Aislamiento, pocos derechos reconocidos, falta de accesibilidad, una lengua de signos marginada, una mirada social asistencialista ligada a la limitación y no a los derechos y a las capacidades de las personas sordas. Esto sucedía en el año 1936 cuando muchas personas sordas vivían sin participar plenamente de la educación, empleo, vida social, además de la soledad: muchas no tenían espacios para sentirse parte de la continuidad. En este contexto nació la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE), que acaba de celebrar su noventa cumpleaños.
«Su origen lo debemos a que las personas sordas entendieron que unirse era la única forma de romper el aislamiento», explica Guadalupe Cuerva, vicepresidenta segunda de CNSE. «Las asociaciones fueron espacios de encuentro, de apoyo mutuo, de comunicación y de defensa de derechos. Fueron importantes porque dieron lengua, pertenencia y fuerza colectiva. La CNSE nació para dar voz común a ese movimiento asociativo y para defender algo básico: que las personas sordas pudieran vivir con dignidad y participar en igualdad».
A lo largo de estos casi cien años uno de los grandes hitos ha sido la ley que reconoció las lenguas de signos españolas, lo que las sitúa como idiomas de pleno derecho. «Y más recientemente la cultura sorda ha entrado a formar parte de las manifestaciones representativas del patrimonio cultural inmaterial de nuestro país», explica Guadalupe. «Una lengua une y crea pertenencia. Paralelamente al apartado lingüístico, la CNSE ha impulsado servicios pioneros que han cambiado la vida cotidiana de muchas personas sordas: la videointerpretación con SVIsual, la Red Estatal de Enseñanza de las Lenguas de Signos Españolas, el espacio ALBA para mujeres sordas víctimas de violencia, vidAsor para personas mayores sordas, la Red Emplea y muchas otras iniciativas. Cada avance responde a una idea muy clara: la accesibilidad no es un privilegio, es la condición que permite ejercer derechos».
La presencia social ha aumentado y también hay más referentes sordos, pero la lucha sigue, por ejemplo, en el terreno legal. «El reconocimiento legal no siempre se traduce en igualdad real», denuncia Guadalupe. «Hemos avanzado muchísimo pero todavía hay personas sordas que encuentran barreras».
El principal reto es que los derechos ya reconocidos sean una realidad en el día a día de las personas sordas en cualquiera de los ámbitos de su vida. «La gran espinita es que todavía existe una distancia entre lo que dicen las leyes y lo que ocurre en la vida cotidiana. Ir al médico, estudiar, trabajar, acudir a la justicia, recibir información o participar en la cultura no puede depender de dónde vivas o de la buena voluntad de una administración concreta», expone Guadalupe. «Tenemos que seguir luchando por una educación bilingüe de calidad, por más presencia de la lengua de signos en los servicios públicos y en los medios de comunicación, por un empleo digno, por una salud mental accesible, por una atención adecuada a las personas mayores sordas, por la infancia sorda y sus familias, y por la participación real de las personas sordas en las decisiones que nos afectan. Nos duele especialmente la situación de la infancia sorda cuando no tiene acceso temprano a una lengua plenamente accesible, incluida la lengua de signos. También nos preocupa que la accesibilidad siga dependiendo demasiado del territorio. Una persona sorda no debería tener más o menos derechos según donde viva. Esa sigue siendo una deuda pendiente».
Una persona sorda no debería tener más o menos derechos según donde viva
Cumpleaños feliz
La CNSE acaba de celebrar su noventa cumpleaños juntando a más de 2.500 personas sordas en Madrid procedentes de distintos lugares y con diferentes edades. «Durante estos años las personas sordas hemos demostrado que cuando nos unimos, cuando participamos y cuando lideramos, no solo cambiamos nuestra realidad, también transformamos la sociedad», dice Guadalupe. «No queremos escondernos ni adaptarnos siempre a un mundo que no nos tiene en cuenta. Queremos estar presentes desde lo que somos, con nuestra lengua de signos, nuestra cultura sorda y nuestra capacidad para aportar».
Para Guadalupe este encuentro ha supuesto la oportunidad de sentirse parte de algo grande. Celebrar y mirar al futuro juntas «tiene una fuerza enorme. Creo que no olvidaré esa sensación de comunidad. Fue como ver el pasado, el presente y el futuro de la CNSE en un solo día. Eso emociona mucho porque confirma que lo que somos sigue cambiando el mundo».
La jornada de celebración incluyó distintas expresiones artísticas como música en lengua de signos interpretada por artistas sordas. «No consiste simplemente en traducir una canción palabra por palabra», explica Guadalupe. «Es una interpretación artística que adapta el ritmo, la emoción, el sentido y la intención de la música a una experiencia visual. No se trata solo de hacer accesible una canción, sino de crear una pieza visual con identidad propia. Es música que se ve, se siente y se comparte desde otra forma de percibir».
También estuvo presente en el festejo el Visual Vernacular, «que es una forma de arte propia de la cultura sorda muy visual y muy expresiva. Utiliza recursos de las lenguas de signos, el movimiento corporal, la expresión facial, el ritmo, el espacio y una especie de lenguaje cinematográfico hecho con el cuerpo», cuenta Guadalupe.
La cultura y el arte sordos fueron clave en la celebración de los noventa años. «La cultura sorda es la forma en que la comunidad sorda ha construido identidad, memoria, valores, humor, formas de relación y expresión a través de la lengua de signos y de una experiencia visual del mundo. No es solo una cuestión de discapacidad, es también una realidad lingüística y cultural», explica Guadalupe. «El arte sordo nace de esa mirada visual. Puede expresarse en teatro, poesía signada, narración, humor, artes plásticas, performance, música signada o Visual Vernacular. Tiene una riqueza enorme porque utiliza el cuerpo, las manos, la expresión facial, el espacio y la mirada como elementos centrales de creación».
La realidad es que todavía hay quien cree que la lengua de signos es algo con poca importancia o que las personas sordas no deberían tener acceso a todos los espacios. Siguen vivos estereotipos y prejuicios. Se siguen sin poner los derechos en el centro. «Las barreras no están en las personas sordas. Están en una sociedad que todavía no garantiza plenamente la accesibilidad», denuncia Guadalupe. «Me gustaría un futuro donde ninguna persona sorda tuviera que justificar su lengua, su identidad o sus derechos. Un futuro en el que la lengua de signos estuviera presente con naturalidad en la escuela, en la sanidad, en los medios, en la cultura, en el trabajo y en todos las administraciones. Me gustaría una comunidad sorda fuerte, diversa, unida y con liderazgo. Una comunidad donde la infancia sorda crezca con referentes, donde la juventud tenga espacios de decisión, donde las mujeres sordas sean escuchadas, donde las personas mayores sordas no estén aisladas y donde todas las personas sordas puedan vivir con autonomía, orgullo y dignidad», concluye.

