La emblemática obra ‘La Plegaria’ que estaba en manos de la familia Ossa Gómez, fue la joya de la corona en una intensa subasta realizada al norte de Bogotá
Apenas se cruzaba la puerta de Bogotá Auctions, el cuadro La plegaria recibía y maravillaba a todos los que lo veían. Se sabía que Fernando Botero lo había cambiado por dos cajas de cigarrillos Piel Roja, pero nada más, pues en sus setenta y siete años de existencia había estado en manos de la familia Ossa Gómez, quienes únicamente lo prestaron para una exposición en el Museo Nacional de Colombia en 2018.
La pintura conservada en perfecto estado es una acuarela sobre papel que tiene unas dimensiones de 73 x 53 cm. Foto: Felipe Páez/Las2Orillas
La pintura estaba acompañada por una carta que Fernando Botero le escribió en agradecimiento a Efrén Ossa por haber adquirido la obra con genuina intención. El escrito de Botero también revela sus intereses estéticos, además de dos bocetos de pinturas que nadie sabe dónde están.
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Los turbulentos tiempos en los que Botero pintó La plegaria
Con el asesinato de Gaitán se acabó la esperanza en Colombia y ni siquiera el arte nacional se salvó: Laureano Gómez mandó borrar los murales que el maestro Pedro Nel Gómez había pintado en el Palacio Municipal de Medellín bajo el influjo de la tríada de muralistas mexicanos Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, los primeros maestros latinoamericanos que se metieron en la historia del arte universal.
El joven Fernando Botero, que para ese momento contaba con dieciséis años, creía con entusiasmo en ese movimiento cultural revolucionario que retrataba las luchas de clases y las raíces indígenas de los pueblos latinoamericanos, y se alejaba de los convencionalismos.
De ahí que las primeras acuarelas que se conocen de Botero parezcan tener una gran influencia del antioqueño Pedro Nel Gómez, reconocido por su arte irreverente y controversial. Sin embargo, Fernando Botero nunca reconoció la influencia de Pedro Nel Gómez en su obra, sino la de Rafael Sáenz, uno de los discípulos de Gómez.
La cumbia. Acuarela sobre papel 17,2 x 12,5 cm.
Con sus escasos conocimientos sobre arte para ese momento, y sin medir riesgos, el joven Fernando Botero se aventuró a ser columnista del periódico El Colombiano. Botero utilizó ese espacio para argumentar, airadamente, la importancia de Pablo Picasso en la historia del arte en un artículo que tituló: Picasso y la inconformidad del arte.
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Aunque poco se discutía de arte en los años cincuenta en Colombia, defender a Picasso era defender al comunismo, y esto conducía irremediablemente a alentar el ateísmo: un sacrilegio para la Colombia de esa época.
El artículo le valió a Fernando Botero la expulsión del Liceo de la Universidad Bolivariana, donde estudiaba bachillerato. De ahí le tocó pasar al Liceo de la Universidad de Antioquia, donde cursó su último año escolar, mientras se financiaba vendiéndole dibujos a El Colombiano.
Mientras terminaba el colegio y exploraba los inicios de su vocación artística, Botero empezó a interesarse por el volumen, que en acuarelas como La plegaria, según Cristian Padilla, revela el vínculo entre el joven aprendiz y su admiración por los maestros mexicanos.
El cambio de La plegaria por dos cajas de cigarrillos Piel Roja
En la carta que Fernando Botero le escribió a su amigo Efrén Ossa, prestigioso abogado de seguros, le dice: “tú fuiste el primero que compraste un cuadro mío porque lo sentiste”. A pesar de que no se conocen los pormenores del intercambio, además de que Ossa le dio dos cajas de cigarrillos Piel Roja, el jurista guardó con especial cuidado y cariño el cuadro hasta el día de su muerte en 2021.
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El cuadro pasó a manos de sus ocho hijos, quienes lo conservaron durante algunos años más, hasta que decidieron que había llegado el momento de que pasara a manos de un nuevo dueño. Así fue como llegó a las salas de Bogotá Auctions.
Otra de las joyas de la noche fue el óleo Niña con flores el cual se vendió en $ 260 millones. Foto: Felipe Páez/Las2Orillas.
En una subasta que duró apenas tres minutos, La plegaria despertó una intensa puja entre interesados en sala y asistentes virtuales. La disputa por la obra duplicó su valor inicial y llevó el martillo hasta los $340 millones. A esa cifra se suman el 20 % de comisión, $68 millones, y el IVA del 19 % sobre dicha comisión, equivalente a $12,9 millones. Así fue como finalmente el histórico cuadro que Fernando Botero cambió alguna vez por dos cajas de cigarrillos alcanzó un precio final de $420,9 millones.
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