Bad Bunny me persigue, pero yo soy más viejo

Bad Bunny me persigue, pero yo soy más viejo

Mi hijo de ocho años me pidió el otro día que le pusiera Bugs Bunny y yo le puse al conejo. Luego descubrí que no se refería al personaje de dibujos animados, sino al cantante más importante del planeta o algo parecido. Me miró con ternura, como cuando con tres años acarició mi incipiente barriga y dijo: «Ovejita». Tras la confirmación de mi caída definitiva en la senectud, fui a la redacción y alguien estaba hablando en voz alta de «la casita de Bad Bunny» con la naturalidad con la que antes se hablaba de la prima de riesgo o el cambio climático. 

Yo pregunté qué casita, y se produjo el silencio. Manu me miró con una mezcla de compasión, superioridad moral y cansancio generacional. «Estás completamente fuera de onda», me dijo, y tenía razón. A los 46 años uno no envejece cuando le duele la espalda, sino cuando pregunta qué es la casita de Bad Bunny y la redacción entera te mira como si acabaras de pedir un fax. 

Desde entonces, Bad Bunny me persigue. Abro el ordenador: Bad Bunny. Miro el móvil: Bad Bunny. Leo el periódico: Bad Bunny. Cambio de pestaña: la casita de Bud Bunny. Esa especie de chabola prémium, esa barraca de Puerto Rico convertida en palco de Instagram, ese portal de Belén con influencers haciendo méritos para que les enfoque una cámara. 

La casita, según he entendido tras varias horas de avergonzada investigación y una progresiva pérdida de fe en Occidente, es un segundo escenario dentro del concierto. Un espacio simbólico, dicen. Un homenaje a las raíces. Una recreación de la cultura popular puertorriqueña. Y luego resulta que dentro aparecen famosos, futbolistas, actrices, creadores de contenido y gente tan guapa que uno sospecha que para entrar solo se debe superar un algoritmo facial. Ahí está la gracia moderna: se construye una casita humilde para que entren los elegidos. Un homenaje al pueblo, pero con filtro Valencia. 

Yo he intentado escuchar a Bad Bunny con buena voluntad. De verdad. Me he puesto serio, he abierto Spotify y he adoptado la actitud de quien se dispone a comprender a una generación. Pero sus letras y sus canciones no me dicen nada. No me enfadan. No me escandalizan. No me parecen el fin de la civilización. Peor: me resultan ajenas. Y eso es mucho más grave, porque cuando algo te indigna todavía estás dentro de la conversación. Cuando algo no te dice nada, es porque estás mirando la fiesta desde la ventana de enfrente, en bata, preguntándote si has cerrado bien el gas. Un día entiendes todos los códigos, todos los chistes y todas las modas, y al siguiente hay una casita cutre en medio de un estadio y medio país hablando de quién entra y quién no entra, y tú solo puedes pensar: «¿Pero este señor no era un conejo?». 

Bad Bunny me persigue, sí. Pero sospecho que no viene a por mí. Viene a recordarme que ya no estoy en la casita. Estoy fuera, con los demás adultos funcionales, mirando desde la acera cómo una generación baila dentro de su propio decorado. Y quizá eso sea envejecer: descubrir que la música sigue sonando sin necesidad de que tú la entiendas.

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