujeres que se negaron a dejar morir ese conocimiento y en un territorio que sigue luchando para que sus saberes viajen de generación en generación, desde los manglares del Pacífico hasta cualquier rincón del planeta.

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